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AGOBIO

 

AGOBIO

Luz de mi vida

El profesor Piú era, sin duda, una de las arterias vibrantes de la Facultad. Cuando entró al salón para dictar la primera clase a los nuevos estudiantes, no lo hizo con la solemnidad acartonada de los viejos académicos de la universidad. Entró casi corriendo, dejando la puerta abierta de par en par, con una chaqueta de pana marrón que le quedaba holgada y una carpeta de manila que arrojó sobre el escritorio con displicencia.
No era un hombre guapo en el sentido clásico, pero poseía ese atractivo magnético del criollo despierto: de piel tostada, cabello oscuro un tanto rebelde y una mirada afilada que parecía evaluar todo a su alrededor en fracciones de segundo. Su juventud —no debía llegar a los treinta— operaba a su favor; borraba la distancia jerárquica con los alumnos, aunque él se encargaba de restituirla de inmediato con una seguridad intelectual que rozaba la arrogancia.
Se apoyó contra el borde del escritorio, cruzó los brazos y recorrió el aula con una sonrisa desenfadada, deteniéndose un instante de más en las filas de adelante, donde Lisboa y Claudia, expectantes y con los cuadernos abiertos, aguardaban como quien espera el primer pistoletazo para tomar apuntes.
Buenos días, dijo, y su voz, limpia y segura, llenó el salón sin necesidad de esforzarse. Mi nombre es Hermes Piú. Soy antropólogo, lo que significa que, a diferencia de algunos colegas que prefieren teorizar sobre el mundo desde la comodidad de una biblioteca con aire acondicionado, a mí me gusta ensuciarme los zapatos.
Lisboa y Claudia se miraron fascinadas, buscando auxilio al desconcierto en el rostro de la otra.
Para mí, la verdad de la condición humana se busca en la calle, en el barrio, en la comunidad. En el campo. Así que espero de ustedes un compromiso con el Conocimiento —con C mayúscula—, y que el mismo sea, a partir de ahora, fuente de éxitos y alegría en sus vidas.
Esperó uno segundos que surgiera una voz convencional, pero el silencio en el aula era sepulcral.
Les mentiría si les dijera que es fácil —escribió toda la palabra en mayúsculas en la pizarra—, porque el CONOCIMIENTO se esconde detrás de la apariencia del fenómeno y casi siempre el principal obstáculo para atraparlo somos nosotros mismos, con nuestras actitudes, por la flojera de pensar en lo complejo o por ideas preconcebidas o anticuadas que no tienen cabida en la ciencia.
Un murmullo contenido se regó por el salón, que Piú percibió de inmediato.
No se sorprendan, les remarcó. Esto es un problema antiguo sobre la condición humana, ya tratado por los griegos quinientos o seiscientos años antes de nuestra era y sigue siendo vigente: conocerse a sí mismo para entender lo demás.
Un leve murmullo comenzó a escucharse en el ambiente.
Los griegos —y les advierto que de ahí viene mi nombre— lo resumieron en un aforismo grabado en piedra a la entrada del Templo de Apolo, que debía leerse antes de traspasar la puerta: «Conócete a ti mismo». Ustedes seguramente han escuchado la célebre frase atribuida al filósofo Sócrates: «Sólo sé que no sé nada». Pues bien, esta es la humildad que espero de ustedes para entrar en el mundo de la ciencia y el conocimiento al que aspiran.
Piú hizo una pausa larga esperando infructuosamente alguna reacción de los noveles estudiantes, pero de nuevo un silencio religioso retumbaba entre las cuatro paredes del aula.
En fin, bachilleres, tomen en cuenta esto: uno es lo que cree ser, lo que los demás creen que uno es, y lo que creemos que los demás creen de uno. «I am not what I think I am and I am not what you think I am; I am what I think you think I am». Una frase original, entre poética y psicológica, de Charles Cooley, que deberán profundizar y que me he tomado la libertad de presentar en su idioma original, por si alguno en el fondo del salón cree que puede traducirla mejor —remató con una sonrisa petulante—. ¿Alguien entre ustedes pensaría lo contrario?
Sin recibir reacción alguna, continuó:
En todo caso, lo que deseo transmitirles en síntesis es que han escogido una carrera de fronteras difusas que se adentran en otros campos, porque las sociedades humanas y sus modos de organización son el producto más complejo y peligroso que ha creado el Universo. Abran sus mentes, observen, véanse a sí mismos y duden de todo.
Claudia y Lisboa, que apenas se habían conocido minutos antes de entrar al aula, de nuevo se voltearon a mirarse desconcertadas.
Como buen existencialista, creo firmemente que el hombre no es más que lo que él mismo hace de sí. Ustedes, jóvenes, están aquí sentados creyendo que la universidad les va a dar una identidad, pero la realidad es que el aula es un cascarón vacío —elevando la sorpresa entre los estudiantes a niveles extremos—. La sociología y la antropología se sufren y se viven allá afuera. Así que les advierto: en mi cátedra vamos a salir al terreno. Vamos a experimentar, a mirar la realidad de frente, aunque nos incomode.
El salón, sin saber a qué atenerse, permanecía en un silencio absoluto, hipnotizado por la soltura de aquel hombre que hablaba de la ciencia social como si fuera una aventura clandestina. Lisboa sintió una mezcla de fascinación y alarma: el discurso de Piú desafiaba cada norma de orden y obediencia que su padre le había inculcado. Se quedó perpleja. Sin saber por qué, aquella frase le había atravesado el cuerpo como un aire gélido de otras geografías antes de instalarse en su mente. ¿Se debía al tono magistral del profesor, al fondo de lo planteado, a su desparpajo o a la insignificancia que experimentó bajo la breve mirada que él le dedicó? Atractiva como se sabía, estaba acostumbrada a que los hombres la miraran con más interés. Espantando la divagación, se apresuró a rescatar las palabras en su cuaderno de notas, atrapando tanto como pudo recordar. Después, el resto de aquella primera clase en la universidad perdió peso, desplomándose como un fardo de conchas de arroz.
En el refugio de sus pensamientos, la mente de Lisboa volvió a las primeras horas de ese día, buscando el hilo de orden que la había traído hasta allí. Esa mañana, la primera que tendría que recibir clases en la universidad, al levantarse, lo primero que Lisboa vio fue su imagen en el espejo. No se reconoció de inmediato, como si algo hubiese cambiado en ella o en el cristal durante la noche; pero solo era cuestión de arreglarse y volvería a ser la misma, se dijo: diecisiete años y bonita; suficiente. Miró la línea limpia de sus cejas castañas y la fijeza de sus ojos claros, todavía adormecidos. Miró la chemise beige del uniforme que ya no usaría jamás, colgada en el clóset, y tuvo la certeza de que el pasado había comenzado mientras dormía. Le quedaba sí, el recuerdo de un tiempo alegre, limpio y ordenado, gobernado por un horario estricto; en cambio hoy, apenas si creía saber la dirección de la facultad a donde debía dirigirse. Para disipar la incertidumbre, decidió concentrarse en «qué ponerse» para ir a la universidad.
