¿Y si lo que se pierde no se pierde?
No sé cómo explicarlo sin que suene a excusa, pero igual lo voy a soltar aquí, al aire, porque me pesa guardármelo: en mi casa las cosas desaparecen. Así, de la nada. Y después vuelven. No es que yo sea un desastre (bueno, un poquito sí), es otra vara… es como si el mundo jugara conmigo a las escondidas cuando ya vengo saturada.
Yo soy neurodivergente, y mi cabeza a veces funciona como un mercado un sábado: demasiados sonidos, demasiadas señales, demasiada gente hablándome al mismo tiempo. Solo que la gente vive adentro. Entonces agarro las llaves y sé que las puse en la mesa. Me acuerdo del golpe, del sonido del metal, del “ya, listo”. Y a la hora… nada. Mesa limpia. Silencio. Me empieza ese calorcito en el pecho, mae, el de “otra vez no, por favor”.
Y ahí me acuerdo de algo viejo, de esos cuentos que uno escucha por ahí: duendes. Gente chiquitita, traviesa, que se lleva las cosas. Yo no lo digo como “esto es real y punto”, no. Lo digo como un mito que me queda cómodo, como una cobijita. Porque si yo digo “se me perdió porque mi cabeza es un colador”, me siento mal, me siento defectuosa, me entra culpa. Pero si digo “un duende me la escondió”, mi cuerpo afloja un toque. Me río. Y el mundo deja de ser juez y se vuelve juego.
A veces hasta negocio con ese “duende” imaginario, como si fuera una parte mía con disfraz. “Mae, devolveme el cargador, en serio lo ocupo.” Y me quedo quieta. Respiro. Bajo el volumen. Empiezo a buscar sin violencia, sin insultarme. Y es rarísimo, porque muchas veces aparece en un lugar imposible: adentro de una bolsa que ya revisé tres veces, debajo de un cuaderno que juraría que moví. Como si el objeto hubiera esperado a que yo me calmara para volver.
Entonces pienso que tal vez el mito no habla de duendes. Habla de atención. Habla de esa parte de mí que se esconde cuando la presión me aprieta. Como si yo misma me estuviera diciendo: “mae, no podés seguir a lo bruto. No podés vivir a puro ‘apúrese’.” Y el objeto perdido es la señal. Un alto. Una pausa obligada, aunque sea chiquitita.
Y sí, claro, hay días en que me agüeva. Porque la gente normal (según la gente normal) pierde algo y ya. Yo lo pierdo y se me va media energía del día, porque se me activa la alarma interna, la de “todo está fuera de control”. Ahí es donde el mito me salva un poquito: me da una historia más suave para contarme.
No sé si esto le sirve a alguien. Pero lo escribo por si vos también vivís con el mundo demasiado cerca, con la mente corriendo y los objetos haciéndote bromas. Capaz no son duendes. Capaz es tu sistema nervioso pidiendo tregua.
Igual… a mí me gusta pensar que hay una especie de magia doméstica, una travesura antigua, un recordatorio: lo importante no es encontrar la cosa. Lo importante es encontrarte vos, primero. Y ya después, diay, aparecen las llaves. Como si nada.
Contexto editorial
Experiencia o testimonio personal
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Análisis de la publicación
Perder objetos puede ser más que un despiste: en la neurodivergencia, esas pérdidas a menudo reflejan una señal interna de saturación que invita a hacer una pausa. Una historia imaginativa, como la de duendes traviesos, ofrece un recurso para aliviar la ansiedad y fomentar la autocompasión, transformando la dificultad cotidiana en un momento de encuentro consigo mismo.
La narración describe cómo una persona neurodivergente experimenta la desaparición y reaparición de objetos en su hogar, un fenómeno que genera ansiedad y fatiga mental debido a la sobreestimulación y dificultad para concentrarse. Para manejar este estrés, utiliza la metáfora de duendes que esconden las cosas, una forma simbólica de suavizar la autocrítica y la culpa. Esta historia funciona como un recordatorio para reducir la velocidad, hacer una pausa y reencontrarse con uno mismo antes de recuperar lo perdido, interpretando la pérdida no sólo como un hecho externo sino como una señal interna que llama a cuidar la salud mental.
Fragmentos literales destacables
“el objeto perdido es la señal. Un alto. Una pausa obligada, aunque sea chiquitita.”“lo importante no es encontrar la cosa. Lo importante es encontrarte vos, primero.” Perder objetos puede reflejar una respuesta profunda del sistema nervioso ante la saturación y el estrés, especialmente en personas con neurodivergencia. Cuando el ritmo mental se acelera y las señales son muchas, la atención dispersa hace que olvidar aparezca como un síntoma. Interpretar esta situación como si un duende escondiera las cosas suaviza la experiencia, aliviando la autocrítica y quejas internas que incrementan la tensión emocional.
Este recurso simbólico procede de la resignificación: transforma un marcador de frustración en una invitación amable a la pausa introspectiva, permitiendo bajar el ritmo y recuperar el control interno. Además, establece un diálogo compasivo con uno mismo, donde la culpa cede paso a la aceptación y el cuidado personal. El mito funciona entonces como puente entre una comprensión cultural y una necesidad neuropsicológica de alivio.
La señal que se interpreta en la pérdida no siempre es la desaparición en sí misma, sino una alerta para tener consideración con las propias capacidades y límites. Esto plantea un planteamiento práctico: en vez de luchar contra las dificultades de atención, acogerse a ellas como momentos que exigen tregua mental. Este enfoque puede tener relevancia universal, pues en contextos de alta demanda emocional o estrés, perdemos atención y bienestar por igual.
Cuestionar que perder o distraerse sea exclusivamente una falla permite mayor amabilidad hacia uno mismo. Lo que se pierde, a veces, no se pierde: se convierte en un recordatorio de que hay que encontrarse primero para luego recuperar el resto con mayor calma y lucidez. Este cambio de mirada propone manejar la ansiedad cotidiana con autocompasión y creatividad.
Pensamiento colectivo
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