Me cuesta decir dónde vivo de verdad
La planilla pedía dirección actual y dirección permanente. Dos líneas, una debajo de la otra, como si fuera una cosa sencilla. Yo tenía el bolígrafo en la mano y detrás de mí había alguien esperando para usar la mesa. Puse la dirección del apartamento donde duermo ahora en la primera línea. En la segunda me quedé pegado.
No fue drama. Nadie me apuró. Tampoco estaba resolviendo el misterio de mi existencia en una oficina con aire acondicionado malo.
Pero esa palabra, permanente, me dejó raro.
Porque permanente no es lo mismo que conocido. Ni querido. Ni propio.
Permanente suena a algo que no se mueve, pero uno se mueve incluso quedándose en el mismo lugar. Cambia la forma de entrar a la casa. Cambia la hora en que uno llega. Cambia la persona que contesta cuando preguntan si ahí vive fulano. A veces cambia el modo en que uno dice “mi casa”, con una seguridad que antes salía sola y ahora parece prestada.
Yo he vivido en tres sitios en los últimos años. No muchos, si uno lo compara con otra gente. Tampoco pocos, si uno piensa en la cantidad de cosas que se quedan regadas en cada mudanza: una taza que no volvió, una franela que apareció en una caja equivocada, una copia de llave que ya no abre nada.
Lo curioso es que sigo usando frases viejas.
Digo “por mi casa” para hablar de un lugar donde ya no me esperan.
Digo “aquí cerca” y a veces me refiero a un mapa que ya no corresponde.
Digo “yo soy de allá” cuando quiero explicar algo de mi manera de hablar, de comer, de desconfiar o de reírme. Pero si me preguntan qué significa ser de un sitio, no sé responder sin hacer trampa.
Uno cree que la identidad es una cosa interna, bien guardada, como un nombre en la cédula. Pero después ve que depende demasiado de lo que los demás reconocen. El portero que ya no te saluda porque no te conoce. La señora de la panadería que antes sabía qué ibas a pedir. El vecino que pregunta si eres visita. La ruta que el cuerpo aprendió y luego tiene que desaprender.
Entonces me pregunto si uno es el mismo por dentro o si también está hecho de esas confirmaciones pequeñas.
No hablo de tener raíces como en las frases bonitas. Hablo de algo más torpe.
De saber dónde queda el interruptor en la oscuridad.
De no tener que pensar en cuál llave es.
De poder enfermarse sin sentir que está ocupando un espacio ajeno.
Esa última idea me incomoda. Porque uno debería poder vivir donde vive, sin pedirle permiso al aire. Pero hay casas donde uno está instalado y todavía se siente de paso. Hay cuartos ordenados que no terminan de creer en uno. Hay mesas donde se come todos los días y aun así uno no apoya los codos con confianza.
Tal vez la pertenencia no aparece cuando llegas, sino cuando dejas de actuar como invitado.
Pero ahí viene otra pregunta: ¿dejar de actuar como invitado es un derecho o una costumbre? Porque hay gente que se adueña de los sitios demasiado rápido, sin preguntar, pasando por encima. Y hay gente que nunca termina de ocupar su lugar, aunque pague, aunque limpie, aunque tenga su ropa doblada en una gaveta.
Entre esas dos formas hay una línea difícil.
A mí me cuesta.
Me cuesta abrir un hueco en una pared para colgar algo. Me parece una declaración. Como si el clavo dijera: voy a estar aquí un buen rato. Y yo no siempre me atrevo a decir eso. Prefiero apoyar las cosas, dejarlas listas para moverse, no comprometerme con la pared.
Suena absurdo, pero no tanto.
Vivimos tomando decisiones pequeñas que dicen cuánto creemos en el futuro. Comprar una mata. Aprender el nombre del señor que vende empanadas cerca. Cambiar la dirección de entrega. Guardar comida en el congelador. Aceptar que el lunes también vas a despertar ahí.
Eso no es decoración. Es una forma de tiempo.
Quizá lo permanente no es lo que nunca cambia, sino lo que uno se permite repetir sin sentir que se está engañando. Una rutina puede ser humilde y aun así sostener una vida. El café en la misma taza, el camino hasta la parada, el saludo medio dormido. Cosas que no prometen eternidad, pero dan una especie de suelo.
