Nos mandan a caminar por veredas que expulsan
Por mi trabajo acompaño a personas mayores a trámites, controles y actividades que deberían caber dentro de una mañana normal. Digo “deberían” con la confianza de quien todavía cree en los verbos sencillos: caminar, cruzar, esperar, volver. Después uno sale a la calle y esos verbos empiezan a pedir permisos que nadie reconoce haber negado.
La vereda no es un detalle. Se nota cuando una señora con bastón calcula cada baldosa levantada antes de apoyar el pie. Se nota cuando un vecino en silla de ruedas tiene que bajar a la calle porque una camioneta decidió que medio metro de sombra era estacionamiento. Se nota cuando una cuidadora empuja una silla entre raíces, tapas sueltas, fierros de letreros, bolsas de basura, mesas de local y rampas que terminan justo contra un poste. Nuestra ciudad es muy partidaria de la vida sana, eso sí. Hay afiches que invitan a moverse más, a envejecer activos, a usar menos auto. Dan ganas de felicitarlos, si uno logra llegar entero hasta el afiche.
Lo curioso es que casi nadie discute la vereda hasta que alguien se cae. Mientras tanto, funciona como un territorio sin dueño claro. El municipio dice que está revisando, el dueño de casa arregla su pedazo con el material que pudo, el comercio ocupa “un ratito”, el conductor sube dos ruedas “porque no molesta”, el peatón joven esquiva, el adulto mayor se guarda. Cada quien tiene una explicación razonable y, sumadas, producen una ciudad bastante absurda: todos tienen motivo, nadie tiene responsabilidad.
He escuchado muchas veces la frase “pero si es cerquita”. La usan hijos apurados, funcionarios con buena voluntad, vecinos que conocen el barrio de memoria. “El consultorio queda cerquita”, “la farmacia está a dos cuadras”, “la plaza está ahí mismo”. Para una persona con buen equilibrio, vista clara y rodillas obedientes, dos cuadras son dos cuadras. Para otra, pueden ser una evaluación pública de su cuerpo. La ciudad le pregunta, en cada esquina, si todavía merece salir sola.
Ahí aparece una contradicción que cargamos entre generaciones. Queremos que las personas mayores no dependan tanto de otros, pero les dejamos un espacio público que obliga a depender. Celebramos que “se mantengan activas”, pero convertimos el trayecto en una prueba de obstáculos. Pedimos que no se encierren, pero para salir tienen que aceptar ayuda, pedir brazo, esperar que alguien cruce con ellas, explicar por qué se demoraron. Después nos sorprende que prefieran quedarse mirando por la ventana. Qué carácter más difícil, decimos, cuando en realidad muchas veces la calle les fue bajando el volumen.
La vereda no es un detalle porque decide quién participa sin pedir escolta. En una ciudad intermedia, donde no todo queda servido por transporte frecuente y donde muchas cosas se hacen caminando, el estado de las veredas reparte ciudadanía. No de manera grandilocuente, con discursos y ceremonias, sino con una baldosa quebrada justo frente a la panadería, con un desnivel a la salida del paradero, con una esquina sin rebaje donde se juntan coche, bastón y apuro. La desigualdad también tiene centímetros.
Hay barrios donde se nota más. En las calles con más plata, la vereda cambia de piso, de color, de borde; incluso se vuelve bonita, casi decorativa. En otros sectores, la vereda parece haber sido pensada para una persona imaginaria: joven, flaca, sin paquetes, sin niño de la mano, sin dolor, sin miedo a caer, sin necesidad de sentarse. Esa persona imaginaria gobierna demasiadas decisiones. Es el ciudadano estándar, el que camina rápido y no hace preguntas. El resto somos variaciones incómodas.
Me ha tocado ver discusiones pequeñas que resumen el problema completo. Una vecina reclama porque un árbol levantó la vereda y ya no puede pasar con su mamá. Otro vecino defiende el árbol, con razón, porque da sombra y los veranos no vienen precisamente más amables. Llega alguien a decir que hay que sacar todo para “ordenar”. Otro propone pavimentar hasta el último borde. En cinco minutos quedan enfrentados el cuidado de los mayores, el derecho a la sombra, la mantención municipal, el bolsillo de los vecinos y la costumbre chilena de resolver lo público con una pelea en la puerta. No falta quien cierre con “siempre ha sido así”, esa frase que sirve para conservar desde una receta familiar hasta un peligro evidente.
