Necesitaba ordenar esta sensación de estar de paso
El tren frenó entre dos estaciones y se apagó por un segundo el murmullo de los celulares. Nadie dijo nada raro.
- Una mujer acomodó la mochila entre los pies, un pibe miró su reflejo en la ventanilla oscura, un hombre siguió leyendo una boleta doblada en cuatro.
- Ahí, sin que pasara nada importante, me volvió esa idea de que estamos todos intentando llegar a algún lado sin estar del todo seguros de para qué.
- No lo digo con drama.
- Lo digo porque me pasa seguido, y porque en la cara de la gente a veces veo algo parecido.
Hice esta lista para no dejarlo dando vueltas como una nube pesada… Me impresiona la cantidad de vidas que cruzo sin tocar. En una misma cuadra puedo ver a alguien saliendo apurado de una farmacia, a dos albañiles compartiendo una gaseosa, a una chica llorando bajito en una parada, a un jubilado contando monedas frente al kiosco. Cada uno trae una historia enorme, pero para mí son segundos. Yo también debo ser eso para otros: una persona que pasa, una campera, una cara cansada, nada más. Me cuesta aceptar que mi mundo, que por dentro se siente tan grande, desde afuera sea casi invisible… Hay una especie de obediencia cotidiana que no termino de entender. Nos levantamos, pagamos, esperamos, respondemos mensajes, cargamos bolsas, hacemos fila, saludamos aunque tengamos la cabeza en otra parte. No está mal, hay que vivir. Pero a veces miro esa coreografía y me pregunto si la vida era esto o si esto es apenas la forma que encontramos para sostenerla. ¿Dónde queda lo que uno quería ser antes de aprender a funcionar? ¿En qué momento la supervivencia se disfraza de carácter?.. Me da pudor admitir que no siempre siento pertenencia. Camino por barrios que conozco de memoria y, sin embargo, a veces me siento invitado. Como si la ciudad me prestara un lugar, pero no me lo diera del todo. Escucho conversaciones en la panadería, en la carnicería, en la sala de espera, y todos parecen tener un papel más claro que el mío. Después pienso que capaz todos actuamos cierta seguridad para no quedar expuestos. Capaz pertenecer no es sentirse en casa, sino seguir apareciendo en los mismos lugares hasta que alguien te reconoce… El tiempo se volvió una cosa rara, no solo algo que falta. Me pasa que una semana entera puede desaparecer entre pendientes, y una tarde cualquiera, en cambio, se queda pegada por años. Tengo recuerdos mínimos que pesan más que etapas completas. Una charla en la vereda con mi viejo. Una merienda con alguien que ya no veo. El olor de una casa que no existe más para mí. Entonces me pregunto qué es realmente vivir: si acumular tiempo, si entenderlo, si gastarlo con menos culpa, si estar presente aunque sea de a ratos. No tengo una respuesta prolija… La pérdida no siempre llega como golpe. Muchas veces entra despacio. Un amigo que ya no llamás porque la vida de los dos cambió. Una costumbre familiar que nadie retomó. Un lugar al que dejaste de ir y un día descubrís que cerró. Una versión tuya que se fue sin despedirse. Lo social está lleno de pequeñas desapariciones que aceptamos porque no hay trámite para reclamarlas. Nadie te avisa: “esto fue lo último”. Te das cuenta después, con una mezcla de ternura y bronca… Me inquieta que nos midamos tanto por utilidad. En cualquier conversación aparece la pregunta escondida: qué hacés, qué resolvés, cuánto rendís, en qué andás. Entiendo que necesitamos ubicarnos. Pero a veces siento que si uno no produce una respuesta clara, pierde contorno. ¿Qué soy cuando no estoy siendo útil? ¿Qué queda de mí un domingo a la noche, sin tarea, sin pendiente, sin alguien esperándome? Me gustaría creer que hay una parte de uno que vale aunque no sirva para nada concreto… También me asombra la dignidad chiquita con la que seguimos. No quiero sonar oscuro, porque no todo es vacío. Veo gente sosteniendo cosas simples con una seriedad hermosa: una señora que guarda una factura en la cartera como si fuera un documento importante, un padre que le acomoda el cuello del