Días atrás, ante la inminencia de la fecha, había salido de compras con sus padres en una jornada que le resultó «divina». Escogió la ropa a su antojo, imponiéndose con sutileza a los rígidos dictámenes de los años cincuenta que ya sentía pasados de moda. Al fin y al cabo, Lisboa era la única hija de los Abreu Jimeno, la «niña de sus ojos» y la punta de lanza de sus sueños ancestrales. Tras desechar una minifalda de estampado psicodélico por considerarla demasiado atrevido para el debut, y unas sandalias hippies que le encantaban pero que juzgó no aptas, resolvió el atuendo convencional. Se decidió por una falda de piqué, perfectamente planchada, que rozaba sus rodillas revelando apenas la línea torneada de sus piernas, combinada con una blusa blanca de cuello cerrado y unos mocasines de fino cuero. Frente al espejo, ensayó el efecto de unos aretes de perlas, mínimos pero auténticos. La blancura de porcelana de su cuello se erigía como un pedestal frágil para lucirlos. Luego, de una gaveta, rescató varias pulseras de cuero e hilos tramados: un contrapeso juvenil para rebajar la apariencia «sifrina» que tanto se criticaba en las aulas. En la muñeca izquierda se ajustó un reloj pequeño con correa de piel. Con la indumentaria lista, se apertrechó de lápices, marcadores de colores, una reglita y tres cuadernos que guardó en su bolso; supuso que serían suficientes. Le avisó a su papá que ya podía llevarla. Él la miró y la aprobó por completo, sintiéndose secretamente orgulloso de la estampa de aquella espléndida hija única que el matrimonio había concebido.
 
*
El campus universitario era una construcción imponente, comparado incluso con su reconocido colegio. Espléndidos edificios modernos dedicados a las diversas facultades, distribuidos con amplitud, se exhibían orgullosos. En su interior, pasillos cubiertos, jardines y famosas obras de arte requerían tiempo para ser descifrados.
Pero ahora era a la Escuela de Sociología, en la Facultad de Humanidades, adonde debía dirigirse. El trayecto a pie fue corto desde el lugar donde la había dejado su papá —justo al pie del insólito reloj entorchado de la Plaza Rectoral—, pero lo bastante largo para repetirse las palabras que él le dijo al bajar del automóvil: «Recuerda, mi amor, todo lo que te hemos enseñado: vienes a aprender y no a participar en nada que no sean tus estudios».
Las palabras de su padre tenían sentido. Sectores de izquierda marxista y demócratas cristianos pugnaban dialécticamente por la preeminencia en los organismos de cogobierno. Grupos radicales salían a la calle y provocaban destrozos. La policía reprimía, pero a pesar de esas continuas manifestaciones violentas, el prestigio académico de la «primera casa de estudios del país» se mantenía incólume. Prácticamente un nenúfar flotando en el estanque de las controversias.
La clase media, tradicionalmente conservadora, sopesaba la turbulencia interna a cambio del beneficio de un prestigioso título refrendado por la primera universidad del país y estaba dispuesta a asumir el riesgo del desorden. Lisboa, que había estudiado en un colegio religioso, nunca presenció conflictos semejantes; un mundo de normas, palabras admitidas, valores conservadores y disciplina en el cumplimiento del deber, había acendrado su carácter comedido.
Llegó al edificio de la Facultad. No tuvo dudas, porque justo a un costado de la puerta de entrada, adosada a la pared, había una placa de bronce que decía: «Facultad de Humanidades», y se sintió contenta. Lisboa la miró y sintió que, a partir de ese día iniciaba una nueva vida. Intuyó que todo sería distinto por el solo hecho del entorno, carente de monjas y muchachas en minifaldas sin uniforme.
¡Qué bello! susurró al cruzar el umbral de la facultad.
Sintió que los ojos no le alcanzaban para abarcar la imponente perspectiva del pasillo, con el brillo impecable de sus pisos y aquellas paredes revestidas de coloridos mosaicos de azulejos. A su alrededor, una multitud de muchachos dispares —que calculó en más de cien— llenaba el espacio de risas y expectativas, esperando que abrieran las aulas A y B del primer año de Sociología. Venciendo un poco la timidez, caminó hacia el grupo que conversaba junto a una de las puertas, y les preguntó si allí era la clase.
Esta es la sección A. Mira el listado que está allá —señalándole una pared— y búscate allí. le dijeron con confianza.
Sí, lo encontró. Allí estaba escrito su nombre: Lisboa María Abreu Goncalves, con su número de identificación. Le emocionó verse en un listado oficial que le daba el plácet para formar parte de ese nuevo mundo de adultos, y se sintió grande e importante. Al regresar sonriente al grupo, preguntó por cuál puerta se iba a entrar ahora, porque la inmensa aula tenía dos en sus extremos. No sabemos, no sabemos nada, igual que tú, le respondió una. Pero nosotras vamos a entrar por la primera, la de las filas de adelante, porque a aquel grupo —señalándolos de reojo con la mirada— parece que prefiere el fondo del aula.
Lisboa volteó a mirarlos y sí los encontró diferentes: bulliciosos y mal arreglados. ¿Cómo te llamas?, le preguntó una. Lisboa. Lisboa Abreu. ¿Y tú? Claudia Ruiz, aquí estamos todas temblando. Yo también, pero no puede ser tan diferente a lo que ya conocemos del colegio, supongo. ¿De dónde vienes? le preguntó otra del grupo. Del Madre María Auxiliadora, ¿y ustedes? Yo, del Liceo Gustavo Herrera, le respondió rápidamente Claudia.
Un rebullicio se desató de repente alertando a las muchachas. Un bedel había abierto la puerta del fondo del aula y los del grupo de los «desaliñados» entraron en tropel. Los ruidos metálicos de pupitres arrastrados modificaron el aletargado ambiente que hasta ese momento había prevalecido. Al abrir la otra puerta, entró el grupo que estaba con Lisboa, y se ubicaron en los pupitres de adelante que consiguieron desocupados. Lisboa se ubicó en esa línea, justo delante del escritorio de los profesores que desde lo alto de la tarima dominan el aula. A los pocos minutos, un olor a cigarrillo inundó el ambiente y fue entonces cuando Lisboa volteó hacia atrás, vio el abigarrado conjunto de rostros disímiles y sintió desconcierto. Entendió que estaba en un mundo sin filtros sociales: jóvenes en sandalias con incipiente barba; muchachas bien vestidas como ella, tratando de ubicarse cerrando filas unas al lado de otras. A su derecha, un joven moreno se reía del aquelarre y, a la izquierda, Claudia Ruiz movía su cabeza sin pronunciar palabra.
Todo era un hervidero de incertidumbres y matices nuevos, pero Lisboa, sentada al frente con el cuaderno intacto sobre la madera del pupitre, intentaba convencerse de que sabría encontrar su lugar allí. No podía imaginar que, apenas unos segundos después, la puerta se abriría de par en par para dar paso al hombre de la chaqueta de pana que dijo llamarse Hermes Piú.
