El sonido que me saca de mí
A mí esto me da vergüenza decirlo, mae, porque por fuera suena como una exageración. Como un capricho. Como “ay, qué delicado”. Y por años me lo guardé así: apretado, bien empacado, para que no se notara. Pero hay un punto en que uno se cansa de estar haciendo teatro con el cuerpo.
Hay sonidos que me cambian el día.
No es “ruido” en general. No es que no soporte la ciudad o que me moleste todo. Es más específico y, por eso mismo, más difícil de explicar. Un chasquido repetido. La mordida sobre una galleta seca. Un sorbo, ese “glup” mínimo. El tecleo nervioso de alguien que escribe como si estuviera peleando con el teclado. Una pierna rebotando. Un bolígrafo haciendo clic, clic, clic como un metrónomo malintencionado. Cosas pequeñas. Cosas que, para la mayoría, son nada.
Para mí, a veces, son una alarma.
La primera vez que me di cuenta de que no era “normal” fue en una comida familiar. Yo estaba bien. De verdad. Y de pronto empezó ese sonido: la cuchara raspando el plato, una y otra vez, como si alguien estuviera lijando una pared adentro de mi cabeza. Sentí un calor subir por el pecho, como un enojo instantáneo, sin historia. Y ahí fue donde me asusté: no era enojo con la persona. Era una reacción. Un secuestro.
Me quedé quieto, sonriendo, mientras por dentro yo quería salir corriendo. Quería que se acabara el sonido o que se acabara yo. Así de dramático se sentía por dentro, aunque por fuera yo siguiera sentado como si nada. Esa es la parte más solitaria: la diferencia entre lo que pasa afuera y lo que pasa adentro.
Con los años aprendí a “manejarlo” a punta de estrategias raras. Buscar el asiento lejos. Poner música bajita para tapar. Hacerme el que tengo que ir al baño. Ofrecerme a lavar los platos para alejarme. Hacer chistes para que el cuerpo no me delate. Y, claro, también me volví experto en culparme: “relajate”, “no seas payaso”, “la gente no tiene la culpa”, “no armés un drama por un sonido”.
Pero la culpa no baja el volumen. Solo te deja más solo.
Con el tiempo le puse nombre, porque ponerle nombre a algo no lo cura, pero lo ordena. Misofonía. No la digo como diagnóstico, porque yo no soy médico, ni quiero jugar a eso. La digo como etiqueta práctica: “hay ciertos sonidos que me disparan una reacción desproporcionada”. Eso me permite respirar y no convertirme en mi propia acusación.
Y aquí es donde yo siento que entendí algo que no había visto antes. Para mí, el problema no es solo el sonido. Es lo que el sonido significa en mi cuerpo. Es como si mi sistema interno lo interpretara como una invasión. Una intrusión. Como si dijera: “alguien tomó el control de tu atención sin pedir permiso”.
Porque eso es lo que pasa: mi atención se pega al sonido. No puedo “no escucharlo”. No puedo dejarlo pasar. Es como una mano agarrándome la cara y obligándome a mirar. Y ahí aparece la rabia, no porque la persona sea mala, sino porque mi cuerpo siente que le quitaron la agencia.
Esa es mi tesis, por decirlo así: la misofonía no es odio al otro; es miedo a perder el mando de mi atención. Puede que no sea cierto en todos los casos, pero a mí me encaja. Y cuando algo encaja, uno deja de pelear en la oscuridad.
Entonces empecé a hacer un experimento, muy sencillo, muy de vida real. Yo separé los sonidos en dos categorías internas:
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Sonidos con intención (los que mi cabeza interpreta como “te están imponiendo algo”).
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Sonidos sin intención (los que se sienten como “el mundo pasando”).
Lo raro es que a veces el mismo sonido cambia de categoría según mi estado. Si estoy descansado, un tecleo me da igual. Si estoy saturado, ese mismo tecleo se vuelve un taladro. Ahí me di cuenta de otra cosa: mi misofonía se alimenta de mi cansancio. No la inventa, pero la amplifica. Como si mi tolerancia fuera una batería. Cuando está en rojo, cualquier cosa la apaga.
Y esto me llevó a una pregunta que me costó años aceptar: ¿qué tanto de mi vida estoy viviendo con la batería en rojo, mae? ¿Por qué normalicé estar al límite? Porque cuando uno vive así, cualquier ruido se vuelve amenaza. No por culpa del ruido, sino por falta de margen.
No estoy justificándome para tratar mal a nadie. Al contrario. A mí me da pánico ser injusto por una reacción que no elegí. He visto en mi propia cara esa micro-mueca de asco, esa mirada de “ya”, y me duele, porque yo no quiero que alguien sienta que lo odio por existir. La gente mastica, la gente respira, la gente hace sonidos. Eso es vida.