buzo al hijo, un mozo que pregunta “¿todo bien?” y espera la respuesta de verdad. En esas escenas hay algo que me calma. Tal vez el sentido no aparezca como una revelación, sino como una suma de cuidados casi anónimos… Lo que más me cuesta es aceptar que no voy a verlo todo. No voy a saber cómo siguen muchas historias. No voy a estar en todos los momentos importantes de la gente que quiero. No voy a entender del todo quién fui para los demás. Y tampoco voy a tener tiempo de convertirme en todas las personas que imaginé. Esto no me parece necesariamente triste, pero sí fuerte. Vivir también es elegir una sola forma entre muchas posibles, y dejar que las demás se apaguen sin hacer tanto ruido… Capaz por eso me quedé pensando en el tren detenido, con todos quietos y mirando cualquier cosa. No era una escena especial. Era apenas un grupo de desconocidos suspendidos unos minutos, cada uno con su cansancio y su rumbo. Después volvió la luz, el tren arrancó, y todos seguimos. Yo también. Pero me bajé con la sensación de que seguir no siempre significa estar seguro; a veces significa solamente aceptar que uno está acá, por un rato, tratando de no pasar por encima de lo que siente.
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Análisis de la publicación
Avanzar no siempre significa tener claro el rumbo. Entre filas, mensajes, cuentas y viajes, aparecen preguntas por la pertenencia, el valor propio y la presión de ser útil. La sensación de estar de paso no tiene por qué ser fracaso: puede volver más visible la fragilidad compartida y los cuidados pequeños que sostienen el sentido.
La narración parte de un tren detenido entre estaciones: una pausa mínima despierta en quien narra la sensación de que todos intentan llegar a algún lado sin saber del todo para qué. Desde ahí recorre vidas anónimas que se cruzan en la calle y la dificultad de aceptar que el propio mundo interior, tan grande para uno, sea casi invisible desde afuera. También observa la rutina de levantarse, pagar, esperar y responder, junto con la duda de pertenecer incluso a barrios conocidos. El tiempo aparece como algo extraño: semanas que desaparecen y tardes mínimas que quedan pegadas durante años. Luego se nombran pérdidas lentas, amistades que se enfrían, lugares que cierran y versiones propias que se van. Frente a la presión por ser útil, surgen gestos simples de dignidad y cuidado. El tren vuelve a arrancar y queda la idea de seguir sin estar seguro, procurando no pasar por encima de lo que se siente.
La sensación de estar de paso aparece como una conciencia de escala: cada persona vive una historia enorme desde dentro, pero para los demás suele ser apenas un gesto, una cara o una escena que dura segundos. Esa diferencia no vuelve falsa la vida interior. Recuerda, más bien, que nadie cabe en la mirada rápida que recibe. La fuerza está en no convertir esa casi invisibilidad en derrota, sino en una invitación a mirar con más cuidado.
La presión por ser útil toca un punto muy reconocible. Muchas identidades quedan atadas a rendir, resolver, contestar y poder decir con claridad “en qué andan”. No se niega la necesidad de trabajar ni de cumplir tareas; se señala el riesgo de confundir funcionamiento con valor personal. La pertenencia también aparece de una manera concreta: no siempre se siente como seguridad interior. A veces se arma de a poco, por repetición, reconocimiento y presencia en los mismos lugares, aunque por dentro quede cierta extranjería.
El giro más fértil está en los cuidados mínimos. Acomodar un cuello, preguntar de verdad o guardar algo con seriedad muestran que el sentido no depende solo de grandes respuestas. Hay una ética discreta: no pasar por encima de lo que se siente y recordar que cada vida excede lo que alcanzamos a ver. El límite conviene decirlo: la lucidez sobre lo transitorio puede aliviar, pero no reemplaza vínculos, descanso ni condiciones materiales que sostengan una vida menos al borde.
Pensamiento colectivo
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