 *

Ayer, después de la clase del profesor Piú, no hubo otras. Lisboa no supo por qué, si en su horario indicaba que había más hasta el medio-día. Les preguntó a varios compañeros, pero ninguno sabía a ciencia cierta qué pasaba. Uno le dijo que los profesores se encontraban reunidos con el director de la Escuela pero que no sabía el motivo. Resignada a la incertidumbre, se recogió de hombros y se dijo: Demasiado temprano para irme a casa. Vio que el profesor se encontraba aún en el pasillo hablando con unos compañeros y decidió acercarse a él. Quería saber si comen-taban algo sobre la materia o si podía aclararle por qué no habría más clases.
En la clase se había sentido aturdida por tanta información del profesor, a la que calificó de etérea. Cuando se acercó al grupo, hablaban de asuntos que no tenían nada que ver con la materia vista. Escuchó que algunos comentaban sobre los Tambores de San Juan de Curiepe y otros sobre los de Osma y La Sabana —lugares que no conocía—. Buscando «pisar tierra», por-que Piú la había dejado en el aire, interrumpió con candidez para pedirle al profesor que le re-comendara alguna bibliografía. Sus compañeros la miraron con condescendencia; él respondió que ya lo había hecho durante la clase.
No las anoté, profesor. No tuve tiempo. Me concentré en lo que usted exponía. No quería perder el hilo. Él sonrió. ¿Cómo te llamas? Lisboa Abreu, profesor. Bonito tu nombre, me gusta. Lisboa es lánguida y pacífica, ideal para encon-trarse con uno mismo, dijo, y continuó en la animada conversación con los muchachos.
—De todas maneras —le dijo, viendo que no se marchaba—, lea La naturaleza humana y el orden social, de Richard Cooley, que ya mencioné al inicio de la clase. En la Biblioteca Central lo vas a conseguir, Lisboa. Tienes tiempo hasta la próxima clase; hay ejemplares circulantes y te lo puedes llevar a casa. Ah, gracias, profesor. Es que me siento un poco perdida… Es normal, les pasa a todos, le respondió con una condescen-dencia inhabitual en él. Bueno, desayuno algo y sigo a la biblioteca, dijo ella, provocando que los demás pensaran a cuento de qué venía semejan-te explicación en voz alta. Por cierto, ¿sabe al-guien dónde queda la cantina? De nuevo, sus compañeros fijaron las miradas en ella y algunos sonrieron. Al final del pasillo cruzas a la derecha, no tiene pérdida, y aquí se le dice cafetín, Lisboa, le apuntó Piú. Ella sintió el rubor que llegó a sus mejillas recordándole que todavía parte de ella se encontraba en el María Auxiliadora. Conscien-te de la pifia se recompuso con una sonrisa cal-culada y no le quedó otra que decirle: Gracias, profesor, hasta pronto.
Se encaminó hacia el cafetín, pero habría dado máximo tres pasos cuando el profesor Piú la llamó. ¡Lisboa! La llamó. Ella volteó y esperó que él se acercara. ¿Conoces la obra de Pessoa?, le preguntó con naturalidad. No, no la conozco, profesor. Para alguien que se llama Lisboa, eso es inaceptable. Aprovecha que vas a estar en la biblioteca y le das una ojeada. Te va a gustar. Está bien, profesor, lo tendré en cuenta.
Claudia que se había mantenido obser-vándola a la distancia, se le acercó y con la con-fianza que la juventud se permite le preguntó: ¿Me dices de qué hablabas con el profesor? Qué me recomendara una bibliografía entre tantas que nombró porque me siento perdida. ¿Y que te dijo? Que fuera a la biblioteca y pidiera el autor ese que mencionó en clase. Cooley. ¿Vamos jun-tas?, le preguntó Claudia. Yo también me siento igual que tú. Claro, ¿comemos antes algo y va-mos? El cafetín es por allá, también me lo dijo él. Yo tenía tantos nervios esta mañana que apenas tomé café.
En el camino, mientras esquivaban el oleaje de estudiantes en los pasillos de concreto y azulejos, comenzaron a intercambiar impre-siones sobre Piú y el ambiente del aula: algunas tontas —que si era demasiado joven para ser tan engreído, que si explicaba con claridad o no, que por qué no prohibían fumar en clase— y otras más centradas en la materia.
¿Qué te pareció la Antropología? le pre-guntó Claudia, afincándose en el nombre con un dejo burlón. Ya te dije. No entendí nada. ¿Y a ti? Igual, con eso del espejo social deformante. Re-sulta que ahora nadie sabe quién es. Yo sé quién soy desde que nací, ¿y tú, Lisboa? Creo que sí… pero no estoy tan segura como tú, me parece respondió, sorprendiendo a Claudia. ¿Cómo es eso que no sabes quién eres? Bueno, sí sé quién soy. O sea, sé mi nombre, mi edad, lo que se su-pone que me gusta… Pero en el fondo, soy al-guien que no sabe exactamente cómo es o cómo quiere ser. Es como si cambiara de forma según la habitación en la que entro. Guao… eso es fuer-te, Lisbe. Un poco denso para un martes por la tarde, ¿no? Por eso me impactó tanto la frase del tal Cooley que nos dio el profesor de sociología. Esa de que "no soy lo que creo que soy, ni soy lo que tú crees que soy; soy lo que yo creo que tú crees que soy". Me voló la cabeza. Siento que me la paso actuando para que los demás piensen que soy la Lisboa que ellos esperan.
Eso nos pasa a muchas, de verdad. Somos jóvenes, Lisbe. Estamos en la edad de ser un desastre y no tener nada claro. Pero se nos pasa-rá, como les sucedió a nuestros padres. Ellos también habrán tenido sus crisis y míralos aho-ra, súper estructurados. Lisboa cruzó sus brazos mirando al vacío. ¿Y si lo que les pasó es que se cansaron de buscar y se conformaron con la máscara que mejor les quedaba? No quiero que me pase eso. No quiero despertar a los cuarenta y darme cuenta de que construí una vida basada en lo que los demás querían ver.
A ver, Lisboa, bájale un cambio al drama, le dijo Claudia, dándole un toque amistoso en el hombro, intentando aliviar la tensión. Una cosa es tener dudas y otra es asumir que tu vida va a ser una farsa. Quizás «aprender a ser» es justa-mente eso: ir probando personajes hasta que encuentres uno con el que te sientas cómoda. No tienes que resolver toda tu existencia hoy. Ya lo sé… pero da miedo. Da miedo mirar hacia aden-tro y sentir que hay un espacio en blanco, espe-rando ser llenado. Pues entonces compárteme un trozo de ese espacio en blanco y vamos por un helado. Invito yo, a ver si el azúcar te devuel-ve al mundo real, Lisbe. Te estás complicando demasiado.
Al llegar al cafetín, la realidad las topó de golpe. Todas las mesas estaban ocupadas por corrillos de estudiantes que discutían a gritos entre el humo de cigarrillo y el tintineo de las tazas. Sin dejarse amedrentar, consiguieron ha-cerse un espacio en la barra. Les habría gustado sentarse a seguir el hilo que traían, pero no ha-bía helados; tuvieron que conformarse con un sándwich rápido. De pie, hombro a hombro, compartieron la timidez de saberse las nuevas del lugar antes de decidir seguir juntas hacia la Biblioteca Central, no sin antes preguntar cómo llegar.
