Me pesa que casi todo sea por contacto
El número me lo pasaron doblado en un papelito, como quien entrega una llave pequeña. “Llámalo de parte mía”, me dijeron, y yo asentí aunque por dentro sentí esa mezcla rara de alivio y fastidio.
- Alivio porque tal vez así resolvía más rápido.
- Fastidio porque otra vez parecía que hacer una diligencia normal dependía menos de lo que uno necesitaba y más de a quién conocía…
- Me cuesta admitir que yo también participo en eso.
- No estoy escribiendo desde una superioridad limpia.
Yo he pedido teléfonos, he mandado mensajes con saludo demasiado amable, he dicho “soy amigo de tal” para que me atiendan con menos sequedad. Uno aprende a moverse así porque la vida cotidiana te empuja. Si no preguntas, te quedas atrás. Si no tienes un dato, pierdes la mañana. Si no sabes con quién hablar, das vueltas. Entonces uno termina aceptando una regla que no está escrita en ninguna parte, pero que organiza bastante de lo que hacemos… Lo que me inquieta es cómo se vuelve normal. En mi edificio, en la familia, en el trabajo, siempre hay alguien que “conoce a alguien”. Para arreglar un papel, para conseguir un cupo, para que te revisen algo, para que te den una respuesta que debería ser igual para cualquiera. No hablo de grandes privilegios, sino de esa cadena de favores pequeños que parecen inofensivos. El problema es que, sumados, van armando una ciudad paralela: la de los que saben a quién escribirle y la de los que llegan solos a la taquilla… También nos cambia el trato. He visto cómo una persona habla duro hasta que escucha un apellido conocido o una referencia. Ahí la voz baja, aparece el “pásame eso por aquí”, el “vamos a ver qué se puede hacer”. Y no siempre es mala intención. Muchas veces es puro cansancio, costumbre, ganas de ayudar al cercano. Pero el resultado se siente igual: si vienes recomendado, eres alguien; si vienes sin respaldo, eres un trámite más. Eso va dejando una marca, sobre todo en quien ya viene acostumbrado a que lo miren con sospecha… En mi casa se enseñó como una forma de sobrevivir. “No llegues así nada más”, “pregunta primero”, “busca un conocido”, “no seas pendejo”. Esas frases no venían de gente mala, venían de gente golpeada por perder tiempo y paciencia. Mis tíos, mis padres, mis vecinos, todos tienen historias de colas interminables que se resolvieron cuando apareció alguien por una puerta lateral. Entonces entiendo por qué lo transmitimos. Lo que me da vueltas es que también transmitimos la idea de que lo común no sirve, que la vía normal es para el que no sabe moverse… La viveza termina siendo una presión. Si uno decide esperar su turno, parece ingenuo. Si no pide ayuda, parece orgulloso. Si pregunta por el procedimiento, alguien se ríe y dice: “Tú sí eres correcto”. Como si hacer las cosas de frente fuera una rareza simpática, no una base mínima para convivir. A mí me ha pasado sentir vergüenza por no tener el contacto adecuado, como si me faltara una habilidad social importante. Y puede que sí sea una habilidad, pero no debería ser la única manera de entrar… Hay una diferencia entre comunidad y ventaja. En Venezuela sabemos apoyarnos, y eso no lo quiero despreciar. Una vecina que te avisa dónde llegó algo, un compañero que te orienta, una prima que te explica qué llevar para no perder el viaje: eso puede ser cuidado. El punto se pone turbio cuando el apoyo significa pasar por encima de otros, saltar una espera, recibir un trato que a los demás se les niega. Ahí ya no es solidaridad. Ahí es una puerta estrecha que solo abre si dices la clave correcta… El que no tiene red queda más expuesto. Pienso en la gente recién llegada a un barrio, en los viejos que no manejan bien el teléfono, en quienes no tienen familiares cerca, en los que no saben preguntar sin sentirse una carga. También en el que trabaja todo el día y no puede dedicar una mañana a “ver si alguien conoce a alguien”. A esa persona le pedimos paciencia, humildad, buen carácter y además suerte. Después decimos que no se supo mover. Esa frase me parece cada vez más injusta… En el trabajo se nota muchísimo. No siempre asciende el que mejor hace las cosas, sino el que conversa mejor con quienes deciden. No siempre se escucha la idea más clara, sino la que viene presentada