Esta vez no voy a empezar de cero
. La compra. En la librería del barrio agarré un cuaderno negro, de tapa dura, y lo tuve un rato en la mano como si estuviera eligiendo algo importante. La chica de la caja estaba cerrando, ya había bajado medio local y yo seguía mirando las hojas rayadas, lisas, punteadas. Me preguntó si necesitaba ayuda y le dije que no, que estaba viendo. Era mentira.
Antes
Estaba buscando permiso. Venía de una semana medio floja, de esas en las que uno hace lo justo y después se queda con una tristeza pegajosa, difícil de explicar. Pensé que un cuaderno nuevo podía ordenar un poco todo: las cuentas atrasadas, las ideas que no termino, el trámite que postergué, el mensaje que no respondí porque ya se me hizo tarde para responderlo bien. Lo compré. También compré una birome que no necesitaba.. El cajón. Al llegar a casa abrí el cajón de la mesa y encontré otros tres cuadernos empezados.
No abandonados del todo: empezados. Uno tenía dos listas prolijas de marzo. Otro, una frase enorme en la primera página: “organizarme mejor”. El tercero guardaba números sueltos, una receta copiada a medias y una dirección que ya no sé de quién es. Me dio una pena bastante tonta. No por la plata, aunque también. Me dio pena reconocer esa costumbre mía de querer una versión limpia de mí mismo cada vez que algo se complica.
Ahora
Como si el problema fuera la tapa gastada, la letra despareja, la mancha de mate en una esquina. Me senté con el cuaderno nuevo cerrado al lado y abrí el más viejo. La primera reacción fue arrancarle las hojas usadas. Dejarlas prolijas, que no se vea el intento fallido. Me quedé mirando la mano, lista para romper, y no lo hice.. La prueba. Escribí abajo de una lista vieja: “seguir desde acá”. Nada más. Después anoté una sola cosa para el día siguiente, una cosa chica y real: llamar para pedir turno para un arreglo de la persiana.
Ni plan de vida, ni horario perfecto, ni promesa grandiosa. Creo que voy a probar eso por un tiempo. No comprar otra entrada, no esperar una mañana más digna, no inventarme una persona nueva para recién ahí hacer lo que puedo hacer hoy con esta persona medio cansada que soy. Hay algo melancólico en aceptar que uno no empieza limpio. Pero también hay un alivio.
Capaz cambiar no sea tachar todo lo anterior, sino dejar de usar lo anterior como excusa para no moverse. Seguir en la misma página, aunque esté fea. Escribir debajo.
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Análisis de la publicación
Una página ya escrita todavía acepta una línea más. Cuando la vida se enreda, la salida no siempre está en estrenar cuaderno, carácter o promesa. También puede estar en mirar el intento manchado sin vergüenza, elegir una tarea pequeña y continuar debajo, con la versión cansada pero disponible de uno mismo.
El relato se organiza en tres escenas: la compra, el cajón y la prueba. En una librería del barrio, la voz narrativa compra un cuaderno negro de tapa dura y una birome que no necesitaba, después de una semana floja y con la esperanza de ordenar cuentas, ideas, trámites y mensajes postergados. Al llegar a casa, abre un cajón y encuentra otros tres cuadernos empezados, con listas de marzo, una frase sobre organizarse mejor, números sueltos, una receta a medias y una dirección olvidada. El hallazgo le da pena y le hace reconocer su costumbre de querer una versión limpia de sí misma cada vez que algo se complica. Sentada junto al cuaderno nuevo, abre el más viejo y está por arrancar las hojas usadas, pero no lo hace. Debajo de una lista escribe “seguir desde acá” y anota una sola tarea para el día siguiente: llamar para pedir turno por el arreglo de una persiana.
Fragmentos literales destacables
“seguir desde acᔓNo comprar otra entrada, no esperar una mañana más digna, no inventarme una persona nueva para recién ahí hacer lo que puedo hacer hoy con esta persona medio cansada que soy.” La fuerza del gesto no está en usar mejor un cuaderno, sino en renunciar al teatro del reinicio. Lo nuevo ofrece una sensación rápida de control: tapa intacta, hojas limpias, una promesa sin manchas. Pero ese alivio puede esconder vergüenza por los intentos incompletos, miedo a ver el desorden propio o una exigencia imposible de hacerlo todo bien desde el principio.
Seguir en una página usada plantea una continuidad sencilla: cambiar sin borrar la historia. Esto no significa celebrar el caos ni negar la falta de constancia. Significa admitir que el punto de partida real incluye cansancio, mensajes pendientes, manchas y planes a medias. La persona disponible hoy, no una versión perfecta futura, es la que puede hacer una llamada, ordenar una cuenta o retomar una conversación.
También conviene poner un límite. Hay situaciones en las que cerrar una etapa, cambiar de ambiente o empezar en otro lugar es sano y necesario. Algunas páginas no merecen más esfuerzo. Pero muchas veces el comienzo limpio funciona como demora: hasta que no haya ánimo, tiempo o identidad ideal, nada se mueve. Frente a eso, la práctica más honesta es pequeña: escoger una acción concreta, hacerla sin convertirla en promesa solemne y comprobar si desde ahí aparece un poco de movimiento.

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