Dejaron atrás el cafetín y caminaron —según lo indicado—, por los pasillos que llaman de Ingeniería, porque a todo lo largo de su mar-gen izquierdo, se ven las aulas y los profesores en plena actividad docente, con sus ventanales totalmente abiertos hacia los jardines. Lisboa miró hacia arriba, fascinada por esa arquitectu-ra voladiza del techo que se negaba a ser recta. La ingrávida cubierta de cemento se ondulaba en un vaivén de olas petrificadas, una sinuosi-dad que parecía flotar sobre las columnas. Bajo ese manto ondulante, que amortiguaba el bulli-cio de la masa estudiantil y dejaba entrar el olor a grama húmeda, Lisboa sintió por primera vez que la universidad, con todo y su inmensidad imponente, también sabía ser lánguida y acoger el paso indeciso de dos muchachas de diecisiete años.
Al final del pasillo las esperaba una expla-nada inmensa que se expandía bajo el cielo in-conmensurable de esa mañana. Salpicado de espumosas nubes, el firmamento llenaba de es-piritualidad el cemento bruto de la construcción. Una escultura a la distancia, colocada en un án-gulo de la plaza y cercada de vegetación, provo-caba una sensación de pulcritud y serenidad es-tética en el espacio. Lisboa quiso acercarse has-ta ella para saber qué significaban esos volúme-nes de bronce tan armoniosamente dispuestos. Maternidad, decía la placa. Leyó el nombre del autor, de sonoridad ordinaria, y pensó que no pegaba con la sutileza de la obra. Hizo un esfuer-zo por entender la relación de las masas y las formas con el título de la pieza, hasta que se ago-tó en suposiciones.
A la izquierda, una egregia mole roja de diez pisos se alzaba dominante en el paisaje. Les habían indicado que ese era el edificio de la Bi-blioteca Central. Precavidas por no parecer mon-tunas, se abstuvieron de hacer comentarios so-bre la necesidad de semejante edificio para guardar libros.
Montaron unos pocos escalones y se en-contraron en la Plaza Techada del Rectorado. Caminaron flanqueadas por murales y escultu-ras de famosos artistas, todos desconocidos pa-ra ellas.
¿Sabes algo de arte?, le preguntó Claudia. No, no sé nada, o un poco, pero me gustaría sa-ber más. En el colegio un profesor de Física que también era pintor o algo así, nos dijo que al fi-nal todo es estética. Muchos nos quedamos en blanco, pero creo que en este paseo lo estoy en-tendiendo. ¿Y tienes novio? No, no tengo, ¿y tú?, Claudia. Tampoco ahora, pero he tenido dos. A lo mejor aquí consigues uno, Lisboa. Hay mucha-chos de sobra. Tal vez, soy muy tímida. Con mis padres, tan exigentes, sería difícil su aprobación. Ya ellos me advirtieron que venía a estudiar y más nada. No les hagas caso, ya ellos vivieron su juventud y se les olvidó. Les pasa a todos, a los míos también. Es fácil, Lisboa. Mira, si te gusta uno y se te acerca, déjate llevar, eso es todo. La verdad es que no quiero pensar en eso. Mi preo-cupación ahora no soy yo, es la materia del pro-fesor Piú.
Llegaron finalmente a las puertas de la biblioteca. La Plaza Techada del Rectorado les resultó larga y tiene mucho que ver. La universi-dad es arte por todos lados, comentó Lisboa. Cada mural más bello que el otro. Claudia asintió moviendo su cabeza. Traspasaron el umbral de la amplia puerta, y un señor, sentado en un ban-co, con un contador en la mano pulsó un boton-cito. Al fondo, el gigantesco vitral de Léger —se lee en una placa al costado—, matizando de co-lores el ambiente, les provocó la sublime sensa-ción de encontrarse en las entrañas de una cate-dral. Sobre todo a Lisboa, que iba a misa todos los domingos.
¿Vas a misa, Claudia? Casi nunca, en la ca-sa no somos muy religiosos, pero sí creemos en Dios, acotación que hizo para prevenir una inne-cesaria diferencia. Con timidez disimulada, se detuvieron frente a un amplio mostrador, donde trabajaban dos personas. Preguntaron por el libro que venían a buscar. Con cortesía medida les indicaron que se dirigieran al fichero y llena-ran una planilla. Paradas frente al gran mueble de cientos de gavetas, contentivas de miles de fichas bibliográficas, buscaron las identificadas con la letra C, de Cooley. Escogida una, rozaron con la yema de sus dedos decenas de fichas has-ta encontrar varios Cooley, con la salvedad de que ninguno mostraba el nombre de Richard, como él le había dicho a Lisboa, sino Charles: Charles Horton Cooley. Naturaleza Humana y Organización Social. Se miraron entre sí, no en-tendieron la equivocación y se rieron con picar-día.
Llenaron la planilla con meticulosidad ca-ligráfica, era la primera que hacían y se sentían inseguras. Listas para entregarla, Lisboa le pidió que se esperara, que tenía que buscar otro de un tal Pessoa que también le había recomendado el profesor. ¿Cuál es su nombre? No sé, no me lo dijo. Solo su apellido. Pessoa; un portugués. Me dijo que alguien que se llamara Lisboa no podía desconocer a ese escritor. En mi casa nunca lo escuché y eso que mi abuelo era de Madeira. Búscala pues y vemos de qué se trata. Le resultó fácil conseguirla, era la única con ese nombre: Fernando Pessoa. Libro del desasosiego. 608 p.
¿Llenas la planilla? No, no voy a pedirlo. No me gusta el título y es muy largo. Consignaron la planilla de Cooley en el mostrador y, tras una espera que les pareció eterna, les entregaron el libro. Claudia firmó el acuse de la obra haciéndo-se responsable de la misma. Bajo la luz tamizada por los vitrales, se acomodaron en una de las mesas de madera de la gran sala de lectura; abrieron el libro y comenzaron a leer.
Estuvieron tres horas allí sentadas, pero no avanzaron mucho. El lenguaje académico de 1902, traducido con rigidez, se les convertía en un muro. Releían el mismo párrafo dos y tres ve-ces, apuntando con el lápiz sobre las líneas, tra-tando de descifrar qué significaba exactamente que el "yo" fuera una construcción social y no una certeza interna. Lisboa pasaba los dedos por las páginas, buscando la luz que la frase de Piú le había encendido en el aula, pero el texto se le volvía etéreo, espeso.
A la tercera hora, con la espalda adolorida y las pupilas cansadas de saltar entre conceptos como "interacción", "percepción" y "juicio subje-tivo", Claudia apoyó los codos en la mesa y hun-dió la cara en las manos.
No puedo más, Lisboa, susurró, cuidando de no alterar el silencio sepulcral de la sala. Esto es como masticar arena. Resulta que para saber quién soy tengo que adivinar lo que tú piensas que yo pienso… ¡Me va a estallar la cabeza!