por alguien “de confianza”. Yo he guardado silencio cuando veo eso porque uno no quiere quedar como resentido ni conflictivo. Pero por dentro sé que esas pequeñas preferencias van educando a todos: aprende a caer bien, aprende a acercarte, aprende a no incomodar. La capacidad importa, sí, pero rodeada de un montón de gestos que no todos aprendimos igual… Me gustaría no romantizar el rebusque. Resolver ha sido una palabra necesaria, casi una herramienta emocional. Pero también puede tapar cosas feas. Si todo se resuelve por debajo, por amistad o por insistencia, dejamos de exigir que lo básico funcione para cualquiera. Nos volvemos expertos en atajos y pobres en confianza. Y una sociedad donde nadie confía en el camino común termina cansando más de lo que ayuda… No tengo una salida perfecta. Solo estoy tratando de mirarme cuando me ofrecen una ventaja y preguntarme qué estoy aceptando. No siempre diré que no, lo sé. Sería falso prometerlo. Pero sí quiero dejar de celebrarlo como si fuera gracia criolla. Quiero poder agradecer una orientación sin convertirla en privilegio. Quiero que mi primer impulso no sea buscar “quién me mete”, sino preguntar por dónde entra todo el mundo… Me pesa porque no es solo una maña personal. Es una forma de organizarnos, de protegernos y también de excluirnos. Tal vez por eso cuesta tanto soltarla: porque nos ha salvado de muchas esperas, pero también nos ha enseñado a desconfiar de la puerta principal.
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Análisis de la publicación
Cuando la puerta principal deja de parecer suficiente, la vida común se llena de claves privadas: un apellido, un número, una recomendación. Lo que empieza como alivio ante trámites lentos puede volver negociable la dignidad de quien llega sin red. La solidaridad cuida cuando orienta; se tuerce cuando convierte la cercanía en trato preferente.
El narrador cuenta que recibe un número doblado en un papel para llamar “de parte” de alguien y siente alivio, pero también fastidio. Reconoce que él mismo ha pedido teléfonos, usado referencias y buscado un trato menos seco. Describe cómo esa regla no escrita atraviesa diligencias, edificios, familia y trabajo: papeles, cupos, revisiones, respuestas y ascensos pueden depender de conocer a la persona adecuada. Enmarca el rebusque venezolano como una forma aprendida de sobrevivir a colas, demoras e ineficacia, pero advierte que normaliza la idea de que la vía común no sirve. Distingue el apoyo que orienta o informa del privilegio que permite saltar esperas o recibir un trato negado a otros. Cierra con el deseo de agradecer ayudas sin convertirlas en ventajas y de volver a confiar en la puerta principal.
La práctica descrita no suele sentirse como una gran falta, sino como sentido práctico. Pedir un número, mencionar a un conocido o escribir “de parte de” parece razonable cuando el procedimiento común falla, demora o humilla. La inquietud nace precisamente ahí: no en negar la necesidad de resolver, sino en observar qué costo se acumula cuando el atajo se vuelve norma.
La distinción clave está entre compartir información y conseguir trato preferente. Avisar qué recaudos llevar, acompañar a alguien mayor o explicar dónde preguntar fortalece la puerta común, es decir, la vía que cualquiera debería poder usar. En cambio, mover un expediente, saltar una cola o suavizar el trato solo para quien viene recomendado reemplaza la regla compartida por una clave privada. El daño no siempre aparece como abuso evidente; a veces toma la forma de una cortesía pequeña que confirma que algunas personas merecen más atención que otras.
También hay una educación del carácter. Si todos aprenden que lo importante es “saber moverse”, la capacidad, la paciencia y la claridad pierden valor frente a la cercanía con quienes deciden. Esto produce una exclusión silenciosa: no solo queda fuera quien carece de contactos, sino quien no domina ese lenguaje, no quiere incomodar o no puede dedicar tiempo a buscar intermediarios. La reflexión no exige una pureza imposible. Propone una medida más concreta: revisar si la ayuda abre camino para cualquiera o si consigue una excepción que deja a otros esperando.
Pensamiento colectivo
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