Hice un favor que no era tan limpio
Ayer borré del chat del equipo una frase que yo mismo había escrito: “es conocido mío, pero es muy bueno”. Alcancé a verla unos segundos antes de eliminarla y me dio pena, no por la redacción, sino por lo que dejaba claro.
- Yo estaba tratando de vestir de mérito algo que empezó como favor…
- La hoja de vida me llegó por WhatsApp un domingo en la noche.
- Me la mandó un amigo de hace años, de esos con los que uno no habla todos los días pero conserva una deuda de cariño.
- Me dijo que si podía hacerla llegar, que la persona estaba necesitando trabajo, que era juiciosa.
No me pidió que mintiera. No me pidió que garantizara nada. Esa es la parte cómoda de estos asuntos: casi nunca empiezan con una orden sucia, sino con una frase aceptable… Yo respondí rápido: claro, mándemela. Sentí que estaba haciendo algo bueno. En un país donde conseguir trabajo puede ser tan humillante, pasar un contacto parece una forma mínima de solidaridad. Uno se dice eso y se siente decente. Además, no era para un cargo altísimo ni nada raro. Era una vacante normal, en una empresa normal, con gente normal tratando de escoger a alguien entre muchos… El problema vino después, cuando no me limité a reenviar el archivo al correo que correspondía. Le escribí a la persona encargada de filtrar candidatos y le puse: “revísalo con cuidado, viene recomendado”. Esa palabra pesa más de lo que queremos admitir. No dice contrátalo, pero empuja. No borra a los demás, pero les cambia el piso. En una lista de nombres desconocidos, un nombre con una mano encima ya llega distinto… Yo sé cómo funcionan esas cosas porque también he estado del otro lado. He mandado hojas de vida sin saber si alguien las abrió. He esperado llamadas que nunca llegaron. He visto a personas preparadas quedarse por fuera sin explicación. Y, aun así, cuando tuve un poquito de influencia, aunque fuera pequeña, la usé para inclinar una puerta. No me gusta escribirlo así, porque suena más grave que lo que yo quería hacer, pero tal vez esa es la trampa: medir la gravedad por la intención y no por el efecto… La persona recomendada pasó a entrevista. No sé si por mí. Esa es otra comodidad: siempre queda una duda donde uno puede esconderse. Pudo haber pasado por su experiencia, por su perfil, por el momento. Pero yo vi que otras hojas de vida no recibieron el mismo comentario mío. Nadie escribió sobre esas personas “revísalas con cuidado”. Nadie les puso una luz encima. Y entonces la pregunta que me incomoda no es si cometí un delito ni si soy una mala persona. La pregunta es más simple y más difícil: ¿qué permiso me di sobre la oportunidad de otros?.. En la reunión dije que el candidato me parecía adecuado. Lo dije con voz tranquila. También aclaré, tarde y de manera floja, que lo conocía por referencia. No dije que un amigo me lo había pedido. No dije que yo ya había empujado su nombre antes. Me quedé en una verdad parcial, de esas que sirven para no sentirse mentiroso. Nadie me interrogó. Nadie hizo drama. Esa facilidad también me dejó pensando. A veces el sistema no nos obliga a torcernos; basta con que nos deje espacio para hacerlo sin ruido… Me defendí internamente con argumentos que conozco demasiado: todos hacen contactos, una recomendación no reemplaza una entrevista, ayudar no es malo, tampoco voy a dejar morir a alguien por ser purista. Algunos argumentos tienen parte de razón. Por eso cuestan. Si fueran completamente falsos, uno los soltaría rápido. Lo complicado es que pueden ser ciertos y, al mismo tiempo, insuficientes. Ayudar a alguien no debería significar volver invisible a quien no tiene quién lo mencione… Me acordé de una frase que he dicho muchas veces, con indignación, sobre la rosca. La he dicho en almuerzos, en filas, en conversaciones de oficina: que este país es muy injusto, que aquí cuenta más conocer a alguien que hacer bien las cosas. Me escuché a mí mismo en esas frases y me dio vergüenza. No porque ahora crea que todo sea igual o que cualquier recomendación sea corrupción. Me dio vergüenza porque descubrí lo fácil que acomodo mis principios cuando la palanca está de mi lado y tiene cara de favor