Lisboa sonrió de lado, cerrando el libro despacio. El peso de las tres horas le caía en los hombros, pero en su pecho la duda seguía flo-tando. No habían avanzado muchas páginas, pe-ro se llevaban unas cuantas notas que suponía aclaraban algo de lo leído. ¿Qué opinas Claudia, si pedimos en préstamo el libro? El profesor me dijo que se podía hacer. ¿Para qué, si no vamos a entender nada? Este libro es aburridísimo. Yo no lo leo más. Tenemos que pedirle al profesor que recomiende otro o que explique más. Devuélvelo y vámonos que es hora de almuerzo. Yo voy al comedor de aquí, es muy económico, y ¿tú? —Mi papá me viene a buscar, no le gusta sentarse a la mesa sin nosotros.
En su casa repasó la experiencia agrada-ble de esa tarde en la biblioteca. Entre otras co-sas, se paseó por la ficha del título que por ¿ins-tinto?, no le gustó. Buscó en su nuevo dicciona-rio La Rousse —que le había comprado su pa-dre—, el significado preciso de la palabra desa-sosiego.

desasosiego
De desasosegar.
1. m. Falta de sosiego.
Sin.:
intranquili-dad, desazón, ansiedad, inquietud, resquemor, comezón, nerviosismo, desosie-go, inquietación, almorriña.
Ant.:
sosiego, tranquilidad, serenidad.

Cerró el diccionario con el mismo cuidado con que lo había abierto. Recordó, sí, que él le había dicho que nadie que se llamara Lisboa podía desconocer esa obra, y seguía sin entender qué tenía que ver su nombre con aquella palabra. Revivió la escena de Claudia en la biblioteca, «desosegada» con la cabeza entre las manos, y se rio. Sintió hambre y le preguntó a su mamá si la comida estaba lista.*

El reloj marcó el final de las dos densas ho-ras de Ecología. «Otra materia que trata del indivi-duo influenciado por el entorno», masculló. Miró a su alrededor y se preguntó si ella cambiaría por el solo hecho de estar en un ambiente distinto. Guar-dó sus cuadernos con un alivio que le duró poco; al cruzar la puerta del salón, el aire del pasillo se sentía cargado de una vibración de estampida. No era el murmullo habitual entre clases. Una marea de estudiantes avanzaba con prisa, casi en tropel, empujándose suavemente para entrar al Auditorio de la Facultad, ubicado prácticamente frente al aula A.
Movida por una curiosidad que desafiaba su timidez, Lisboa se dejó arrastrar por el flujo de los cuerpos hasta quedar arrimada junto al marco de la puerta doble. El auditorio estaba a reventar; la pe-numbra del recinto quedaba rota por el humo de los cigarrillos y la luz que bajaba hacia el escena-rio. Al fondo, colgada con rústicos cordeles sobre las tablas, destacaba una inmensa pancarta de tela blanca donde se leían unas letras rojas, pintadas a la carrera: «LUCHAREMOS HASTA EL FINAL. ¡VIVA CAAMAÑO!». Nunca había escuchado ese nombre, pero por vergüenza no se atrevió a preguntar de quién se trataba. ¿Cómo es posible que tantos lo supieran y ella no?
Sobre el podio, un estudiante barbudo de camisa arremangada y venas brotadas en el cuello arengaba a la masa con un megáfono —innecesario por la excelente acústica de auditorio—, que satu-raba el espacio. Su voz retumbaba en las paredes de concreto, exigiendo salir a la calle de inmedia-to, y manifestar contra la grosera intervención de los marines norteamericanos en Santo Domingo. El aplauso unánime y el rugido de la multitud hi-cieron eco en el pecho de Lisboa. Cuando los asis-tentes se levantaron de sus butacas, el miedo fue físico, un frío repentino en el estómago. Las pala-bras de su padre regresaron como un latigazo: «Vienes a aprender y no a participar en nada».
Dio un paso atrás, desprendiéndose de la aglomeración con movimientos torpes, temiendo que alguien la asociara con lo que ocurría allí den-tro. Apresuró el paso por el pasillo techado, bus-cando el aire libre, hasta que una mano conocida la tomó suavemente del brazo. ¡Lisboa! Qué cara traes, ¿viste un fantasma? Era Claudia, que carga-ba una carpeta bajo el brazo con la tranquilidad de quien camina por el jardín de su casa. No, nada… logró decir Lisboa, intentando recuperar el aliento y acomodándose la cartera. Es que el auditorio está lleno de gente y… están gritando cosas de una in-vasión. Claudia soltó una media sonrisa, restándole importancia con un gesto de la mano. Ah, lo de la República Dominicana. Eso lleva días hirviendo por aquí. ¿No te habías dado cuenta? Olvídate de eso por ahora, que para la próxima clase falta casi una hora. Vamos al cafetín por un marrón, que me estoy muriendo de sueño.
Lisboa asintió, todavía con el pulso acele-rado. Caminaron juntas hacia el cafetín de la facul-tad, dejando atrás el eco del megáfono, aunque Lisboa no podía quitarse de la mente el nombre pintado en la tela roja ni la sospecha de que los muros de la universidad eran demasiado delgados para detener el ruido del mundo afuera.
Dime, Claudia, ¿tú sabes quién es Caama-ño? No, nunca lo había escuchado. ¿Y tú? No, por eso te estoy preguntando. Eso no nos importa aho-ra. ¿Pudiste sacar algo en claro de los apuntes so-bre Cooley? Solo unas notas que le pediré al profe-sor nos las explique, respondió Lisboa. No creo que sea muy complicado lo que dice, es más bien por la manera como escribe que lo hace sentir in-comprensible. Aquí todos los profesores utilizan palabras raras, suspiró Claudia. El de ecología lan-zó como diez: microsistema, macrosistema, meso-sistema y no sé cuántas más. Mira quién está sen-tado allá. El profesor que nos quiere volver locas: Piú. ¡No voltees!, no vaya a ser que se nos acerque. Está muy sonreído con unas compañeras. ¿Qué edad le calculas? Lisboa pensó un momento. Como veintiocho, treinta, no sé.
—¿Tú papá viene a buscarte? No, le dije que quería conocer el comedor estudiantil contigo. Chévere, así lo conoces. La comida es muy buena, a mí me parece, sobre todo por lo que se paga. No me eches la culpa si no te gusta. No claro que no, ¿Por qué lo haría? Bueno, porque te he invitado varias veces y no has querido. Pero olvídalo y que bueno que aquí nos traen el café hasta la mesa, ¿verdad? Sí, buenísimo.
Piú se levantó, advirtió Claudia en un susu-rro urgente. No lo miremos. Pidamos otro marrón. El esfuerzo por parecer invisibles fue inútil. La sombra del profesor Piú se proyectó sobre la mesa antes de que pudieran desviar los ojos de sus tazas. Llevaba una carpeta de manila bajo el brazo y la chaqueta de pana colgada del hombro, con ese aire descontracturado fríamente calculado.
