Vivir en cualquier parte, pertenecer a ninguna
Me lo dijeron como si fuera una buena noticia.
«Oye, tú puedes trabajar desde donde quieras, ¿verdad? Qué libertad tan chida.»
Sí. Qué libertad.
Llevo tres años trabajando con la laptop desde distintos lugares. Empezó en la pandemia, cuando de repente todos tuvimos que quedarnos en casa y el home office dejó de ser privilegio de pocos para volverse la norma de muchos. Después la pandemia se fue, más o menos, y yo seguí. Me gustó. O al menos eso creí.
Primero me fui a Oaxaca un mes. Luego a Mérida. Luego a Ciudad de México, que es donde vivo pero que de repente se me antojó verla como turista. Trabajé desde cafeterías, desde cuartos de Airbnb, desde el comedor de un amigo que me prestó un rincón. Subía fotos bonitas. La gente le daba like.
Nadie veía lo otro.
Lo otro es esto: que a los dos meses de estar en un lugar que no es el tuyo, empieza una soledad muy particular. No la soledad de estar solo en un cuarto —esa la conocía y tengo cierta paz con ella. Sino la soledad de estar rodeado de gente con quien no tienes historia. Gente que no sabe cómo te llamas de verdad, que no recuerda la versión de ti de hace diez años, que no va a estar ahí si te enfermas un martes.
Esa soledad no sale en las fotos de Instagram.
La promesa del trabajo remoto, del nomadismo digital, del «vivir donde quieras» es una promesa de libertad. Y en parte lo es, no lo niego. Hay algo genuinamente hermoso en poder levantarte una mañana y decidir que ese mes vas a trabajar frente al mar. Eso existe y es real y lo agradezco.
Pero hay algo que esa promesa no te cuenta: que la libertad de movimiento puede convertirse, muy fácilmente, en una incapacidad de quedarte.
Porque quedarte implica cosas que dan miedo. Implica comprometerte con un lugar, con sus inviernos y sus temporadas feas, con sus vecinos ruidosos y sus calles rotas. Implica conocer al señor de la tienda de la esquina lo suficiente como para que te pregunte por tu mamá. Implica que la gente sepa cuándo estás triste sin que tengas que publicarlo.
Eso ya no sé si lo tengo.
Me pregunto cuántos somos los que usamos la «libertad de vivir donde quieras» como una forma sofisticada de no comprometernos con nada. No con un lugar, no con una comunidad, no con nosotros mismos vistos desde afuera por alguien que nos conoce de verdad.
El filósofo Byung-Chul Han —un tipo coreano que vive en Berlín y escribe cosas que duelen— habla de cómo la sociedad de hoy nos vende la positividad y la libertad como valores absolutos, pero en el fondo nos deja más solos y más vacíos. No lo cito exactamente, pero la idea me persigue: que a veces lo que llamamos libertad es nomás la ausencia de vínculos que nos pesen.
Yo le añadiría: y los vínculos que pesan son los que también sostienen.
Un lugar al que perteneces te exige. Te exige que estés cuando llueve y cuando hay quórum en la reunión de vecinos y cuando tu amigo del barrio necesita que alguien lo ayude a cargar un mueble. Esas cosas no son glamorosas. No tienen hashtag. Pero son las que te hacen real para alguien más.
Hoy trabajo desde mi departamento en Guadalajara. Llevo cuatro meses sin moverme y hay días en que me entra una comezón rara, como si debiera estar en otro lado, como si estar aquí fuera desperdiciar algo.
Luego salgo a la calle y el señor de la papelería me dice «qué gusto, ya tenía rato sin verlo.»
Y eso, eso tan simple, me pesa más que cualquier foto desde Oaxaca.
Creo que la verdadera libertad no es poder irte. Es poder quedarte sin sentir que te estás perdiendo de algo. Y esa, todavía, la estoy aprendiendo.
Fragmentos destacados por el autor
“Lo otro es esto: que a los dos meses de estar en un lugar que no es el tuyo, empieza una soledad muy particular. No la soledad de estar solo en un cuarto —esa la conocía y tengo cierta paz con ella.”
“Creo que la verdadera libertad no es poder irte. Es poder quedarte sin sentir que te estás perdiendo de algo. Y esa, todavía, la estoy aprendiendo.”
“La promesa del trabajo remoto, del nomadismo digital, del «vivir donde quieras» es una promesa de libertad. Y en parte lo es, no lo niego. Hay algo genuinamente hermoso en poder levantarte una mañana y decidir que ese mes vas a trabajar frente al mar.”
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Análisis de la publicación
Trabajar desde cualquier lugar es un privilegio que la pandemia popularizó, pero la movilidad constante puede provocar un tipo de soledad profunda. La libertad de no estar atado a un lugar puede acabar siendo una incapacidad de arraigarse, perder la riqueza de las relaciones y compromisos que hacen de un sitio un hogar. Pertenecer significa estar presente en lo cotidiano, en lo poco visible que sostiene la vida en comunidad.
El texto narra la experiencia personal de trabajar de forma remota desde diferentes ciudades tras la pandemia, destacando la atractiva idea de libertad de movilidad. Sin embargo, explora la sensación de soledad que surge al estar rodeado de personas desconocidas y la ausencia de vínculos profundos. Señala que la promesa del nomadismo digital oculta el desafío de no poder establecer compromisos con un lugar y sus comunidades, lo cual implica compartir tanto momentos agradables como dificultades. Se menciona la reflexión del filósofo Byung-Chul Han sobre cómo la sociedad contemporánea valora la libertad superficial que termina aislando. Finalmente, se reconoce que la verdadera libertad reside en quedarse y pertenecer, en tener relaciones significativas que no dependen de la constante movilidad.
Fragmentos literales destacables
“la libertad de movimiento puede convertirse, muy fácilmente, en una incapacidad de quedarte.”“los vínculos que pesan son los que también sostienen.”“la verdadera libertad no es poder irte. Es poder quedarte sin sentir que te estás perdiendo de algo.” La movilidad extendida no es solo una cuestión de cambiar de escenario sino de transformar las formas de relación con los lugares y personas que nos rodean. La narrativa revela un efecto poco explorado del nomadismo digital: la soledad que surge no por estar físicamente solo, sino por la falta de historia compartida y vínculos profundos. Este tipo de soledad puede erosionar el sentido de pertenencia y provocar un sentimiento de vacío invisible en las redes sociales.
Además, esta libertad aparente puede ocultar un miedo a los compromisos verdaderos, esos que exigen estar presente no solo en los momentos agradables sino en los áridos o difíciles. Así, la movilidad ilimitada podría ser una manera sofisticada de evitar esas demandas.
El texto también invita a reconsiderar la idea de libertad en una sociedad que la asocia erróneamente con la ausencia de ataduras. En cambio, sostiene que los vínculos y responsabilidades que a veces resultan pesados son precisamente los que sostienen la identidad y el sentido de pertenencia.
Como aporte editorial, cabe señalar que este planteamiento sugiere un desafío práctico para las sociedades contemporáneas y a quienes trabajan remoto: ¿cómo construir comunidad y arraigo sin renunciar a la movilidad? La respuesta podría estar en cultivar vínculos auténticos aún en entornos cambiantes, una tarea que requiere voluntad y no solo oportunidades logísticas.
Pensamiento colectivo
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