noble… También pensé en mi amigo. No quiero convertirlo en culpable para quedar limpio yo. Él pidió lo que muchos pediríamos. La responsabilidad que me toca no es juzgarlo a él, sino mirar qué hice yo con la confianza que tenía en el proceso. Si mi lugar me permite opinar, también me exige poner límites. Y si no soy capaz de distinguir entre acompañar y favorecer, entonces no soy tan imparcial como me gusta creer… Hoy pedí que mi comentario quedara fuera de la evaluación formal y que, si esa persona seguía en el proceso, yo no participara en la decisión final. Lo escribí sin dramatismo, casi con torpeza. No sé si eso arregla algo. Probablemente no compensa la primera ventaja que le di. Pero necesitaba al menos dejar de actuar como si no hubiera pasado nada. Hay daños pequeños que se vuelven costumbre porque nadie los llama por su nombre… No sé qué van a decidir con esa vacante. Tal vez la persona recomendada sea la mejor opción y haga un trabajo impecable. Tal vez no. Lo que me queda dando vueltas no es su capacidad, sino mi manera de intervenir. Quise ayudar, sí. Pero también quise quedar bien, pagar un afecto, sentirme útil y no cargar con la incomodidad de decir: puedo pasar el correo, pero no voy a poner mi dedo en la balanza. La próxima vez quisiera tener esa frase lista antes de que el favor se disfrace de justicia.
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Análisis de la publicación
Un currículum llega por WhatsApp, una palabra de “recomendado” se añade al mensaje y una puerta empieza a inclinarse. Ayudar a alguien a encontrar trabajo puede ser legítimo; usar una posición de confianza para darle más peso que a otros candidatos exige un límite. Conviene tenerlo claro antes de que el favor parezca justicia.
El narrador cuenta que borró del chat del equipo la frase “es conocido mío, pero es muy bueno”, porque le dio pena ver que intentaba presentar como mérito algo que había nacido como favor. Había recibido por WhatsApp una hoja de vida enviada por un amigo, que le pidió hacerla llegar porque la persona necesitaba trabajo y era juiciosa. Al principio sintió que era un gesto solidario. Después no se limitó a reenviar el archivo: escribió a quien filtraba candidatos “revísalo con cuidado, viene recomendado”. Reconoce que esa palabra empuja, aunque no ordene contratar, y que otros aspirantes no recibieron la misma luz. En una reunión opinó con una verdad parcial. Luego revisó sus excusas, sintió vergüenza al verse reproduciendo la “rosca” que critica y pidió retirar su comentario de la evaluación formal y apartarse de la decisión final si la persona seguía en el proceso.
El caso muestra un choque entre solidaridad personal y justicia en el proceso de selección. Una recomendación puede nacer de una intención comprensible: responder a una deuda afectiva, aliviar una necesidad laboral, abrir una puerta en un mercado duro. Pero el criterio ético no termina en lo que alguien quiso hacer. Si una persona situada dentro del proceso añade una señal especial, cambia las condiciones para quienes no tienen a nadie que escriba por ellos.
Ahí aparece un conflicto de interés cotidiano: una cercanía personal puede influir en una decisión que debía cuidarse para todos. No siempre hay delito, pago, amenaza ni orden directa. A veces bastan el deseo de quedar bien, la incomodidad de decir no o la costumbre de llamar “contacto” a una ventaja. La falta de escándalo también importa: cuanto más normal parece el gesto, más fácil es repetirlo sin revisión. La transparencia y la abstención no son castigos; son formas de proteger la confianza cuando el afecto puede torcer el juicio.
También conviene matizar. Recomendar no es siempre injusto. Puede ser válido compartir información relevante sobre una persona si se hace de modo abierto, comprobable y con los mismos criterios para cualquiera. El límite práctico está en distinguir entre facilitar un canal y empujar una candidatura desde dentro. La pregunta útil no es solo “¿quise ayudar?”, sino “¿qué poder pequeño ejercí, a quién volví visible y a quién dejé compitiendo sin voz?”
Pensamiento colectivo
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