Buenos días, jóvenes. Si no me equivoco, las vi esta mañana en mi clase de Introducción, les dijo con una sonrisa que combinaba la cordialidad con una sutil ironía. ¿Sufriendo ya con el lenguaje de la tribu? No, hoy no nos tocaba con usted. Debe haber sido el lunes. Las habré confundido con otras. Tengo frente a mí más de cincuenta mucha-chas que se parecen y uno se toma su tiempo en conocerlas. Algunas se destacan y otras no tanto. ¿Fuiste tú, dirigiéndose con confianza a Lisboa, la que me preguntó algo sobre Cooley? ¿Leyeron algo? Sí estuvimos en la biblioteca pero creo que no sacamos mucho en claro. Piú se río y Lisboa sintió que las mejillas le ardían. Claudia, más rá-pida, reaccionó con una sonrisa ensayada. Bueno… hoy en Ecología solo tratábamos de descifrar qué es el mesosistema y nos olvidamos de Cooley. Piú soltó otra carcajada limpia y, sin pedir permiso, apoyó una mano en el respaldo de la silla vacía de la mesa, inclinándose un poco hacia ellas.
No se asusten por los prefijos. Las ciencias solo buscan ponerle nombres difíciles a las cosas que ustedes ya hacen por puro instinto. Por ejem-plo, este cafetín es un microsistema perfecto. Su mirada se posó por un segundo en Lisboa, notando su timidez. ¿Y tú?, la compañera de los apuntes. Te vi muy concentrada esa mañana. ¿Alguna duda con Cooley y el yo reflejado? A Lisboa se le atascó la respuesta en la garganta. El concepto del espejo y el "yo reflejado" de Cooley le resonó demasiado con la extrañeza que había sentido esa mañana frente al espejo de su peinadora. Abrió la boca para hablar, pero en ese instante, el rumor del auditorio volvió a estallar a lo lejos con consignas y aplau-sos. Piú desvió la mirada hacia el pasillo, perdien-do la sonrisa por un segundo, reemplazada por una expresión de evaluación clínica. Bueno. dijo, vol-viendo su atención a las dos novatas, veo que tie-nen material para entretenerse. No les tengan mie-do a los libros, pero tampoco a lo que pasa allá afuera. El verdadero laboratorio de la antropología no está en mis exámenes, sino en ese pasillo. Nos vemos el jueves, muchachas. Que disfruten el café.
Se retiró con pasos largos hacia la salida, dejando en el aire un olor a tabaco de pipa y una desconcertante sensación de libertad. Lisboa miró a Claudia, que todavía tenía los ojos abiertos de la sorpresa. Es insoportable. Mira esa locura de que nos vio esta mañana, dijo Claudia. Creo que lo inventó para acercarse. Y fumando pipa, qué paya-so, remató Claudia.
¿Ya se van?, les preguntó una compañera del salón de amplia sonrisa con la que apenas ha-bían tenido roce. Bueno, sí, no, en unos minutos empieza la clase, dudando ambas al responderle. No nos gusta llegar cuando ya ha comenzado, cambiando la mirada de sorpresa por una de fra-ternidad entre amigas. ¿Puedo acompañarlas un momento? preguntó, al tiempo que apartaba la silla y se sentaba. Vi que Piú se les acercó; con él hay que tener precaución. Es un tipo interesante y yo sé por qué se los digo. Me estoy reincorporan-do: soy del año pasado, pero tuve que retirarme por cuestiones de un viaje. Me llamo Tania, Tania Ve-gas, ¿y ustedes? —Yo, Claudia, y ella Lisboa. Sí, lo sabía. Lo sé porque cuando pasan la lista a Lis-boa la mencionan de primera por el apellido, y a ti, porque estás antes de que me nombren a mí. En los demás ni me fijo. Nosotras sí te hemos visto, tal vez por los collares y pulseras que usas. Tania se rio. Sí, cada quien tiene su propio yo, como dice el Piú. Prefiero la última fila porque soy terriblemen-te impuntual. Cuenten conmigo si les resulta com-plicado lo de Cooley, ese anticuado que le fascina a Piú. Yo pasé por allí el año pasado y puedo ayu-darlas.
Lisboa y Claudia tragaron grueso. Sin nece-sidad de mirarse, ambas sintieron lo mismo: Tania era distinta, pero fascinante.
No sabes cuánto te lo agradeceríamos, ad-mitió Lisboa, porque estuvimos en la biblioteca y salimos agotadas intentando entender ese libro tan fastidioso. Además, vas a evitar que tengamos que pedírselo a Piú. No se preocupen, olvídense de ese mamotreto. Yo sé lo que Piú pregunta en los exá-menes. Le gusta que repitan lo mismo que él dice en clase; todos los semestres es lo mismo. Anoten mi teléfono y me dan el de ustedes, aunque igual vamos a estar viéndonos por aquí. Bonitas esas pulseras, ¿dónde las consigues? le preguntó Lis-boa, atraída por el detalle. Tienen tiempo conmigo. Algunas me las regalaron, igual que los collares. Mi novio me invitó a Texas el año pasado y de allá me traje muchas. Por ese viaje fue que perdí el semestre, pero no me arrepiento: fue divertidísi-mo. Seguro, acotó Claudia, mientras Lisboa per-manecía en silencio. Una libertad de ese calibre le resultaba impensable. Aprendí mucho sobre lo que significa, en la práctica, la libertad del ser ante el poder alienante de la sociedad de consumo, como propugna el hippismo. Suena profundo eso, ¿no? replicó Claudia. Sí, pero no lo es tanto. Aunque debo confesar que estando allá no me pareció fácil lograr esa liberación. El problema es que teníamos la necesidad de comer tres veces al día, y esa co-mida la tenía que producir alguien y después pre-pararla.
¿Y tu novio?, interrumpió Claudia, al pare-cerle más sencillo indagar en el chisme que seguir el hilo filosófico que Tania comenzaba a desandar. Nos dejamos, ya no congeniábamos al final. Es mejor estar libre. ¿Han leído algo de este escritor? Les preguntó, mostrando el libro que llevaba en la mano. No. ¿De qué trata? Precisamente de eso: de la libertad a la que cada persona tiene derecho para poder realizarse. Si me ven ojerosa es porque no dormí nada anoche por quedarme leyéndolo. Te quedan bien, no te preocupes. Parecen pintadas, comentó Claudia, y las tres se rieron.
Vistas a la distancia, sus ropas hablaban por ellas. Tania llevaba el cabello lacio, largo y suelto, partido por la mitad de forma natural, al punto de que se podía dudar si un peine o un cepillo habían pasado por él en los últimos días. Su cara lavada, tirando a lo lívido, había impresionado a Lisboa y a Claudia. Nada de polvos compactos ni labiales encendidos amortiguaba esa palidez. Si acaso, un delineado negro grueso en los ojos, al estilo cat-eye, acentuaba su mirada crítica. Arriba, un suéter gris de cuello de tortuga, demasiado holgado, hacía dudar de si era de su talla. Los pantalones de lana de corte recto se descolgaban de sus caderas como si estuviesen a punto de ser vencidos por la grave-dad. Sandalias de cuero plano y un morral desgas-tado, atiborrado de bártulos como si estuviera pre-parado para una misión de supervivencia, comple-taban su estampa. Al lado de Claudia, con su mini-falda, y de Lisboa, con su falda plisada, el encuen-tro de esos mundos auguraba el nacimiento de, al menos, dos nuevas personas.
