No quiero sentirme bien
Durante mucho tiempo yo pensé que el bienestar personal era eso que te venden sin decirte que te lo están vendiendo: dormir mejor, tomar más agua, salir a caminar, agradecer tres cosas, respirar hondo y aprender a soltar. Todo bastante prolijo. Bastante presentable. Bastante compatible con subir una foto de una taza linda y una frase tranquila.
Y no digo que esté mal. Digo que a mí no me alcanzó.
Porque hubo una época en la que yo hacía varias de esas cosas y, sin embargo, vivía con una sensación rara, como si me estuviera portando excelente en una vida que no me cerraba. Yo cumplía conmigo como quien cumple con una empresa: check, check, check. Pero adentro tenía un gerente, no una persona.
Capaz que mi problema era ése: yo no quería estar bien. Yo quería no molestar. Quería ser funcional, amable, razonable, llevadera. Quería llegar a fin de semana sin explotar, sonreír lo justo, contestar mensajes, trabajar, descansar “de forma correcta” y no preocupar a nadie. Le llamaba bienestar a una versión elegante de la obediencia.
A mí me costó años darme cuenta de que una cosa es estar en paz y otra muy distinta es estar domesticado.
Lo digo porque hay malestares que no vienen de que uno se cuide poco. Vienen de que uno se traiciona mucho. Y ahí no hay meditación guiada que haga magia. Si yo me paso la semana diciendo que sí cuando quiero decir que no, tragándome broncas para parecer maduro, aceptando ritmos que me dejan seco y vínculos donde tengo que editarme para caer bien, el problema no es que me falte una rutina de autocuidado. El problema es que me estoy abandonando con buenos modales.
A mí me cambió la cabeza una idea medio antipática: el bienestar no siempre se siente bien.
A veces se siente como decepcionar a alguien.
A veces se siente como quedar mal.
A veces se siente como irte temprano.
A veces se siente como perder una supuesta oportunidad.
A veces se siente como admitir: “esto que todos llaman normal a mí me está haciendo mierda”.
Perdón por lo brusco, pero en mi caso fue así.
Yo empecé a mejorar recién cuando dejé de preguntarme “¿qué hago para sentirme mejor?” y empecé a preguntarme “¿qué estoy tolerando para ser querido, aprobado o útil?”. Esa pregunta no relaja nada. No trae aromaterapia. No da imagen de persona equilibrada. Pero abre una puerta.
Porque capaz que el verdadero bienestar no es una manta suave. Capaz que es una podadora. Capaz que primero te ordena cortando.
Cortar una costumbre.
Cortar una culpa.
Cortar una conversación eterna con alguien que sólo aparece para drenarte.
Cortar la fantasía de que, si te esforzás un poco más, por fin vas a merecer descansar.
A mí me vendieron durante años que el bienestar era aprender a adaptarme mejor. Hoy sospecho lo contrario: muchas veces es dejar de adaptarte con tanta facilidad a lo que te achica.
Incluso te diría algo más, aunque suene feo: no toda calma es sana. Hay calmas que son resignación con buena prensa. Hay gente serenísima porque ya renunció a discutir, a pedir, a desear, a cambiar. Y claro, así cualquiera baja la ansiedad: si no espera nada, nada lo desordena. Pero eso no siempre es paz. A veces es apagarse sin escándalo.
Yo no quiero ese tipo de bienestar. No quiero convertirme en una persona tan equilibrada que ya no le duela nada, porque por ese camino capaz un día tampoco me entusiasma nada.
Hoy mi idea de bienestar es menos fotogénica y bastante más honesta. Para mí, estar bien no es vivir cómodo todo el tiempo. Es poder vivir sin actuar tanto. Es no tener que traicionarme para resultar aceptable. Es tener energía para lo que me importa y coraje para incomodar un poco cuando hace falta.
A veces mi mejor día no es el más tranquilo. Es el más verdadero.
Y capaz que ésa es la idea más extraña que aprendí: el bienestar personal no siempre consiste en bajar el ruido. A veces consiste en escuchar, por fin, el ruido correcto.
