Empecé a odiar gente desconocida
No me pasó de golpe. No fue una noche dramática ni una discusión tremenda. Me pasó de a poquito, que es la manera más peligrosa en la que cambian algunas cosas.
Empecé mirando videos cortos, posteos indignados, capturas de pantalla, opiniones con música épica de fondo. Todo venía servido para que yo sintiera algo rápido: bronca, desprecio, superioridad, ganas de contestar, ganas de demostrar que yo sí estaba del lado correcto. Y la verdad es que al principio hasta me gustó. Sentía que por fin veía las cosas claras. Como si me hubiera sacado una venda de los ojos y ahora pudiera identificar a “los idiotas”, “los manipulados”, “los impresentables”.
Lo digo y me da vergüenza, pero durante un tiempo empecé a mirar gente real con la lógica de internet.
Veía a alguien comentar algo medio torpe y ya lo metía en una caja. Veía una noticia mal explicada y enseguida imaginaba a todo un grupo humano como si fueran una plaga. Ya no había personas. Había bandos. Había etiquetas. Había enemigos cómodos.
Lo peor no era la rabia. Lo peor era el gustito.
Porque indignarse da energía. Te hace sentir despierto. Te da una identidad inmediata. Cuando todo está confuso, odiar simplifica. Pensás menos. Dudás menos. Hasta sufrís menos, porque la culpa siempre la tiene otro. Y encima, cada vez que reaccionás así, el algoritmo te premia. Te muestra más. Más pruebas. Más ejemplos. Más combustible. Te arma un mundo donde vos siempre tenés razón y donde la complejidad parece una excusa de tibios.
Yo me fui poniendo filosa.
No mejor informada. No más lúcida. Más filosa.
Y eso empezó a notarse en mi vida fuera de la pantalla. Me volví más impaciente. Más injusta. Más automática. Interrumpía más. Escuchaba menos. A veces ni siquiera discutía por una idea concreta: discutía para defender el personaje que me había fabricado online. Ese personaje que siempre tenía una respuesta rápida, una ironía lista, una sentencia moral en la punta de la lengua.
Un día me cayó la ficha de la forma más tonta. Estaba en un café, escuchando una conversación ajena. Dos personas hablaban de un tema sobre el que yo venía consumiendo contenido todos los días. En mi cabeza, por el tono con el que arrancaron, ya eran “de los otros”. Ya les había puesto cara de villanos. Ya me estaba enojando. Pero seguí escuchando.
Y no eran monstruos. No eran caricaturas. Eran dos personas diciendo cosas mezcladas: algunas sensatas, otras confusas, otras nacidas del cansancio, del miedo, de experiencias personales que yo no conocía. O sea, eran humanos. Humanos normales. Como yo cuando hablo apurada. Como cualquiera cuando trata de explicar lo que siente sin tener un doctorado en cada tema.
Ese día entendí algo que me pegó fuerte: yo no estaba viendo a la gente. Estaba viendo avatares.
Me había acostumbrado tanto a consumir versiones extremas de los demás que ya no soportaba la textura real de una persona. Esa textura rara que tiene contradicciones, matices, torpezas, cambios de opinión. La vida real no viene editada para confirmar nuestros prejuicios. Por suerte.
No me volví santa después de esa escena. No dejé de enojarme. No me convertí en una señora zen que abraza todas las posturas. Pero sí empecé a desconfiar de cierto placer. El placer de sentirme moralmente por encima de desconocidos. El placer de reducir a una persona a su peor frase. El placer de compartir algo solamente porque me hace hervir la sangre.
Ahora, cuando noto que una publicación me pide odio instantáneo, trato de frenar medio segundo. No para volverme indiferente. No para aceptar cualquier cosa. Sino para preguntarme algo mucho más incómodo: “¿Estoy pensando o me están empujando?”
Porque a mí no me asusta solamente la mentira. Me asusta más la versión de mí que aparece cuando me acostumbro a odiar gente que no conozco.
Y esa versión, la verdad, no me cae bien.
Contexto editorial
Opinión o reflexión
Expresa una interpretación, valoración o perspectiva personal.
Esta clasificación editorial ha sido realizada con ayuda de IA. Describe el tipo de contenido; no verifica ni avala sus afirmaciones.