 
*

Aunque durante el semestre habían des-cubierto muchas materias de la cosmología so-cial, Lisboa sentía que eran apenas piezas suel-tas de un rompecabezas que, en algún momento, tendrían que encajar en un todo: ese universo latente al que llamaban Sociología. A Claudia, que se dejaba llevar como una hoja de otoño en la corriente de un arroyo sin oponer resistencia, le preocupaba poco esa cuestión; simplemente confiaba en que el tiempo terminaría por reve-larlo. Para ambas, el trayecto había sido una aventura, un mundo nuevo, una razón vibrante para continuar, incluso con la zozobra sufrida en los exámenes: alcanzar la meta de aprobar lim-pias el primer año resultaba tan satisfactorio que el esfuerzo invertido solo aumentaba el pla-cer del logro.
Aquella masa informe de muchachos que entró el primer día se fue decantando. En cada miembro latía una personalidad, una limitación, una inteligencia o una agudeza que, como fuer-zas magnéticas, atraían a sus iguales. Sin forma-lismos, se terminaba siendo parte de una cama-da que, instintivamente, protegía a los suyos. El círculo de compañeros de Lisboa se fue am-pliando lentamente a medida que las afinidades se hacían evidentes con mayor firmeza. Aunque «la molécula férrea» seguían siendo Lisboa y Claudia, Tania Vegas las envolvía con un manto de maternal protección filosófica, apareciendo y desapareciendo de sus vidas como una lluvia de verano. Nuevas amistades ensanchaban aquel mundo: paseos en grupo al litoral, tardes en las cervecerías y las primeras entradas a esos loca-les de baile que empezaban a llamarse «discote-cas», aportaron el balance que necesitaban para mantenerse entusiasmadas en la carrera.
Lisboa participó en aquellos encuentros siempre en la medida en que sus padres se lo permitían, marcando una distancia prudente con la libertad de Claudia, y ni qué decir de la de Tania. Aun así, don Vicente y su esposa cedieron ante una inusual petición: hacer una reunión «existencialista» para celebrar su cumpleaños dieciocho en la planta inferior de la casa. Con-tenta con la noticia, procedió a llamar a sus ami-gas; ya tenía el permiso para que entre las tres organizaran todo. Cuando se reunieron para afi-nar los detalles, el cónclave no duró mucho. Las coincidencias sobre el tono de la fiesta y la se-lección de los invitados fueron casi unánimes, como si sus mentes se hubiesen comunicado telepáticamente. El primer acuerdo fue que no serían muchos ni se llamaría a cualquiera. El segundo, que habría un balance estricto entre varones y hembras. El tercero, que el trabajo de ambientar el lugar lo asumirían entre las tres. Resuelto lo anterior, uno a uno los candidatos fueron admitidos; como pinceladas de colores, cada uno encajaba en el paisaje mental que ellas diseñaban para pasar una noche placentera.
Ni locos ni cabezas vacías vamos a invi-tar, sentenció Tania en tono de orden. Esa fiesta como que no pasará de cinco, burlándose Clau-dia, con una carcajada.
Lisboa aceptó invitar al grupo acordado. Deseosa de agradar a todos, les dijo que sería una «fiestecita a lo existencialista», esa onda que estaba de moda y de la que tanto se hablaba.
Hay que evocar una atmósfera que rompa radicalmente con la etiqueta, el protocolo y la superficialidad de esta generación pacata, ins-truyó Tania de inmediato. Sí, claro, pero no po-demos pasarnos para que mis padres no se mo-lesten. Tienes que crecer, Lisboa, ya no eres una niña, le reprochó ella, arqueando una ceja. Eso lo hablamos después. Discutamos ahora cómo va-mos a arreglar el espacio. Las llevo para que lo conozcan y, de paso, les presento a mis padres.
Ella es Tania, y Claudia, papá, mamá, les dijo Lisboa al llegar a su casa en el moderno Este de Caracas. Tania calibró de inmediato dónde se encontraba y se mostró sencilla y educada. Don Vicente, con modales a la antigua, les estrechó la mano; Tania avanzó un paso y le dio un beso en la mejilla. Claudia se limitó a darles la mano y permaneció en silencio.
Lisboa nos ha hablado mucho de ti, Tania. Dice que la has ayudado mucho con las materias. No le crea, don, está exagerando. Su hija es una joya y muy inteligente, lo felicito. Me complacen mucho sus palabras. Hemos hecho lo mejor que hemos podido. Llámeme Tania, por favor. Me encanta escuchar mi propio nombre. Es que soy de otra época… pero está bien, Tania. Bienvenida a esta casa y a ti también Claudia.
Lisboa sintió que se anotaba un gran triunfo. Sin pensarlo mucho, intervino para cor-tar el protocolo y llevar a su amiga al nivel infe-rior. Además de traerlas para que se conocieran, papá, quiero bajar con ellas para que me den algunas ideas de arreglos para la fiesta abajo. ¿Abajo? preguntó Don Vicente, alarmado. Sí, pa-pá, en la planta baja. No queremos molestarlos. Pero… No, papá, me prometiste que me compla-cerías. Vamos abajo, muchachas y de inmediato siguieron a Lisboa.
Oye Lisboa, pero tu papá es chévere, no un ogro como nos lo había pintado, le dijo Clau-dia y Lisboa se rio. Lo que es, es estricto, pero yo lo amo.
El espacio no era el sótano lúgubre que Tania hubiera preferido, pero tampoco un salón ostentoso de la despreciable burguesía; tenía el calor de lo íntimo, con ese toque de descuido y naturalidad necesarios.
Perfecto, aprobó Tania. Lo podemos arreglar chévere. Aquí se puede fumar sin mo-lestar a tus padres. Sí, pero que no sea marihua-na, Tania. Si alguno quiere meterse algo, que salga a la calle o que venga preparado, aunque los que vienen, que yo sepa, ninguno fuma de eso. La única soy yo, y vendré lista. Dime, ¿qué tenemos que hacer para ambientar esto y sor-prenderlos? Lo primero es cambiar esos bombi-llos por unos de colores, mejor si son rojos. ¿Tienes velas? No, no hay. Compra varias. Las derretimos un poco y las encajamos en botellas vacías. Necesitamos cojines, nada de sillas ni butacas. Mejor si consigues unos taburetes. Los cojines se los pediré a mamá, en la sala tiene bastantes. Le prometeré que no les va a pasar nada… por favor, Tania. Tranquila, los mucha-chos saben comportarse. Esos cajones de allá los usamos como mesas para las bebidas. Una cava, hielo y vasos de cartón. Caótico, Tania. Ya me lo estoy imaginando. El Ser, para ser libre y autén-tico, no necesita accesorios. Sartre lo dice muy claramente: el placer solo se encuentra en la li-bertad, ya lo hemos conversado. Falta la música, ¿cómo hacemos? Bajo el picó que tengo en mi habitación. No tenemos más y no puedo tocar el equipo de la casa. Con ese basta. Ya vas a ver que nos va a provocar más hablar, fumar y beber que bailar… salvo que te guste alguno de los que vie-ne. Y no será Piú, por cierto, añadió, soltando una carcajada. ¿Quieres que lo invitemos? ¡Estás loca, Tania! El tipo no está mal, y se nota que tiene experiencia. Es mucho camisón para ti, ya te lo he dicho. Mejor no te le acerques.
