Se fue la luz justo cuando iba por la mitad del arroz, y ahí me di cuenta de algo
No sé si esto le pasa a todo el mundo, pero a mí me pasa que la paciencia se me acaba con las vainas chiquitas. O sea, yo puedo bregar con cosas grandes, con un problema serio en la familia, con un susto, con lo que sea… pero que se vaya la luz en el momento exacto en que uno está resolviendo, eso me pone de mal humor de una.
El otro día llegué de la calle cansado, sudado, con hambre y con cero ganas de pensar. Dije: “Voy a hacer un arroz con habichuelas rapidito y ya”. Nada de inventar. Pongo la olla, echo el aceite, el ajo, y cuando el olor empieza a ponerse bueno… ¡paf! se apaga todo. Ventilador muerto, cocina muda, y yo ahí parado como un guachimán sin garita.
Lo primero que hice fue mirar el celular como si el celular tuviera la culpa. Después me asomé por la ventana a ver si era solo mi casa. Y nada, el edificio entero en tinieblas. Se oían puertas abriéndose, gente diciendo “¿y ahora?”, un niño llorando, y por ahí alguien soltó un “diache, pero qué es esto” que me dio hasta risa, porque era exactamente lo que yo estaba pensando.
Yo siempre digo que “uno se acostumbra”, pero la verdad es que uno no se acostumbra nada. Uno se resigna. Y resignarse no es lo mismo. Resignarse es como ponerse un yeso emocional: te aguanta, pero te pica por dentro.
Busqué una velita de esas que uno compra “por si acaso” y nunca usa. La prendí y me puse a mirar la olla. El arroz quedó a mitad de camino, como un proyecto personal: empezado con ánimo y abandonado por una realidad que no pregunta. Y ahí me entró una frustración boba. Hasta pensé: “¿Yo de verdad me voy a amargar la noche por esto?”
Entonces pasó algo que no esperaba: la doña del 3B tocó la puerta y dijo que si tenía fósforos, porque los de ella se mojaron. Le di, y nos quedamos hablando dos minutos en el pasillo, con esa luz anaranjada que pone a la gente más suave. Después bajé a botar basura (para matar el tiempo) y me topé con un vecino que casi nunca saluda, y ese día me soltó un “¿todo bien?” como si fuéramos panas de años. Hasta se armó un coro en el balcón: uno contando chistes malos, otra hablando de cuando era muchacha y se alumbraban con lámpara de kerosén, y un muchacho diciendo que él sin Wi-Fi “no existe”.
Yo no voy a romantizar el apagón, porque no tiene nada de bonito. Uno pierde comida, se incomoda, duerme mal, y al otro día anda jarto. Pero me di cuenta de algo medio sencillo: cuando todo funciona, cada quien está en su mundo, en su pantalla, en su prisa. Cuando algo falla, como que la vida te obliga a mirar al lado. No siempre sale bien, claro… a veces sale pleito. Pero esa noche salió conversación.
Al final, la luz volvió como una hora después. Terminé el arroz (un chin pegado, pero comible), me bañé con agua medio fría, y me acosté con una sensación rara: no de “qué bien”, sino de “bueno, se pudo”. Y tal vez eso sea mi resiliencia cotidiana: no la gran lección, ni el discurso bonito. Es simplemente seguir, con la vela prendida, aunque sea de mala gana, hasta que vuelva la luz.
Contexto editorial
Experiencia o testimonio personal
Relato basado en la experiencia, memoria o percepción de su autor. No permite extraer por sí solo conclusiones generales.
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Análisis de la publicación
Las interrupciones inesperadas en la rutina cotidiana, aunque irritantes, pueden ofrecer momentos breves de conexión humana y reflexión. En situaciones comunes como un apagón, se manifiestan tensiones emocionales frente a lo trivial y se abren espacios para fortalecer la convivencia y la resiliencia práctica a través de encuentros espontáneos con la comunidad local.
Una experiencia cotidiana de apagón eléctrico genera una frustración inmediata durante la preparación de una comida sencilla. La inesperada falta de luz, en un momento de cansancio y hambre, provoca mal humor y resignación. Sin embargo, la interrupción abre paso a interacciones casuales con vecinos, conversaciones y recuerdos compartidos a la luz de una vela. Se evidencia un contraste claro entre la rutina individual, dominada por la tecnología y la prisa, y la vida comunitaria que emerge al faltar esos estímulos habituales. La situación lleva a diferenciar resignarse, que implica un malestar interno persistente, de la resiliencia cotidiana: la capacidad de continuar a pesar de las dificultades sin idealizar la experiencia, simplemente aceptando y adaptándose de forma imperfecta hasta que la normalidad regresa.
Fragmentos literales destacables
“uno se acostumbra”, pero la verdad es que uno no se acostumbra nada. Uno se resigna. Y resignarse no es lo mismo.”“cuando todo funciona, cada quien está en su mundo, en su pantalla, en su prisa. Cuando algo falla, como que la vida te obliga a mirar al lado.”“tal vez eso sea mi resiliencia cotidiana: no la gran lección, ni el discurso bonito. Es simplemente seguir, con la vela prendida, aunque sea de mala gana, hasta que vuelva la luz.” Identificar la diferencia entre resignarse y adaptarse es clave para entender cómo se afrontan las pequeñas adversidades cotidianas. Resignarse implica aceptar una situación adversa con malestar interno sin superar la frustración, mientras que la resiliencia práctica consiste en continuar pese a las dificultades, con una aceptación imperfecta pero funcional. Esta distinción permite reconocer que no siempre es necesario alcanzar una actitud positiva plena; basta con manejar el malestar para seguir adelante.
Además, la interrupción abrupta en una rutina tecnológica suele fracturar el aislamiento habitual generado por las pantallas y la prisa. La falta de electricidad propicia un espacio de encuentro social espontáneo, que puede fortalecer los lazos vecinales y generar un sentido de comunidad muchas veces olvidado. Sin idealizaciones, este fenómeno señala la importancia de las pausas obligadas para replantear relaciones y prioridades.
La frustración que provocan los contratiempos triviales puede estar arraigada en cargas emocionales acumuladas. Reconocer esa tensión sugiere que pequeñas molestias revelan estados emocionales más profundos, lo cual abre la puerta para atender el bienestar emocional cotidiano desde una perspectiva más compasiva y realista.
Una pregunta que surge es cómo aprovechar esas interrupciones para fomentar vínculos significativos sin idealizar la situación, entendiendo que no siempre será una experiencia positiva y que también puede generar conflictos. Esto implica un desafío en la convivencia para equilibrar la frustración personal y colectiva con la oportunidad de conexión y resiliencia compartida.

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