Ser espontáneos bajo evaluación
El viernes a las cuatro y media nos pidieron bajar al auditorio con “buena energía”. Esa aclaración ya decía bastante: si hubiera sido una reunión de verdad, alcanzaba con convocarnos; si hacía falta llevar energía, era porque alguien iba a mirar cuánta traíamos. En la entrada repartían stickers con frases impresas: “Contá conmigo”, “Actitud que suma”, “Siempre equipo”. Una chica de Recursos Humanos, que no tenía la culpa de haber heredado ese entusiasmo armado, nos señalaba una mesa con gaseosas tibias y porciones de pizza cortadas en cuadrados chiquitos.
Yo laburo en administración, tercer piso, donde las cosas importantes casi nunca se anuncian como importantes. Llegan en un mail con asunto amable, se convierten en procedimiento y, cuando querés discutirlas, ya tienen fecha de implementación. Ese día presentaron el programa de reconocimiento entre pares. La idea, dijeron, era visibilizar los comportamientos positivos que ya existían en la empresa. Nadie iba a evaluar a nadie, insistieron. No era un ranking. No era control. No era competencia. Después mostraron una pantalla donde cada persona podía otorgar puntos a compañeros por colaboración, flexibilidad, compromiso y espíritu cultural. Los puntos se acumularían en un tablero interno. Habría menciones mensuales, beneficios menores y “consideración cualitativa” en futuras conversaciones de desempeño.
En el auditorio hubo aplausos prolijos. Aplausos de oficina: nadie empieza con ganas, nadie termina último. La semana siguiente me tocó ayudar a cargar la base inicial. Mi parte era simple: consolidar áreas, legajos, jefaturas, días de ingreso, permisos de visualización. Una tarea administrativa, de esas que parecen neutras porque no opinan en voz alta.
Mientras armaba la planilla, vi cómo se traducía la espontaneidad a columnas. “Reconocimientos recibidos”. “Reconocimientos emitidos”. “Tipo de conducta”. “Impacto percibido”. También había un casillero para comentarios breves, máximo ciento veinte caracteres, porque hasta la gratitud debía entrar sin desbordar. Al principio me pareció una pavada manejable. Si alguien quiere agradecerle a otro por darle una mano, mejor eso que nada. En un lugar donde muchas tareas desaparecen apenas se hacen bien, registrar un gesto puede ser justo. El problema apareció en el segundo mes, cuando los números empezaron a dibujar una moral bastante conocida.
Sumaban más quienes contestaban rápido fuera de horario, quienes aceptaban cubrir almuerzos, quienes se quedaban en las reuniones con la cámara prendida aunque no tuvieran nada para decir. Sumaban quienes escribían mensajes del estilo “¡vamos por más!” en los canales internos. Sumaban, sobre todo, quienes ya sabían moverse en el idioma no escrito de la oficina: nombrar al jefe sin adular demasiado, reírse un poco más fuerte en el momento correcto, ofrecer ayuda cuando había testigos, hacer circular entusiasmo en dosis visibles.
Los que trabajaban bien pero no actuaban disponibilidad quedaban raros en la foto. Una compañera del sector pagos, que no falla casi nunca y se va a las cinco porque cuida a su viejo, aparecía con pocos puntos. Un pibe de sistemas que resuelve incendios sin pasar por el grupo general figuraba abajo de todo. Otro, que vive lejos y corre para no perder el tren, dejó de ir a los afters; no bajó su rendimiento, pero bajó su “presencia cultural”.
