Se rompen a propósito
No sé ni cómo decir esto sin que suene a que ando de quejumbroso, pero neta ya estoy cansado de que todo se rompa tan rápido. No hablo de cosas viejas, de esas que uno dice “pues ya aguantó un buen”. Hablo de cosas nuevas, recién compradas, que según muy bonitas, según “último modelo”, y ¡pum!, al rato ya fallan. Y uno ahí, con la cara de menso, pensando si fue culpa de uno, si lo trató mal, si lo cargó de más, si lo usó “como no era”.
Pero a veces siento, bien dentro, que esto está hecho así. Como que las cosas vienen con fecha de caducidad, como la leche, pero sin avisarte. Y eso me pega más de lo que debería, porque no es nomás el aparato. Es la lana, es el tiempo, es el coraje, es esa sensación de que uno se esfuerza y el mundo nomás te va quitando de a poquito.
A mí me pasa con el celular. Me costó juntarlo, de verdad. No fue de “ah, lo compro y ya”. No. Yo fui guardando lo que se podía. Un día no compré refresco, otro día me aguanté las ganas de unas papas, otro día dije “luego me compro tenis”. Y cuando por fin lo tuve, yo me sentía como… no sé, como que había logrado algo. Como si mi vida sí pudiera avanzar tantito.
Y al año, ya la batería se iba como agua. De la nada. Yo lo cargaba y lo cuidaba, no lo tiraba, no lo mojaba. Y aun así, empezaron esos detallitos: que si se traba, que si se pone lento, que si una aplicación ya no abre, que si “actualiza” y peor se pone. Y luego te dicen: “es que ya es viejo”. ¿Viejo? ¿Un año es viejo? Yo tengo una playera de hace diez años y todavía sirve. Mi mamá tiene una olla que quién sabe cuántos años tiene y sigue aguantando. Entonces, ¿por qué un teléfono ya “murió” tan rápido?
Me da la impresión de que las cosas ya no vienen hechas con cariño. Antes yo veía a mi papá arreglar cosas. Se metía bajo el fregadero y ahí andaba con herramientas. Un ventilador que chillaba, lo abría. Una silla coja, la reforzaba. Como que él hablaba con las cosas, ¿sabes? No con palabras, pero con paciencia. Y las cosas, como que le respondían y seguían jalando.
Ahora no. Ahora todo viene sellado, todo viene con tornillos raros, todo es “no lo abras porque pierdes garantía”. Y la garantía, pues ya sabemos: te dan vueltas, te piden papeles, te hacen sentir que les estás pidiendo un favor. Te cansas. Y terminas comprando otra cosa. Y ahí está el truco: te cansan para que sueltes otra vez lana.
Y lo peor es que uno se siente chiquito. Como que no tiene control. Como si la vida fuera así: una fila de compras, de deudas, de reemplazar, de tirar. Y yo no quiero vivir nomás tirando. A mí me duele tirar cosas. Me duele por lo que costó, por lo que significó, por el esfuerzo que hay detrás. Y también me duele por la basura, por el montón que se hace. A veces paso por lugares donde hay electrónicos tirados, teles, teclados, cables, y me da una cosa en el pecho. Como si todo eso fuera una parte de nosotros que nadie quiso cuidar.
Yo sé que suena exagerado, pero a mí me mueve algo adentro. Porque cuando una cosa se rompe, también se rompe un poquito la esperanza de que “si le echas ganas, sales”. Como que te dicen: “échale ganas” y tú le echas, y luego te cambian las reglas. Como si el juego estuviera arreglado.
Y ahí es donde me entran pensamientos raros, de esos que uno no platica en la mesa. Yo me pregunto si esto también nos lo hacen a nosotros. Así como a las cosas les ponen una vida corta, ¿no será que a la gente también la quieren con vida corta de ánimo? Que no dure la ilusión, que no dure el gusto, que todo sea rápido y desechable. Como relaciones desechables, amistades desechables, trabajos desechables. Y tú, tratando de sostenerte con las uñas.