Fragmentos destacados por el autor
“No quiero convertirme en una persona tan equilibrada que ya no le duela nada, porque por ese camino capaz un día tampoco me entusiasma nada.”
“No toda calma es sana. Hay calmas que son resignación con buena prensa.”
“Yo cumplía conmigo como quien cumple con una empresa: check, check, check. Pero adentro tenía un gerente, no una persona.”
“Le llamaba bienestar a una versión elegante de la obediencia. A mí me costó años darme cuenta de que una cosa es estar en paz y otra muy distinta es estar domesticado.”
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Análisis de la publicación
El bienestar personal no siempre se experimenta como tranquilidad o comodidad, sino que puede implicar confrontar aspectos incómodos o dolorosos de la propia vida. Reconocer cuándo se está adaptando uno a situaciones que limitan o traicionan la autenticidad es esencial para alcanzar un bienestar más profundo, basado en la honestidad consigo mismo y el coraje para establecer límites incluso cuando causa incomodidad.
La reflexión cuestiona la visión tradicional del bienestar como un conjunto de prácticas superficiales y agradables, como dormir bien o hacer ejercicios de gratitud, que no siempre alivian los conflictos internos fundamentales. Se distingue entre estar en paz y estar domesticado, señalando que ciertos malestares provienen de traicionarse a sí mismo al cumplir con roles sociales o personales impuestos. El bienestar auténtico se presenta como un proceso que puede generar incomodidad al confrontar costumbres, relaciones o expectativas que generan resignación o autoabandono. Se propone una mirada menos idealizada y más honesta del bienestar, donde la capacidad para decir no, cortar vínculos tóxicos y resistir la adaptación pasiva es vital. Además, se advierte sobre los riesgos de una calma aparente que en realidad puede ser resignación disfrazada y pérdida de deseo o motivación.
Fragmentos literales destacables
“hay malestares que no vienen de que uno se cuide poco. Vienen de que uno se traiciona mucho.”“no toda calma es sana. Hay calmas que son resignación con buena prensa.” La idea central destaca que el bienestar no es sinónimo de comodidad constante ni ausencia de conflicto, sino que a menudo requiere enfrentar tensiones internas y sociales incómodas. La diferencia entre estar en paz y estar domesticado es crucial: mientras el primero implica aceptación genuina y autenticidad, el segundo sugiere un sometimiento funcional que puede generar desconexión y autoengaño. Esta distinción invita a cuestionar la naturalización de ciertos malestares como síntomas de falta de autocuidado cuando, en cambio, responden a compromisos contradictorios con uno mismo.
Incorporar la incomodidad como parte del bienestar desafía prácticas de autocuidado superficiales que solo buscan mantener una imagen externa o una rutina tranquilizadora sin confrontar las raíces del disgusto personal. El bienestar auténtico requiere coraje para romper con hábitos, vínculos y roles que dañan la integridad emocional, aunque eso implique perder aprobación social o comodidad inmediata. Esta capacidad para establecer límites y decir no es una forma activa de autocuidado menos visible, pero imprescindible para la salud mental.
Por otro lado, se advierte sobre los riesgos de confundir resignación con calma, pues una serenidad obtenida tras renunciar a deseos y luchas puede ser una forma dañina de equilibrio. Así, se plantea que no toda tranquilidad es saludable si proviene de la renuncia o el apagamiento personal. Esto lleva a una pregunta relevante: ¿cómo distinguir cuándo la calma es auténtica o esconde una aceptación pasiva y limitada?
Esta perspectiva transforma la pregunta típica del bienestar, de “¿cómo sentirse mejor?” a “¿qué se está tolerando para ser aceptado?”, proponiendo una reflexión crítica sobre las propias adaptaciones para evitar traiciones internas. La invitación es a un bienestar menos fotogénico pero más honesto, donde se acepta que el bienestar puede generar ruido o malestar, siempre que represente escuchar y honrar el ruido correcto, el propio.
Pensamiento colectivo
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