Nadie lo sancionó. Esa es la elegancia del asunto: no hace falta castigar cuando alcanza con no mencionar. La empresa decía que quería personas auténticas. En la práctica, premiaba una autenticidad con formato, una manera de ser suelta pero legible, alegre pero productiva, generosa pero medible. No pedía obediencia, pedía señales. Y las señales, una vez que cuentan, dejan de ser señales: pasan a ser moneda. Yo también aprendí rápido. Mandé algunos reconocimientos estratégicos. Agradecí en público cosas que antes hubiera agradecido por privado. Puse caritas en mensajes que no necesitaban caritas. Me escuché diciendo “genial” con una voz que no uso en ningún otro lado. No fue un derrumbe moral; fue peor, fue una adaptación razonable. Nadie me obligaba. Nadie me amenazaba. Solo estaba leyendo el clima, igual que se lee si conviene llevar campera antes de salir. Y ahí se pone difícil distinguir inteligencia social de renuncia chica. Hay normas que siempre existieron y sería ingenuo negarlo. En cualquier trabajo se evalúa más que la tarea: cómo hablás, cuánto molestás, si transmitís confianza, si sos alguien con quien otros pueden pasar ocho horas sin volverse locos. El punto no es fingir que somos máquinas. El punto es qué pasa cuando esas normas dejan de ser una intuición discutible y se vuelven tablero, premio, historial. Lo informal tenía algo injusto, sí, pero también conservaba una cuota de vergüenza. El jefe que prefería al simpático podía negarlo con cara de póker. Ahora la preferencia viene con diseño gráfico y capacitación. Un martes, cerrando el reporte mensual, vi una pestaña nueva: “Personas con baja interacción”. No decía personas calladas, cansadas, ocupadas, recién llegadas, con miedo a quedar chupamedias, con otra vida al salir. Decía baja interacción, que suena técnico y por eso mismo parece inocente. Mi tarea era enviar el archivo antes de las seis. Lo mandé. Después bajé por la escalera porque el ascensor tardaba y porque no quería cruzarme con el espejo grande del hall, ese que siempre te agarra con la credencial colgando y cara de estar cumpliendo. En la calle, una pareja discutía frente a la parada del colectivo y un vendedor ambulante ofrecía medias con una paciencia más profesional que la de muchos gerentes. Pensé en la cantidad de actuaciones que hacemos para sobrevivir sin llamarlas actuación. Saludar cuando no hay ganas, agradecer favores que deberían ser derechos, sonreír para no parecer conflictivo, participar para no quedar marcado. Lo nuevo no es que nos pidan actuar; lo nuevo es que nos feliciten por ser nosotros mismos cuando el guion sale parejo.
Ese día la cultura dejó de flotar y pidió número de legajo.
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Análisis de la publicación
La espontaneidad en el trabajo puede convertirse en un acto calculado cuando el reconocimiento se transforma en un sistema formalizado y visible. Un programa de evaluación entre pares que busca destacar comportamientos positivos termina por premiar la actuación medible más que la autenticidad genuina, generando tensiones sobre cómo ser uno mismo en el entorno laboral.
En una empresa, se implementó un programa de reconocimiento entre pares con el objetivo de visibilizar comportamientos positivos existentes sin contestar evaluaciones formales ni crear competencia. Cada empleado podía otorgar puntos a compañeros por colaboración, flexibilidad, compromiso y espíritu cultural, que se acumulaban y daban lugar a menciones mensuales y beneficios. Sin embargo, con el tiempo, la dinámica de otorgar puntos reflejó patrones de visibilidad más que de mérito intrínseco, premiando a quienes mostraban mayor presencia o cumplían con el lenguaje no oficial de la oficina, dejando en desventaja a quienes trabajaban bien pero permanecían discretos. De a poco, la espontaneidad y la autenticidad se volvieron formatos evaluables, y la cultura se transformó en un sistema de medición que condicionó el modo en que las personas expresaban su actitud en el trabajo.
Fragmentos literales destacables
“La empresa decía que quería personas auténticas. En la práctica, premiaba una autenticidad con formato, una manera de ser suelta pero legible, alegre pero productiva, generosa pero medible.”“Lo nuevo no es que nos pidan actuar; lo nuevo es que nos feliciten por ser nosotros mismos cuando el guion sale parejo.” La formalización de la cultura cotidiana en ambientes laborales revela cómo el deseo de autenticidad choca muchas veces con estructuras que transforman esa autenticidad en un patrón cuantificable y visible. Lo que empieza como un reconocimiento voluntario de gestos positivos puede devenir en un sistema que favorece la actuación previsible y visible por sobre méritos auténticos menos evidentes. Esta tensión deja en evidencia que la espontaneidad, tan valorada en principio, se vuelve restrictiva al encajar en formatos prefijados para ser reconocida. También surgen implicaciones éticas: cuando las normas sociales informales pasan a sistemas de evaluación formales, aquello que antes se negociaba con discrecionalidad y cierto pudor se convierte en moneda de cambio, a menudo desplazando el mérito no performativo.
Este fenómeno suscita preguntas sobre la diferencia entre inteligencia social y adaptación resignada. La adaptación a normas invisibles no es necesariamente una pérdida de individualidad, pero su institucionalización puede conducir a la uniformidad y a la exclusión sutil de quienes no encajan en el guion oficial. La implementación de reconocimientos sistemáticos puede reducir la riqueza de los vínculos laborales a un conjunto de indicadores, lo que cuestiona si medir comportamientos sociales fortalece o empobrece la cultura organizacional.
Una distinción útil para entender esta dinámica es diferenciar entre "ser auténtico" y "ser auténtico en clave estratégica". En contextos laborales con evaluación visible, la autenticidad se negocia, se convierte en un rol que demanda cierto guion para ser validado. Esto no implica necesariamente un engaño, sino una tensión entre la expresión genuina y la expresión aceptada socialmente. Reconocer este límite ayuda a comprender las complejidades del comportamiento humano en el trabajo, sin caer en simplificaciones morales sobre fingir o no fingir.
Pensamiento colectivo
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