Cuando se va la luz, aparece mi jerarquía de lo importante
En mi casa, la energía no es un concepto: es un calendario emocional. No sé cómo explicarlo sin sonar dramático, pero es así. Hay días en que todo funciona y uno ni se acuerda de que la electricidad existe. Y hay días en que se va la luz y, de repente, la casa se vuelve un examen. Un examen de prioridades, de paciencia y de honestidad.
Acá en Guate, cuando se va la luz, no es solo “qué mala suerte”. Es una coreografía. Primero, el silencio raro: ese instante en que deja de zumbar la refri y te das cuenta de que vivías acompañado por un zumbido. Luego, el celular: lo levantás como si fuera un amuleto, a ver si todavía tenés señal. Después, la pregunta inevitable: “¿Cuánto va a tardar?”. Nadie sabe, pero todos preguntan. Y de ahí en adelante empieza mi parte menos bonita: la negociación conmigo mismo.
Porque yo tengo un discurso verde que me gusta. Que si apagar luces, que si consumir menos, que si el planeta, que si la conciencia. Me lo creo, ojo. Pero cuando se va la luz, mi discurso se enfrenta a mi instinto. Y mi instinto es: “salvá lo tuyo”.
Lo primero que pienso no es en el planeta: es en la refri. En que no se me arruine la comida. En el pollo que compré con pisto contado. En el queso. En el hielo. Después pienso en cargar el celular, porque “por cualquier cosa”. ¿Qué cosa? No sé. Pero el miedo es así: no necesita un argumento, solo una posibilidad. Luego pienso en el internet, aunque no haya. Porque una parte de mí cree que, si tengo Wi-Fi, tengo control. Como si el router fuera un respirador.
Y ahí es cuando me da risa amarga: en teoría, cuando se va la luz, debería consumirse menos energía. En la práctica, uno se vuelve desesperado por consumirla apenas regrese. La luz vuelve y yo enciendo todo como si estuviera recuperando algo que me robaron. Prendo focos que no necesito, pongo a cargar cosas que ya estaban cargadas, conecto la compu “por si acaso”. Es como si mi cuerpo cobrara intereses por las horas sin corriente.
Lo más fuerte es que el apagón te hace visible la jerarquía que escondés cuando todo está cómodo. Te deja ver qué considerás “vida” y qué considerás “lujo”. Y esa jerarquía no siempre me gusta.
Porque mirá: cuando se va la luz, yo digo que lo importante es la familia, la conversación, la calma. Y sí, a veces pasa. A veces nos sentamos afuera, cae el fresco, la calle se siente distinta y hasta se escucha a los vecinos. Hay un momento chilero, como de volver a un ritmo más humano. Pero no dura mucho, porque mi cabeza regresa a su lista: ¿y el refri? ¿y el trabajo? ¿y si me escriben? ¿y si mañana no tengo señal para…?
Mi mamá, en cambio, lo vive distinto. Ella hace algo que a mí me cuesta: se adapta sin drama. Saca velas, abre ventanas, dice “ni modo”. Y yo, que me creo moderno, me pongo más ansioso que ella. Eso me pica el orgullo. Porque me obliga a aceptar una idea incómoda: mi consumo energético no es solo necesidad; también es dependencia.
Un día, en uno de esos apagones, el vecino —don Chepe, el de la esquina— sacó una extensión larguísima desde su casa. Él tiene planta. Y empezó a ofrecer: “Si querés, conectá la refri un rato”. Varios vecinos fueron llegando con su cable, como si fuera una romería eléctrica. Yo también fui. Y mientras conectaba, sentí dos cosas al mismo tiempo: alivio y vergüenza.
Alivio porque, obvio, me convenía. Vergüenza porque mi cabeza hizo un cálculo feo: “Qué bien que él tiene planta y yo no”. Como si fuera competencia. Ahí me cayó el veinte: la energía también organiza estatus, aunque nadie lo diga. Hay quienes pueden comprar continuidad (planta, baterías, paneles) y quienes no. Hay quienes pasan el apagón como anécdota y quienes lo pasan como amenaza.
Ese día, de regreso a mi casa, pensé algo que no se me había ocurrido: que el consumo energético también tiene una versión moral, pero no esa moral de “apaga la luz y salvá el mundo”. Una moral más cotidiana: ¿qué hacés cuando tu comodidad depende de un privilegio? ¿Compartís? ¿Te cerrás? ¿Te hacés el loco?