A veces, cuando estoy solo, me dan ganas de pedirle perdón a mi yo de antes. Al que se emocionaba con comprarse algo, al que creía que por fin iba a estar tranquilo. Porque no era su culpa. No era mi culpa. Nomás que nadie te dice esto. Nadie te enseña a sospechar de lo “nuevo”. Nadie te enseña a mirar un aparato y preguntarte: “¿esto viene para durar o viene para que lo reemplaces pronto?”
Y aun así, también me nace algo bonito en medio del coraje. Como que me dan ganas de resistir, pero a mi manera, sin discursos. Resistir cuidando. Resistir arreglando lo que se pueda. Resistir preguntando al técnico, al vecino, al que sabe. Resistir no comprando por comprar. Resistir diciéndome: “no estás loco por sentirte así”.
Porque al final, yo creo que lo que uno busca es paz. Una paz sencilla. Que las cosas funcionen tantito. Que el dinero alcance un poco. Que lo que te compras no te traicione. Y si no se puede, al menos sentir que no estoy solo pensando esto, que hay más gente que también siente este cansancio, esta tristeza rara que da cuando algo se rompe “porque sí”.
Hoy, nada más quería soltarlo. Como dejarlo aquí, en el aire. A ver si así se me afloja el nudo. A ver si el coraje se vuelve un poquito más ligero. Y si alguien lo lee y dice “a mí también me pasa”, pues con eso… con eso ya no se siente tan pesado.
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Análisis de la publicación
La frustración frente a productos nuevos que se dañan rápido refleja una experiencia común en la sociedad actual. Este fenómeno impacta no solo la economía personal sino también el ánimo y la percepción de estabilidad, al sentir que las cosas están diseñadas para fallar pronto y obligan a un ciclo constante de compra y descarte.
El texto narra la sensación de desánimo al enfrentar la rápida obsolescencia de dispositivos recién adquiridos, como teléfonos celulares, que, pese al cuidado y esfuerzo para obtenerlos, empiezan a fallar en poco tiempo. Contrasta esta realidad con la durabilidad de objetos antiguos y la cultura de reparación que existía antes. Expresa la frustración ante garantías limitadas y productos cada vez más difíciles de arreglar, lo que impulsa un consumo acelerado y un ciclo de descarte. Además, reflexiona sobre cómo esta situación puede afectar la esperanza y la energía vital, extendiendo la metáfora de lo desechable a las relaciones y el ánimo humano, generando un sentimiento colectivo de cansancio y desencanto.
Fragmentos literales destacables
“las cosas vienen con fecha de caducidad, como la leche, pero sin avisarte.”“Me da la impresión de que las cosas ya no vienen hechas con cariño.” La obsolescencia rápida de productos genera una experiencia emocional que trasciende la pérdida monetaria al erosionar la confianza en la durabilidad y el valor de lo adquirido. El desgaste material se refleja en un desgaste anímico, alimentando una sensación de impotencia y desánimo ante un sistema que promueve el consumo constante y dificulta la reparación. El contraste con épocas anteriores, donde reparar objetos era habitual y se valoraba la duración, evidencia una transformación cultural que limita la autonomía y la capacidad de cuidado.
Esta situación impulsa un cuestionamiento sobre la relación entre la cultura del consumo acelerado y la vitalidad humana, sugiriendo que las estructuras sociales podrían estar configuradas para favorecer la fugacidad no solo de los objetos, sino también de la energía y la esperanza individual. La metáfora se extiende más allá de lo material, implicando también las dinámicas sociales y emocionales.
Resulta fundamental distinguir entre la responsabilidad individual y las limitaciones impuestas por sistemas que dificultan la resistencia al consumismo. Reforzar prácticas colectivas y políticas que promuevan la durabilidad, la reparación y la sustentabilidad representa un desafío crucial para transformar este modelo. Preguntarse cómo hacer que la resistencia no sea solo un acto aislado, sino una norma compartida, abre una vía para reconectar el bienestar económico, ambiental y psicológico.
Esta reflexión invita a valorar el cuidado como acto político y de sentido, reconociendo que la búsqueda de una ‘‘paz sencilla’’ implica enfrentar contradicciones profundas y construir alternativas que trasciendan el mero ahorro o la reparación individual, propiciando comunidades y sistemas que sostengan relaciones más duraderas con lo que nos rodea.
Pensamiento colectivo
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