Resolver es mi superpoder
En Nicaragua hay una palabra que no necesita explicación larga porque se entiende con el cuerpo: resolver. No es solo “arreglar algo”. Es una actitud. Es un músculo. Es ese orgullo callado de decir: “no hay, pero vemos cómo”. Y aunque suene bonito, también tiene su sombra, porque a veces resolver se vuelve costumbre… y la costumbre se vuelve condena.
Yo crecí viendo el arte de resolver en cosas pequeñas. Una tapa de olla que no era tapa, pero servía. Un abanico amarrado con alambre. Un zapato “aguantado” con pega. Una comida inventada con lo que quedó. Una reparación que duraba dos meses, pero esos dos meses te salvaban. En mi casa no se decía “innovación”, se decía “hacéle pues”. Y se hacía.
Esa creatividad nacida de la escasez tiene algo heroico. Porque cuando no tenés recursos, la imaginación se vuelve herramienta. Te obliga a mirar distinto. A reutilizar. A combinar. A preguntar. A pedir favores. A hacer red. No es romanticismo: es supervivencia con ingenio.
Pero lo raro es que ese orgullo se te mete en la piel y te acompaña aunque la escasez cambie de forma. Porque la escasez no siempre es de dinero. A veces es de tiempo. A veces es de apoyo. A veces es de tranquilidad. Y entonces uno se vuelve “el que resuelve” en todo. El que salva el día. El que improvisa. El que no molesta. El que no pide mucho. El que, si algo se rompe, lo arregla… aunque por dentro también se esté rompiendo.
Yo me he sentido orgulloso de ser así. Me gusta esa sensación de competencia: “yo puedo”. Y de verdad, a veces puedo. He resuelto problemas que parecían imposibles con pura creatividad, con paciencia, con esa maña nica de buscarle la vuelta. Y hay algo digno en eso: no quedarte tirado esperando que el mundo te haga el favor.
Pero aquí viene lo divergente: resolver también puede ser una trampa. Porque si siempre resolvés, la gente se acostumbra a que no necesitás nada. Y cuando por fin necesitás, nadie se da cuenta. O peor: te dicen “vos siempre podés”. Y esa frase, que suena como halago, a veces es una forma de abandono.
Además, el orgullo de resolver te puede volver adicto a la emergencia. Te acostumbrás a vivir apagando fuegos. A sentirte vivo solo cuando hay caos. A creer que descansar es perder el ritmo. Y ahí empezás a confundir valor con utilidad: valgo porque sirvo, porque soluciono, porque sostengo.
Y no, hombre. Valgo aunque no resuelva nada hoy.
Con los años he tenido que aprender un nuevo tipo de creatividad: la creatividad de no resolver de inmediato. La creatividad de poner límites. De decir “no puedo”, “no sé”, “ocupate vos”, “esto no me toca”. Porque a veces el problema no es la falta de soluciones, sino la falta de reparto. Uno no debería cargar siempre la caja solo.
También he aprendido a distinguir entre resolver por amor y resolver por miedo. Resolver por amor es cuidar, es colaborar, es sacar adelante algo juntos. Resolver por miedo es evitar conflicto, evitar rechazo, evitar que te vean vulnerable. Y ese resolver por miedo te deja cansado, resentido, medio seco.
Hoy sigo amando el espíritu de resolver. No lo quiero perder. Es parte de mi identidad, de mi historia, de lo que me enseñó la escasez. Pero quiero que sea un superpoder que yo elijo usar, no una obligación que me usa a mí.
Porque si algo me dejó claro la vida es esto: la creatividad nacida de la escasez es hermosa… pero no debería ser el plan permanente. Resolver está bien. Sobrevivir está bien. Lo que no está bien es que te acostumbres a sobrevivir tanto que se te olvide vivir.
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Análisis de la publicación
Resolver es una actitud nacida de la creatividad frente a la escasez, que impulsa a superar dificultades con ingenio y adaptabilidad. Sin embargo, esta habilidad puede volverse una carga invisible que obliga a sostener siempre el peso sin pedir ayuda. Reconocer cuándo detenerse y compartir responsabilidades es esencial para conservar la salud emocional y vivir plenamente.
En Nicaragua, la palabra "resolver" va más allá de reparar problemas; simboliza una actitud creativa y resiliente ante diferentes tipos de escasez, ya sea material, de tiempo o de apoyo. Esta capacidad permite afrontar situaciones con ingenio y colaboración, generando un orgullo profundo. No obstante, cuando resolver se convierte en una obligación constante, puede llevar al agotamiento, invisibilización de las propias necesidades y confusión entre el valor personal y la función utilitaria. Aprender a poner límites, delegar y diferenciar entre resolver por amor o por miedo es crucial para preservar el bienestar. Así, el arte de resolver debe ser un superpoder elegido, no una trampa permanente que impida vivir plenamente.
Fragmentos literales destacables
“Resolver por amor es cuidar, es colaborar, es sacar adelante algo juntos.”“Lo que no está bien es que te acostumbres a sobrevivir tanto que se te olvide vivir.” La capacidad de resolver emerge como una virtud esencial que refleja creatividad, ingenio y resiliencia ante las limitaciones presentes en diversos ámbitos de la vida. Este recurso es una respuesta activa y colaborativa que sostiene a quienes enfrentan escasez, facilitando soluciones temporales y una red de soporte social. Pero el uso constante e ininterrumpido de esta habilidad puede cargar con consecuencias emocionales y sociales inadvertidas. Es posible caer en el riesgo de asumir el papel de solucionador permanente, llegando a negar la expresión de vulnerabilidad y la necesaria reciprocidad de apoyo. Además, la constante activación para resolver situaciones de emergencia puede fomentar una dependencia emocional del conflicto o el caos como fuente de identidad y sentido de valía. El límite entre resolver por amor, que implica cuidado mutuo, y resolver por miedo, que evita el conflicto o la percepción de debilidad, es una distinción clave para el autocuidado. Este planteamiento conlleva el reconocimiento de que no siempre la ausencia de solución inmediata es negativa; a veces es un acto creativo estratégico para preservar energías y fomentar la corresponsabilidad social. De este modo, pasar de un rol de solucionador constante a uno de agente consciente puede generar un equilibrio más sostenible y humano, donde la valoración personal trasciende la mera utilidad. Esta tensión invita a reflexionar sobre la necesidad de construir espacios y dinámicas que permitan compartir las cargas y reconocer el derecho a buscar apoyo, facilitando que la creatividad nacida de la escasez no se convierta en una condena permanente.

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