Y también puede pasar lo contrario: algo dura años y no se vuelve propio. Hay trabajos, relaciones, ciudades enteras donde uno permanece físicamente, pero por dentro sigue con el bolso agarrado.
Eso me parece importante. Durar no es pertenecer.
Quedarse no siempre significa haber elegido.
Irse no siempre significa cortar.
En la planilla, al final, puse la dirección vieja como permanente. Lo hice por practicidad, porque todavía llega correspondencia allá y porque a veces las instituciones necesitan una respuesta más que una verdad completa. Pero mientras escribía, sentí que estaba dejando fuera una parte de mi vida actual, como si el sitio donde estoy ahora no mereciera todavía ese rango.
Después pensé que tal vez ninguna dirección merece tanto poder.
Uno no cabe completo en una línea.
La casa donde naciste no te explica entero. El apartamento donde duermes tampoco. El barrio que nombras con orgullo puede haberte formado y también puede haberte quedado estrecho. El lugar al que llegaste puede cuidarte sin volverse definitivo.
Me gustaría aprender a decirlo sin sentir que traiciono algo.
Vivo aquí.
Vengo de allá.
No sé cuánto tiempo.
Eso también es una respuesta, aunque no entre bien en las planillas.
Contexto editorial
Experiencia o testimonio personal
Relato basado en la experiencia, memoria o percepción de su autor. No permite extraer por sí solo conclusiones generales.
Esta clasificación editorial ha sido realizada con ayuda de IA. Describe el tipo de contenido; no verifica ni avala sus afirmaciones.
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Análisis de la publicación
Una dirección puede ser exacta y, aun así, no decir dónde vive alguien de verdad. Habitar depende también de rutinas que se repiten, nombres que vuelven, llaves que se reconocen y una autorización íntima muy concreta: apoyar el cuerpo sin sentirse de paso. Pertenecer no siempre coincide con quedarse; a veces empieza cuando el lugar deja de pedir explicación.
Una persona completa una planilla que pide dirección actual y dirección permanente. Escribe el apartamento donde duerme ahora, pero se detiene ante “permanente”. La palabra abre recuerdos de mudanzas, casas anteriores, frases que siguen saliendo por costumbre, objetos perdidos, llaves inútiles y lugares donde ya no la reconocen como antes. La narración distingue entre lo conocido, lo querido, lo propio y lo permanente, y sostiene que permanecer físicamente no garantiza pertenecer: se puede durar años en un sitio y seguir con “el bolso agarrado” por dentro. También muestra gestos pequeños que revelan confianza en el futuro: clavar algo en la pared, comprar una mata, aprender nombres cercanos, cambiar una dirección de entrega o guardar comida en el congelador. Al final, se registra la dirección vieja por practicidad y se ensaya una respuesta más honesta: vivir aquí, venir de allá y no saber cuánto tiempo.
El contraste principal está entre el lenguaje administrativo, que necesita casillas claras, y la vida real, que suele venir por capas. Una oficina puede pedir “actual” o “permanente”; una persona puede estar repartida entre el sitio donde duerme, la casa donde siguen llegando cartas, el barrio que moldeó su acento y la ciudad donde todavía duda si comprar una mata.
La casa no aparece solo como techo, contrato o dirección. Es una red de hábitos, reconocimientos y permisos cotidianos: saber qué llave usar, moverse a oscuras, saludar a alguien que recuerda el nombre, enfermarse sin sentirse intruso. Esa pertenencia necesita tiempo, pero el tiempo no la asegura. Hay alquileres, empleos, relaciones y ciudades donde se permanece años sin dejar de vivir en modo provisional. También hay retornos al lugar de origen que no devuelven intacta la sensación de casa.
La pregunta ética es importante. Habitar con confianza no equivale a apropiarse sin cuidado. Algunas personas ocupan espacios pasando por encima de otros; otras no terminan de autorizarse a existir plenamente en lugares que pagan, limpian y sostienen. Por eso conviene evitar dos simplificaciones: romantizar la movilidad, porque muchas vidas de paso nacen de la precariedad, la migración forzada, una separación o un cambio laboral impuesto; e idealizar el origen, porque puede formar y estrechar a la vez. Aprender a nombrar la propia vida en más de una frase puede ser más verdadero que buscar una dirección definitiva.
Pensamiento colectivo
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