Por eso, mi regla personal se volvió otra, bien concreta, bien aterrizada: cuando un sonido me dispara, no decido nada importante en ese minuto. No respondo con la primera emoción. No hago un juicio moral. No convierto una reacción física en una historia sobre la otra persona. Primero me doy unos segundos para recuperar el mando.
A veces funciona con cosas chiquitas: cambio de lugar, abro una ventana, pongo agua corriendo un momento, me pongo audífonos si estoy en un sitio donde se puede. A veces solo digo: “disculpá, voy a estirar un toque”, y me muevo. No tengo que explicar la novela completa. No tengo que contar mi vida. Solo tengo que cuidarme sin herir.
Y cuando es alguien cercano, he aprendido a hablarlo con delicadeza. Sin acusación. Sin “vos me hacés”. Más bien: “mae, a veces me pasa esto con ciertos sonidos; si me ves raro, no es con vos”. Esa frase me ha salvado amistades, porque lo convierte en algo compartible sin convertirlo en culpa.
Lo que más me gustaría —y esto lo digo como quien lo deja flotando para ver si vuelve con eco— es que la gente entendiera que la sensibilidad al ruido no es superioridad ni fragilidad moral. Es una condición humana: todos tenemos algo que nos saca de centro. A algunos es una palabra, a otros una mirada, a otros un recuerdo. A mí, a veces, es un sonido chiquitito.
Y hoy, después de años de guardarlo, lo suelto así: no para que me tengan lástima, sino para dejar de pelear conmigo mismo en silencio. Porque yo no necesito ganar esa pelea. Necesito paz. Necesito margen. Necesito recuperar el mando de mi atención como quien recupera su respiración.
Y si mañana vuelve el taladro, bueno… ya no me agarra sin nombre. Ya no me agarra sin mapa. Aunque sea poquito, ya no estoy a oscuras.
Contexto editorial
Experiencia o testimonio personal
Relato basado en la experiencia, memoria o percepción de su autor. No permite extraer por sí solo conclusiones generales.
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Análisis de la publicación
Hay sonidos cotidianos que activan en algunas personas una respuesta intensa e inesperada, un fenómeno conocido como misofonía. Lejos de ser simple molestia, estos estímulos generan una sensación profunda de invasión en la atención y el cuerpo. Superar esta dificultad implica reconocerla, desarrollar estrategias personales y comprender la relación entre el cansancio y la sensibilidad auditiva.
El texto relata la experiencia personal de alguien con misofonía, una sensibilidad exacerbada a ciertos sonidos cotidianos aparentemente insignificantes para otros, como el chasquido de una mordida o el clic de un bolígrafo. Describe cómo estos sonidos generan una reacción física y emocional intensa, diferente del enojo dirigido al otro, interpretada como una pérdida del control sobre la atención. Se detalla el proceso de identificar y nombrar la condición, clasificar los sonidos según intención percibida y relacionar los episodios con el cansancio acumulado. También se mencionan las estrategias prácticas para manejar la situación, como evitar el lugar del sonido o comunicarlo con cuidado a personas cercanas, para proteger el equilibrio propio sin dañar relaciones. Finalmente, se plantea que esta sensibilidad no implica superioridad ni fragilidad, sino que es una condición humana que merece comprensión y respeto.
Fragmentos literales destacables
“la misofonía no es odio al otro; es miedo a perder el mando de mi atención.” La misofonía expone una dimensión profunda y poco visible de la experiencia humana con el entorno sonoro. Se trata de un fenómeno en que estímulos usualmente neutrales se convierten en detonantes de respuestas nerviosas y emocionales intensas, relacionadas con la percepción de invasión sobre la atención. Esta perspectiva aporta una clave para entender por qué la reacción no se dirige contra la persona que emite el sonido, sino contra la sensación de pérdida del control interno.
Este abordaje invita a diferenciar las causas externas —los sonidos propiamente dichos— de las internas, como el estado de cansancio o estrés, que modulan la intensidad de la experiencia. Así, el manejo personal se basa en reconocer los límites propios, usar estrategias para minimizar la exposición y comunicar de forma empática sin atribuir culpas.
Una contribución relevante es la recomendación de posponer decisiones o juicios inmediatos ante la reacción, lo que favorece recuperar la agencia y evitar conflictos basados en impulsos momentáneos. Además, reconocer la misofonía como una condición humana y no un signo de fragilidad o superioridad puede fomentar la empatía y disminuir el estigma.
Este enfoque sugiere un desafío social práctico: cómo incentivar ambientes más respetuosos con las sensibilidades individuales y promover una cultura de autocuidado y comprensión mutua para quienes viven con estas y otras hipersensibilidades.
Pensamiento colectivo
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