No se trata de pedir una ciudad acolchada, sin tropiezos ni roces. La calle nunca será un pasillo de clínica. Pero hay una distancia grande entre aceptar la imperfección y naturalizar la expulsión lenta. Cuando el espacio común está mal hecho, la familia compensa. Alguien acompaña, alguien falta al trabajo, alguien paga taxi, alguien deja de ir al taller, alguien pierde autonomía. La falla pública no desaparece: cambia de bolsillo y de cuerpo.
La vereda no es un detalle. Es una política escrita con cemento, raíces, permisos y omisiones. Si queremos hablar en serio de envejecimiento, salud, transporte y convivencia, podríamos partir mirando el suelo sin tanta humildad falsa. Porque una ciudad que obliga a mirar cada paso no invita a caminar: enseña a desconfiar. Y cuando los mayores empiezan a desaparecer de las calles, no solo se pierde su movilidad. Se pierde una forma de presencia que nos recordaba que el barrio no pertenece únicamente a quienes todavía pueden apurarse.
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Análisis de la publicación
Caminar por la ciudad puede ser un desafío diario para las personas mayores debido al estado irregular y obstaculizado de las veredas. Esta realidad limita su autonomía y participación en la vida urbana, generando una expulsión silenciosa que refleja desigualdades profundas en el diseño del espacio público y la consideración social hacia quienes envejecen.
El texto describe la experiencia diaria de personas mayores que enfrentan dificultades al transitar por veredas deterioradas o bloqueadas, evidenciando cómo el espacio público no está diseñado para sus necesidades. Señala que obstáculos como baldosas levantadas, vehículos mal estacionados y mobiliario urbano inadecuado obligan a pedir ayuda constante para actividades cotidianas. Se destaca una contradicción entre la promoción oficial de la actividad física y la realidad hostil del entorno urbano, que termina limitando la autonomía de los mayores. También invita a ver la vereda como un indicador de ciudadanía y justicia social, dado que su estado afecta directamente la capacidad de movilizarse libremente y participar en la comunidad. Finalmente, muestra cómo estas dificultades desplazan la responsabilidad desde lo público hacia las familias, generando desigualdades materiales y simbólicas.
Fragmentos literales destacables
“La vereda no es un detalle porque decide quién participa sin pedir escolta.”“Cada quien tiene una explicación razonable y, sumadas, producen una ciudad bastante absurda: todos tienen motivo, nadie tiene responsabilidad.” Las dificultades para transitar por la ciudad impactan en la autonomía y calidad de vida de las personas mayores, quienes requieren entornos accesibles para mantener su independencia y bienestar. Este fenómeno trasciende lo individual y revela una política urbana implícita que excluye a quienes no encajan en el modelo idealizado de "ciudadano estándar". La dispersión de responsabilidades entre municipio, vecinos y comerciantes genera un limbo donde las veredas se deterioran sin una solución clara, confirmando un déficit en la gestión pública.
Este escenario es una fuente de desigualdad silenciosa: no todos los barrios ni todos los cuerpos enfrentan los mismos obstáculos. La calidad del espacio público refleja así desigualdades sociales que se reproducen en lo cotidiano, afectando especialmente a grupos vulnerables como los mayores. Asimismo, la necesidad de pedir ayuda o evitar salir es una forma sutil de exclusión que no siempre se registra en debates políticos o urbanos.
Una pregunta clave es cómo diseñar ciudades que no requieran escoltas ni permisos tácitos para caminar, para que la movilidad sea un derecho real y efectivo para todos. Reconocer que la vereda es una política cotidiana abre la puerta a repensar el urbanismo con un enfoque inclusivo y ético, que abarque diversidad funcional, edad y contexto social. La autonomía de los mayores debe ser una prioridad en la construcción del espacio público, lo que implica coordinación clara de responsabilidades y decisiones que no privilegien sólo a la persona imaginaria y estándar.
Por último, el análisis invita a visibilizar cómo las deficiencias del espacio común trasladan la carga a familias y cuerpos individuales, incidiendo en la salud, el tiempo y la economía doméstica. La verdadera participación ciudadana requiere un entorno que ofrezca confianza desde el suelo mismo, pues cuando los mayores desaparecen de las calles se pierde también una presencia vital que conecta al barrio con su historia y sentido comunitario.
Pensamiento colectivo
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