Yo no tengo una respuesta heroica. No voy a inventarme que me volví santo por un apagón. Pero sí me quedó una incomodidad útil: me di cuenta de que mi consumo no es solo “cuánto gasto”, sino “cómo reacciono cuando falta”. Si mi primera reacción es acaparar, quizá yo no soy tan consciente como digo. Si mi primera reacción es desesperarme, quizá yo confundí bienestar con control.
Desde entonces, cuando vuelve la luz, trato de hacer una cosa pequeña: no encender todo. Dejar que la casa vuelva a arrancar despacio, como uno cuando se despierta. Priorizar lo obvio (refri, una lámpara), y esperar un rato antes de prender el resto. A veces lo logro, a veces no. A veces me gana la ansiedad y termino cargando hasta el control de la tele, solo porque puedo.
Pero por lo menos ahora lo veo. Y ver algo ya cambia un poquito la relación. Me gusta pensar que la verdadera conciencia energética no se nota cuando todo está fácil, sino cuando algo falla. Ahí aparece tu forma real de estar en el mundo: si sos de los que se calma, de los que comparte, de los que aprende… o de los que prende todo con rabia, como si la oscuridad le hubiera hecho una ofensa personal.
Yo, por ahora, estoy en el medio. Un poquito de aprendizaje, un poquito de maña, un poquito de miedo. Y tal vez eso está bien: no como excusa, sino como punto de partida. Porque, cabal, cuando se va la luz, lo que se apaga no es solo la casa: también se apagan las excusas.
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Análisis de la publicación
La interrupción repentina de la electricidad revela con claridad las prioridades y contradicciones que cada persona sostiene respecto al consumo de energía. Más allá de un simple fallo técnico, la falta de luz expone la tensión entre conciencia ambiental, dependencia y desigualdad, así como los mecanismos que emergen para afrontar esta realidad cotidiana.
El relato narra una experiencia personal durante apagones eléctricos en Guatemala, donde la ausencia de electricidad actúa como un espejo de las prioridades personales y sociales en torno al uso de la energía. Se describen las etapas emocionales, desde el silencio inicial hasta la ansiedad por proteger alimentos y dispositivos electrónicos. Contrasta el discurso ecológico ideal con las reacciones instintivas de conservación y consumo acelerado cuando la luz regresa. Se evidencia además que el acceso privilegiado a fuentes alternativas de energía genera dinámicas sociales de estatus y desigualdad. La historia sobre compartir energía con un vecino con planta eléctrica muestra dilemas morales cotidianos vinculados al privilegio y la solidaridad. Finalmente, reflexiona sobre cómo la verdadera conciencia energética se pone a prueba en la adversidad y no en la comodidad habitual, y plantea el reconocimiento honesto de la dependencia y los hábitos personales frente a la falta y recuperación de energía.
Fragmentos literales destacables
“la energía también organiza estatus, aunque nadie lo diga.”“la verdadera conciencia energética no se nota cuando todo está fácil, sino cuando algo falla.” El fenómeno del apagón expone un conflicto intrínseco entre el ideal ambiental y la reacción instintiva ante la falta de recursos, donde la ansiedad por preservar lo propio puede opacar discursos conscientes. Este contraste revela que la conciencia ambiental no solo depende del conocimiento, sino de cómo se comporta la persona bajo presión real.
Esta situación también evidencia la dimensión social del consumo energético: la energía se convierte en un marcador de estatus y fuente de desigualdad cuando quienes poseen plantas eléctricas pueden garantizar su comodidad, mientras otros enfrentan incertidumbre y vulnerabilidad. De este modo, el acceso y uso de la energía tensionan la solidaridad y el reconocimiento de privilegios.
La propuesta práctica de reducir el consumo gradual cuando la luz retorna es una respuesta sencilla pero significativa para confrontar la ansiedad consumista inherente a la escasez reciente. Supone una forma de incorporar la experiencia vivida para modificar hábitos y ampliar la comprensión sobre el consumo responsable.
Una distinción clave es diferenciar entre una conciencia energética meramente discursiva y una que se manifiesta auténticamente en la manera de reaccionar y adaptarse cuando la energía escasea o vuelve. Este reconocimiento invita a desafiar tanto el confort aparente como la negación de las propias dependencias, sin caer en culpas paralizantes, fomentando una autoobservación honesta y un aprendizaje continuado.
Pensamiento colectivo
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