Filtros
Análisis de la publicación
La rapidez con la que internet promueve reacciones de enojo simplifica la percepción de los demás, convirtiendo personas en etiquetas y reduciendo la complejidad humana a caricaturas de buenos y malos. Esta dinámica afecta el trato cotidiano y la manera de pensar, fomentando prejuicios que se retroalimentan con algoritmos y dificultan la empatía y la comprensión mutua.
El texto relata una experiencia personal sobre cómo la exposición constante a contenidos en redes sociales genera una creciente intolerancia hacia personas desconocidas. Inicialmente, la ira y el desprecio producen un placer inmediato y una sensación de claridad moral. Sin embargo, esa reacción rápida y simplificada lleva a ver a los demás no como individuos complejos, sino como adversarios uniformes. Este patrón se refleja más allá del entorno digital, afectando la paciencia y la calidad de las interacciones cotidianas. Una escena en un café ayuda a reconocer la humanidad detrás de esas opiniones, con sus contradicciones y confusiones, sacando a la luz la distancia entre la realidad y las versiones extremas consumidas en línea. La reflexión final invita a cuestionar esa dinámica automática de odio y a frenar para pensar antes de reaccionar, reconociendo la versión no deseada de uno mismo que surge cuando se acostumbró a odiar a desconocidos.
Fragmentos literales destacables
“El placer de sentirme moralmente por encima de desconocidos.”“yo no estaba viendo a la gente. Estaba viendo avatares.”“Cuando todo está confuso, odiar simplifica.” Internet y las redes sociales funcionan a menudo como cámaras de eco que amplifican reacciones inmediatas y emocionales, particularmente el odio hacia quienes no conocemos. Esta emoción cumple una función psíquica de simplificar la complejidad y brindar una identidad instantánea que se siente energizante y justificadora. Sin embargo, ese mecanismo deteriora la capacidad de ver a las personas como seres humanos completos, con contradicciones y contextos que escapan a un vistazo superficial.{"paragraph":"La transformación de individuos en adversarios caricaturizados aumenta la polarización y dificulta la convivencia social, no solo en línea sino también en interacciones cara a cara, donde la paciencia y la justicia interpersonal se resienten."}{"paragraph":"Reconocer esta dinámica abre un espacio para la autoobservación crítica y la pausa reflexiva antes de asumir posturas hostiles. La reflexión invita a distinguir entre la información y la manipulación, entre pensar y ser empujado por intereses algorítmicos o emocionales."}{"paragraph":"Una aportación clave es entender que el fenómeno no se limita a un problema de desinformación, sino que involucra también una transformación identitaria y emocional que conviene atender para preservar la autenticidad y la calidad del diálogo social."}
Pensamiento colectivo
Esta publicación aparece relacionada con un análisis de Pensamiento colectivo. Ver análisis.

Información sobre esta publicación
Algunos textos de Mentes Propias se publican de forma anónima. Estos textos pueden proceder de envíos de los usuarios o de contenidos editoriales propios de Mentes Propias.
Mentes Propias puede utilizar IA y otros sistemas automatizados para moderar, organizar, resumir, generar metadatos, analizar la composición del texto, crear imágenes, producir audio y preparar elementos de presentación o difusión. Estos procesos pueden cometer errores.
Algunos contenidos editoriales propios de Mentes Propias pueden ser creados o asistidos mediante herramientas de inteligencia artificial. Estos contenidos se publican con finalidad editorial o de dinamización y, como cualquier otro contenido de la web, deben leerse como piezas de reflexión, no como testimonios reales garantizados ni como información verificada.
El contenido de Mentes Propias no constituye información verificada ni consejo médico, psicológico, legal, financiero, técnico o profesional. Mentes Propias no confirma necesariamente los hechos, no garantiza la exactitud del contenido y no tiene por qué compartir las opiniones publicadas.
Si preparas o compartes un fragmento de esta publicación, revisa antes el contenido, el contexto y las posibles citas, atribuciones o referencias a terceros. Mentes Propias facilita técnicamente la creación de fragmentos, pero cada persona es responsable del uso que haga del material fuera de la web.
Si detectas un problema legal, una atribución incorrecta, plagio, datos personales indebidos, contenido peligroso o cualquier infracción de las condiciones de uso, puedes utilizar el enlace de denuncia de la publicación o contactar con Mentes Propias.