La ausencia que ordena el aula
Voy a decir algo feo, porque adornarlo sería otra forma de mentir.
Sentí alivio cuando una alumna dejó de llegar.
No era mala muchacha.
Esa es la parte que me incomoda más.
Llegaba tarde, con el uniforme incompleto, con sueño, con una rabia que se le notaba hasta en la forma de dejar el bolsón en el pupitre.
Interrumpía, contestaba fuerte, se levantaba sin permiso. También copiaba rápido cuando quería, entendía más de lo que mostraba y tenía una mirada dura de alguien que ya aprendió a no pedir mucho. Yo daba mi clase en una ciudad donde todos creemos conocernos lo suficiente para opinar y no lo suficiente para hacernos cargo.
Al principio la buscaba en los recreos.
Le preguntaba si había comido, si en la casa todo bien, si necesitaba hablar con orientación. Ella respondía poquito.
Después empecé a cansarme.
No de ella solamente. De llegar con una planificación decente y terminar administrando cansancios ajenos, problemas que no caben en cuarenta minutos, heridas que el colegio registra como “conducta”.
Un día faltó.
Luego faltó otro. La sección trabajó mejor.
Nadie gritó.
Avanzamos.
Revisé cuadernos.
Hasta hubo silencio suficiente para explicar un tema completo sin sentir que estaba apagando incendios con una servilleta mojada.
Y ahí apareció el alivio. No orgullo.
No odio. Alivio.
Esa palabra me dejó mal parada frente a mí misma.
Porque yo hablo mucho de dignidad en el trabajo.
Me indigno cuando a los docentes nos tratan como máquinas de aguantar. Reclamo, aunque sea bajito, que enseñar no debería significar tragarse humillaciones ni suplir con paciencia lo que falta en la casa, en la colonia, en la institución, en el país entero.
Pero ese día descubrí que mi descanso podía depender de que una cipota quedara fuera. Qué pensamiento más sucio. En los papeles, su ausencia se volvió un dato.
En la sala de maestros, un comentario rápido: “ya no vino”.
En mi cuerpo, una respiración más tranquila. Esa es la contradicción que no me deja acomodarme en el papel de buena docente cansada.
Yo no la expulsé. No le cerré el portón. No escribí ninguna sentencia.
Sin embargo, cuando el aula se volvió más manejable sin ella, una parte mía aceptó ese orden.
La escuela también enseña así: separando a quienes permiten que el día avance de quienes obligan a mirar lo que no funciona.
He pensado mucho en el tiempo. En el de ella, que a lo mejor se fue a cuidar hermanos, a trabajar en una pulpería, a quedarse encerrada, a cualquier lugar donde nadie le pregunte por tareas.
En el mío, que se va llenando de listas, evaluaciones, reuniones y una fatiga que vuelve peligroso el corazón. En el tiempo de una institución que siempre pide rescatar, pero mide mejor cuando nadie desordena los promedios.
No quiero convertirme en alguien que necesita que ciertos estudiantes desaparezcan para sentir que todavía puede enseñar.
Pero ya vi que esa posibilidad vive en mí.
Desde entonces, cuando paso lista y encuentro su nombre, no siento ternura.
Siento una vergüenza seca. La marco ausente y entiendo que mi letra participa en algo más grande que mi cansancio: una forma de hacer lugar quitando personas.
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Análisis de la publicación
El alivio experimentado por un docente ante la ausencia de una alumna conflictiva revela tensiones entre la gestión del aula y las condiciones personales de los estudiantes. Este sentimiento contrapone la necesidad de orden y eficacia con el compromiso ético con la inclusión y el apoyo a quienes enfrentan dificultades profundas en su entorno vital.
Un docente relata cómo experimentó alivio cuando una alumna con conductas disruptivas y claras dificultades personales dejó de asistir a clase. Aunque nunca la expulsó ni la sancionó, su ausencia trajo mayor tranquilidad, mejor ambiente y avances en la clase. El docente reconoce la contradicción que esto implica, ya que aunque defiende la dignidad y el acompañamiento en la profesión, también se beneficia de la exclusión implícita. Se reflexiona sobre cómo la escuela prioriza el orden y el rendimiento, a menudo a costa de integrar y apoyar a estudiantes vulnerables. Esta realidad coloca en tensión tanto la salud laboral del docente como las políticas educativas, y genera una sensación de vergüenza y responsabilidad moral al marcar la ausencia, consciente de que participa en un proceso de exclusión social educacional.
Fragmentos literales destacables
“Llegaba tarde, con el uniforme incompleto, con sueño, con una rabia que se le notaba hasta en la forma de dejar el bolsón en el pupitre.”“No quiero convertirme en alguien que necesita que ciertos estudiantes desaparezcan para sentir que todavía puede enseñar.” La experiencia refleja una contradicción ética profunda entre el compromiso con la dignidad y la inclusión de los estudiantes y la realidad de una labor docente que enfrenta el desgaste y la necesidad de autoprotección. La sensación de alivio al ausentarse una alumna conflictiva no es solo un hecho aislado sino la manifestación de modelos educativos que priorizan la eficiencia y normalidad en lugar de abordar integralmente las problemáticas sociales y personales presentes en el alumnado.
El equilibrio entre sostener un ambiente propicio para el aprendizaje y apoyar a estudiantes en situaciones vulnerables supone un desafío esencial. Aceptar, aunque inconscientemente, que la ausencia de ciertos alumnos facilite el trabajo es una señal de que la institucionalidad educativa carece de recursos suficientes para enfrentar estas complejidades sin perjudicar ni a alumnos ni a docentes.
Este caso plantea interrogantes sobre cómo reconstruir las prácticas escolares para que el orden y el rendimiento no se alcancen a costa de la exclusión o el desgaste emocional. También invita a considerar que la salud laboral y la dignidad del profesorado deben ser parte de las estrategias de inclusión educativa, y que la atención a las realidades de los estudiantes requiere apoyo sistemático más allá del aula.
La sensación de vergüenza al marcar la ausencia subraya la carga moral y ética en las decisiones cotidianas que forman parte de procesos estructurales mayores. Este fenómeno evidencia que la docencia se sitúa en un espacio complejo donde lo técnico y lo ético convergen, exigiendo reflexiones constantes sobre el rol y las condiciones en que se ejerce.
Pensamiento colectivo
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