Optimizar me dejó vacío
Yo no sé si esto tiene nombre, che, pero yo le digo así: la manía de optimizarlo todo. Optimizar el desayuno, optimizar la ducha, optimizar el descanso (sí, el descanso), optimizar el amor, optimizar la respiración. Y suena chistoso, ndaje, pero a mí me ha ido comiendo por dentro, despacito, como termita.
Porque al comienzo era “ordenarme”. Una listita acá, un recordatorio allá. Y yo me sentía pro. Me sentía una máquina linda, eficiente, una persona que “aprovecha el tiempo”. Pero un día me pillé midiendo hasta cuánta agua dejaba correr antes de que salga caliente, y me dio vergüenza. Me dio como… mba’e… como pena conmigo mismo. ¿En qué momento yo me volví un contador de gotas?
Y es que esa es la trampa: optimizar parece cuidado, pero a veces es miedo. Miedo a perder, miedo a fallar, miedo a que si no hago “bien” las cosas entonces no valgo. Y entonces todo se vuelve examen. Si cocino, es para rendir. Si camino, es para quemar. Si leo, es para aprender. Si hablo, es para “comunicar mejor”. Si me quedo quieto, me siento culpable porque no “aproveché”. Y así, sin darme cuenta, me quedé sin espacio para lo simple.
Lo peor es que yo mismo me pongo metas que no entiendo. “Ser mi mejor versión”, dicen. ¿Cuál versión? ¿La que nunca se cansa? ¿La que siempre produce? ¿La que siempre responde rápido? Yo me pongo a correr detrás de una versión que no existe, aipo, y mientras corro me pierdo de mí. Y después digo “estoy bien”, pero no estoy bien. Estoy apurado.
Hoy quise soltar esto al aire, así nomás, sin tutorial. Porque yo ya me cansé de arreglarme como si fuera un aparato. Yo no soy un aparato. Soy una persona. Y una persona a veces toma agua sin calcular. A veces se sienta y mira una sombra en la pared. A veces no optimiza nada, y aun así respira.
Si mañana me vuelve la manía, bueno, que vuelva. Pero que no mande. Porque yo quiero una vida que no sea una planilla. Quiero una vida que no me pida resultados hasta para existir, na.
Fragmentos destacados por el autor
“Porque al comienzo era “ordenarme”. Una listita acá, un recordatorio allá. Y yo me sentía pro. Me sentía una máquina linda, eficiente, una persona que “aprovecha el tiempo”.”
“Y es que esa es la trampa: optimizar parece cuidado, pero a veces es miedo. Miedo a perder, miedo a fallar, miedo a que si no hago “bien” las cosas entonces no valgo.”
“Yo no soy un aparato. Soy una persona. Y una persona a veces toma agua sin calcular. A veces se sienta y mira una sombra en la pared.”
“Y así, sin darme cuenta, me quedé sin espacio para lo simple. Lo peor es que yo mismo me pongo metas que no entiendo.”
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Análisis de la publicación
Convertir cada momento de la vida en una tarea para optimizar puede parecer disciplina, pero a menudo encierra miedo y presión que desgastan la autenticidad. Cuando cada acción se mide en resultados, se pierde la capacidad de simplemente ser y sentir, y la vida se vacía de su espontaneidad natural.
El relato describe la experiencia de alguien atrapado en la obsesión por optimizar todos los aspectos cotidianos —desde el desayuno hasta la respiración—, iniciando con la intención de organizarse y aprovechar el tiempo. Sin embargo, esta conducta llevó a un desgaste emocional donde cada acción debía justificarse con un logro o beneficio: cocinar para rendir, caminar para quemar calorías o hablar para comunicar mejor. La persona termina cuestionando el ideal inalcanzable de ser “la mejor versión”, una versión infatigable y siempre productiva. Reconoce que esta compulsión produce miedo al fracaso y culpa, eliminando espacios para la simpleza y la autenticidad. Finalmente, se expresa el deseo de soltar el control excesivo y permitir que la vida ocurra sin cálculos constantes, valorando la libertad de existir sin rendimientos que medir.
Fragmentos literales destacables
“optimizar parece cuidado, pero a veces es miedo.”“Si cocino, es para rendir. Si camino, es para quemar.”“Yo no soy un aparato. Soy una persona.” La obsesión por optimizar cada acción cotidiana puede convertirse en una forma de autoexigencia impulsada por el miedo a no ser suficiente. Esta autocompulsión transforma la vida en una serie de tareas evaluadas continuamente, donde la espontaneidad y el disfrute desaparecen bajo la presión de producir resultados. La optimización, que en principio puede ser vista como autocuidado, puede adoptar la forma de una compulsión alienante que desgasta la salud mental y emocional.
Es crucial distinguir entre una organización intencional y saludable, que facilita el bienestar, y una compulsión hacia el control exhaustivo, que conduce a la pérdida de contacto con la propia humanidad. Esta tendencia también refleja presiones sociales que exigen una versión idealizada e inalcanzable del individuo, promoviendo la invisibilización del cansancio y la imperfección.
Además, esta situación plantea una pregunta fundamental: ¿cómo recuperar espacios para la autenticidad y el descanso sin sentirse culpable? Recuperar la capacidad de simplemente estar, sin objetivos ni mediciones, se vuelve una práctica esencial para preservar la salud mental en contextos dominados por la productividad constante.
Reconocer que no todas las acciones necesitan ser eficientes o justificadas en términos de rendimiento abre la posibilidad de una vida más plena y genuina. El desafío entonces consiste en equilibrar el cuidado personal sin caer en la trampa de la exigencia implacable que agota y deshumaniza.

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