Me preocupa lo fácil que digo “es lo que hay
La frase me salió mientras esperaba de pie en un pasillo estrecho, con otras personas igual de cansadas, mirando una pantalla que no avanzaba. Alguien se quejó en voz baja de que llevábamos demasiado tiempo allí. Yo, sin pensarlo, dije: “es lo que hay”. Lo dije como quien calma una discusión antes de que empiece, como quien demuestra madurez por no hacerse problema.
Después me quedé mal.
No porque hubiera pasado algo enorme. Nadie gritó, nadie perdió los papeles, nadie necesitaba que yo encabezara una protesta. Lo que me molestó fue notar la rapidez con la que esa frase salió de mí. Ni siquiera revisé si la queja tenía sentido. Ni siquiera pregunté qué estaba fallando. Cerré la conversación con tres palabras que se disfrazan de serenidad.
Durante años creí que aceptar las cosas era una forma de inteligencia. Me parecía que la gente que protestaba por todo vivía más cansada, más amarga, más expuesta. Yo quería ser de los que entienden cómo funciona el mundo y no se desgastan contra paredes que no se mueven. Había algo cómodo en esa postura: no exigir demasiado, no esperar demasiado, no pedir explicaciones. Uno queda como una persona razonable.
Pero estoy empezando a sospechar que muchas veces llamé razonable a mi miedo de incomodar.
“Es lo que hay” puede ser una frase útil si se dice al final de un recorrido honesto. Si ya miraste las opciones, si ya entendiste los límites, si ya distinguiste lo inevitable de lo mal organizado, entonces quizá sirve para no romperse por dentro. Hay tormentas, pérdidas, cuerpos que no responden como antes, decisiones ajenas que no se pueden deshacer. Hay cosas que se aceptan porque pelear con ellas solo añade dolor.
El problema es cuando la usamos al principio.
Ahí cambia de función. Ya no ayuda a soltar; ayuda a no mirar. Nos permite saltarnos la pregunta incómoda: ¿esto tenía que ser así? ¿Alguien gana con que yo crea que no hay alternativa? ¿Estoy aceptando un límite real o una costumbre vieja? ¿Me estoy protegiendo del desgaste o estoy protegiendo a quienes se benefician de que nadie diga nada?
Me da tristeza reconocer cuántas veces me acomodé en esa frase. La usé cuando un familiar minimizó algo que me dolía. La usé cuando en un lugar me atendieron mal y salí pensando que reclamar era ponerse intenso. La usé al escuchar a alguien decir que ciertos abusos siempre han existido, como si la antigüedad de una cosa la volviera parte del clima. La usé incluso conmigo, para no revisar decisiones que ya me estaban quedando pequeñas.
Y claro, no todo merece una batalla. Esa es la objeción que me hago para no caer en el extremo contrario. No quiero convertirme en alguien que encuentra una causa en cada contratiempo. También hay vanidad en creer que toda molestia personal es una injusticia. A veces una fila es solo una fila, una demora es solo una demora, una negativa es solo una negativa.
Pero entre pelear por todo y tragarse todo hay un espacio que he descuidado.
Ese espacio empieza con una pausa. No la pausa resignada, sino la de quien se permite examinar. Tal vez no pueda cambiar nada en ese momento, pero sí puedo dejar de colaborar con la mentira de que nada merece ser pensado. Puedo preguntar sin atacar. Puedo nombrar un malestar sin exagerarlo. Puedo decir “esto no me parece bien” aunque después no venga una solución perfecta.
Lo melancólico de todo esto es que uno va aprendiendo a obedecer sin que nadie se lo ordene directamente. Basta con ver caras de fastidio, escuchar que no conviene meterse, sentir que pedir claridad te vuelve problemático. Entonces una parte de uno se adelanta y se domestica sola. Se vuelve eficiente para no molestar.
No quiero vivir en estado de queja. Me agotaría y agotaría a otros. Pero tampoco quiero seguir confundiendo calma con rendición. Hay una tranquilidad que nace de comprender, y otra que nace de haber dejado de esperar algo mejor.
La mía, muchas veces, venía de lo segundo.
Desde aquel pasillo intento corregirme. No siempre lo logro. Todavía digo “es lo que hay” por reflejo, porque la frase está muy instalada y porque a veces de verdad estoy cansado. Pero ahora, cuando la escucho en mi boca, trato de agregar mentalmente una pregunta pequeña: ¿seguro?
No es una gran revolución. Es apenas una resistencia íntima contra la comodidad de cerrar los ojos y llamar adultez a esa oscuridad.
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Análisis de la publicación
En un pasillo estrecho, varias personas esperan de pie frente a una pantalla inmóvil y alguien se queja en voz baja. Decir “es lo que hay” puede sonar a madurez: evita roces, baja el tono y ahorra desgaste. Pero también puede cerrar una pregunta necesaria: ¿el límite era real o solo una costumbre aceptada demasiado rápido? Antes de resignarse, cabe una pausa mínima.
El relato parte de una espera en un pasillo estrecho: ante una queja por la demora, el narrador responde casi sin pensar “es lo que hay”. Después se incomoda al notar que no evaluó si la queja tenía sentido ni preguntó qué fallaba; simplemente cerró la conversación con una frase que parecía serenidad. A partir de esa escena distingue entre una aceptación honesta, posible después de mirar opciones y límites reales, y una resignación prematura que evita mirar. Recuerda haber usado esa frase cuando un familiar minimizó su dolor, cuando recibió mala atención, al oír abusos normalizados por existir desde siempre y también ante decisiones propias que ya le quedaban estrechas. A la vez, reconoce que no todo merece pelea ni toda molestia es injusticia. Su práctica íntima es agregar mentalmente una pregunta: “¿seguro?”.
Fragmentos literales destacables
“Es lo que hay” puede ser una frase útil si se dice al final de un recorrido honesto.”“Pero entre pelear por todo y tragarse todo hay un espacio que he descuidado.” La fuerza de “es lo que hay” está en que puede ser verdad y excusa al mismo tiempo. Dicho después de mirar la realidad con honestidad, protege de un desgaste inútil: hay pérdidas, límites físicos y decisiones ajenas que no se arreglan a fuerza de insistir. Dicho antes de mirar, en cambio, puede proteger sistemas, costumbres y relaciones que funcionan mejor cuando nadie pregunta demasiado.
La diferencia entre calma y rendición no se decide por el tono de voz. Alguien puede hablar suave y, sin embargo, estar renunciando a comprender lo que ocurre. También puede señalar un malestar sin convertirlo en acusación total. Preguntar sin atacar y nombrar algo que no parece bien tiene un valor ético modesto pero real: interrumpe la comodidad de llamar inevitable a lo que quizá solo está mal organizado, normalizado o mal tratado.
El límite es importante. No toda incomodidad personal es una injusticia, y vivir en queja permanente puede volverse vanidad, cansancio para otros o incapacidad de aceptar lo común. El punto no es transformar cada demora en batalla, sino recuperar el pequeño espacio previo a la respuesta automática. La obediencia aprendida muchas veces no necesita órdenes explícitas: bastan miradas de fastidio, advertencias sobre “no meterse” y el miedo a parecer problemático. Por eso la pregunta “¿seguro?” resulta útil. No obliga al conflicto; abre una mínima libertad interior antes de cerrar los ojos.
Pensamiento colectivo
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