Nos enseñaron a resolver y ya cansa
La guagua pasó llena frente a la parada y seguimos mirando al frente, como si eso fuera parte del clima.
Una señora ajustó la bolsa del supermercado en el piso.
Un muchacho se rió bajito y dijo que ahora tocaba llamar a alguien.
Nadie dijo mucho más.
Aquí uno aprende temprano a tener plan B, plan C, plan de emergencia y plan de “déjame ver a quién llamo”.
Lo decimos con orgullo a veces.
“Uno resuelve”. “Así es aquí”.
“Hay que moverse”.
Pero me está dando una tristeza rara esa palabra.
Resolver suena a fuerza, sí. También suena a que nadie se va a hacer cargo.
A que si no tienes carro, te las arreglas.
Si no tienes quien te busque, esperas.
Si no tienes chavos para pagar más caro, caminas más. Si tu jefe no entiende el tapón, sales más temprano.
Si la cita es lejos, madrugas como si el día completo fuera una deuda.
Y después, encima, hay que agradecer.
Gracias por el pon.
Gracias por esperarme. Gracias por no botarme el turno.
Gracias por dejarme salir cinco minutos antes.
Gracias por no mirarme como si yo fuera un problema.
Uno vive pidiendo permiso para existir con menos recursos que otros.
Eso no se dice así en voz alta.
Se tapa con chistes.
Con “bendito”. Con “tú sabes cómo es”.
Con esa sonrisa cansada que uno pone cuando no quiere explicar toda la historia.
La cosa es que no todos resolvemos igual.
Hay quien resuelve llamando a su mamá, que tiene carro y tiempo. Hay quien resuelve pagando un servicio.
Hay quien resuelve porque vive cerca de todo.
Hay quien resuelve porque en el trabajo le creen.
Y hay quien resuelve gastando el cuerpo. Esperando de pie.
Cargando bolsas.
Pidiendo favores que después se cobran con comentarios.
Llegando sudado a lugares donde se supone que uno se vea “presentable”.
La palabra resolver nos pone a todos en el mismo saco, pero no pesa igual. En mi barrio se ve mucho.
La vecina que lleva al nene a la escuela y después cruza medio pueblo para cuidar a una señora mayor.
El vecino que sale antes de que amanezca porque si pierde la primera guagua pierde el día entero.
La muchacha que estudia y trabaja y siempre está “casi llegando”.
El señor que no pide ayuda porque una vez le dijeron que él siempre estaba en las mismas.
Todo el mundo tiene una ruta secreta de sacrificios.
Y aun así se espera que lleguemos de buen humor. Que no se note.
Que no molestemos.
Que no hagamos larga la explicación.
Hay una norma no escrita: puedes estar agotado, pero no puedes incomodar con tu agotamiento. Puedes necesitar, pero no demasiado.
Puedes pedir, pero con humildad.
Puedes quejarte, pero rapidito.
Porque siempre aparece alguien diciendo que antes era peor. O que en otros sitios es igual.
O que uno tiene que echar pa’lante.
Yo no estoy en contra de echar pa’lante.
De verdad que no.
Me crié oyendo eso como quien oye una oración. Pero hay días en que me pregunto cuántas cosas malas han sobrevivido porque las convertimos en carácter.
Cuántas faltas de estructura las llamamos “maña”.
Cuántos abusos pequeños los llamamos “parte de la vida”.
Cuántas desigualdades las escondemos detrás de la frase “el que quiere, puede”.
Esa frase me pesa.
Porque he visto gente queriendo muchísimo y no pudiendo igual.
No por flojera. No por falta de ganas.
Por distancia.
Por horarios.
Por cuidar a otros. Por no tener quien firme, quien preste, quien lleve, quien recomiende.
Por vivir donde las opciones llegan tarde, si llegan.
Lo melancólico es que nos acostumbramos a admirar la resistencia más que a preguntar por qué hace falta tanta.
Aplaudimos al que cruza la isla para trabajar. Celebramos a la madre que no duerme.
Decimos que fulano es un guerrero.
Y sí, a veces lo es.
Pero también es una persona cansada.
Una persona que quizás no quería ser ejemplo de nada. Solo quería que la vida no le cobrara tanto por moverse.
Me gustaría que algún día resolver no fuera una obligación permanente.
Que no dependiéramos tanto del favor, del contacto, del pon, del “déjame ver”.
Que llegar a tiempo no fuera una prueba de clase.
Que pedir ayuda no bajara a nadie de categoría.
Que el cansancio de la gente común no se tratara como mala actitud.
Por ahora, en la parada, seguimos mirando si viene algo. Alguien revisa el celular.
Alguien suspira.
Alguien dice que va a llamar a un primo.
Y todos entendemos. Demasiado bien.
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Análisis de la publicación
Dejemos de llamar carácter a todo sacrificio que nace de la falta de apoyos. Resolver puede ser virtud cuando alguien elige arreglárselas; se vuelve carga cuando reemplaza transporte confiable, horarios razonables, derechos y trato digno. Llegar tarde, pedir un pon —un viaje de favor— o gastar el cuerpo para cumplir también habla de desigualdad.
El relato empieza con una guagua que pasa llena frente a la parada y deja a quienes esperan calculando a quién llamar o qué alternativa buscar. A partir de esa escena, presenta la costumbre de “resolver” como orgullo y como carga. Señala que no todas las personas resuelven con los mismos recursos: algunas tienen carro, dinero para pagar otro servicio, cercanía, jefes que les creen o redes familiares; otras pagan con caminatas, madrugadas, cansancio físico, favores, explicaciones y vergüenza. También cuestiona la obligación de agradecer cada ayuda y de no incomodar con el propio agotamiento. Frases como “el que quiere, puede” o “hay que echar pa’lante” aparecen como modos de tapar desigualdades. El deseo final es que moverse no cueste tanto, que llegar a tiempo no sea una prueba de clase y que pedir ayuda no rebaje a nadie.
No se niega la capacidad de salir adelante; se discute que se use como excusa para no hacerse cargo. “Resolver” conserva una dignidad real: muchas personas sostienen su vida con imaginación, redes, favores y esfuerzo. Pero la palabra cambia de sentido cuando deja de ser una opción y se vuelve condición permanente para trabajar, estudiar, atender la salud o cuidar a otros.
La desigualdad que aparece aquí no es solo falta de dinero. También es distancia, tiempo perdido, horarios rígidos, credibilidad desigual y dependencia de contactos. Una guagua que pasa llena no afecta igual a quien puede pagar un servicio, llamar a alguien o llegar tarde sin castigo, que a quien pierde un turno, un día de trabajo o la confianza del jefe. El favor ayuda, pero también puede poner a quien lo pide en una posición incómoda: agradecer de más, explicar de más y no mostrar demasiado cansancio.
El acierto está en marcar el límite del elogio a la persona “guerrera”. Reconocer la resistencia puede ser necesario; celebrarla siempre puede tapar fallas de transporte, trabajos poco flexibles y apoyos débiles para el cuidado. La pregunta práctica sería qué cambiaría si el cansancio común se tratara como dato social, no como mala actitud individual. La atención pasaría del “por qué no resolviste” al “por qué cumplir exige tanto cuerpo, tanta espera y tantos favores”.
Pensamiento colectivo
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