Es casado, él mismo me lo dijo. Tiene una niña pequeña; si tuviera otras intenciones, lo habría ocultado. Lo que pasa es que le he caído bien y, la verdad, es simpático y divertido. Me dice cosas interesantes que nunca había escu-chado, pero nos salimos del tema, ¿qué hacemos con la música?
Apenas terminaron de cuadrar el espacio para los cojines, Tania se cruzó de brazos y ba-rrió el lugar con la mirada, como si estuviera dictando cátedra en el pasillo de Sociología.
¡Falta lo neurálgico, muchachas!, gritó Tania. La música. No podemos pretender fundar una atmósfera libre y existencialista si termi-namos bailando las mismas ridiculeces alienan-tes que ponen en la radio comercial. Bueno, in-tervino Lisboa, mientras acomodaba un cable. Yo pensaba bajar el picó de mi cuarto. El pro-blema es que solo tengo tres discos de Cherry Navarro y un LongPlay de Los Darts.
Tania soltó una risita despectiva y negó con la cabeza. ¡Por favor, Lisboa! Los Darts son una copia edulcorada para complacer a las niñi-tas. Romper con la pacatería burguesa exige densidad. De eso hemos hablado y tú quieres crecer. Yo voy a traer unos LP de mi casa: el cool jazz de Miles Davis y el sonido denso, casi arqui-tectónico, de John Coltrane. Eso le dará a la no-che un pulso cerebral, abstracto. El Ser necesita desnudarse a través de la disonancia.
Claudia, que se había sentado en uno de los cajones de madera balanceando las piernas, soltó una carcajada limpia que resonó en las pa-redes desnudas.
¡Ay, Tania, por Dios! Te amamos, pero no seas tan densa. Eso no es una fiesta, es un velo-rio en una funeraria de Sabana Grande. Con esa música los muchachos no van a encontrar el Ser, lo que les va a dar es un sueño existencial antes de las diez de la noche.
Es que la masa está acostumbrada a que la piensen, Claudia, no a pensar, replicó Tania, arqueando una ceja. El jazz exige una postura intelectual ante la vida. Pues yo prefiero una postura horizontal en la pista de baile, retrucó Claudia, guiñándole un ojo a Lisboa. ¿Por qué no ponemos a Trino Mora? Ese hombre sí tiene energía, canta con el alma rota y pone a todo el mundo a moverse. O a Henry Stephen. Al menos la gente se va a divertir. Trino Mora es solo un producto de consumo de masas, pura pose grin-ga tropicalizada, sentenció Tania, implacable.
Lisboa miró a ambas, atrapada entre la admiración que le profesaba al rigor de Tania y sus propios deseos de cumplir dieciocho años sin que sus invitados salieran corriendo por la puerta.
Miren, hagamos un trato, les propuso Lisboa con tono conciliador. Empezamos la no-che con el jazz de Tania. Mientras la gente llega, se ambienta y se acostumbra a los bombillos rojos, dejamos que el Coltrane ponga ese am-biente intelectual. Nos tomamos en serio a Sar-tre solo las do primera hora. ¿Y después? pre-guntó Claudia, entornando los ojos con suspica-cia. Después, cuando el ron empiece a hacer efecto y el existencialismo se ponga demasiado pesado… yo saco de contrabando unos discos de la Billo’s y Los Melódicos que tiene mi mamá en la sala, riéndose las tres a carcajadas. O mejor, ¿qué les parece si dejamos que los invitados es-cojan lo que quieren escuchar? Cada quien tiene sus propios gustos musicales. Tania suspiró, resignada ante la inquebrantable idiosincrasia caraqueña de sus amigas. Está bien, niñas. Un pacto con la decadencia de la Nueva Ola y el tró-pico. Al fin y al cabo, el absurdo también es parte de la condición humana.
 
*

La planta baja de la casa de Lisboa se ha-bía transformado en un territorio liberado. Con el esfuerzo coordinado de las tres durante toda la tarde, el antiguo depósito de herramientas y trastos olvidados de don Vicente se había des-pojado de su identidad burguesa. Habían barri-do el polvo acumulado, tendido un par de alfom-bras desgastadas sobre el cemento desnudo y repartido por el suelo media docena de cojines de colores que Claudia había traído de contra-bando de su casa. Pero el toque maestro, el que verdaderamente fundaba la frontera entre el mundo exterior y aquella sucursal de la van-guardia, era el bombillo rojo que Tania había enroscado en el único plafón del techo. Bajo aquella luz escarlata y densa, y veinte velas en-cendidas encastradas en botellas desechadas de vino, las paredes desnudas parecían latir con el pulso de un sótano de París o de un café de Sa-bana Grande, tal como Tania lo deseaba.
Arriba, en la planta principal, el silencio de don Vicente y su esposa pesaba como una presencia vigilante, un recordatorio de que la respetabilidad de la clase media caraqueña cus-todiaba el techo de aquel refugio. Abajo, sin em-bargo, el aire ya olía a ron Pampero mezclado con Coca-Cola, a humo de cigarrillo y a juventud expectante.
Los invitados —aquellos compañeros elegidos bajo el estricto filtro de «ni locos ni ca-bezas vacías»— habían ido llegando en peque-ños grupos, esquivando con timidez el saludo formal de don Vicente en la entrada antes de descender rápidamente las escaleras. De rostros serios y miradas despiertas, traían bajo el brazo alguna botella y la tensión acumulada de una universidad siempre convulsionada, pero que esa noche, noche de relax y conquista, querían, al menos por unas horas, inventarse su propio universo.
Tania, sentada con las piernas cruzadas sobre un cojín de terciopelo morado, sostenía un vaso de plástico con una elegancia que parecía heredada de alguna dinastía existencialista francesa. A su lado, —para complacer a Tania, «experta en existencialismo»— el picó portátil que Lisboa había bajado de su cuarto giraba len-tamente, dejando escapar las notas ásperas y abstractas del saxofón de John Coltrane. Era un jazz lento, cerebral, que flotaba en el aire rojo provocado por los bombillos.
Lisboa, que vigilaba de soslayo la escalera temiendo la aparición de su padre, se acercó acomodándose el vestido. Un suéter cuello de tortuga como los que siempre lleva Tania y una minifalda como las que usa Claudia, mostraba más de lo que deseaba. Se sentía disfrazada al punto que le dijo a Tania, Creo que me voy a cambiar, no me hayo vestida así. Ya te he dicho que no eres una niña, Lisboa. La mercancía que no se exhibe no se vende.
¿Interrumpo?, les preguntó Alfredo. Eres la principal sorpresa de la noche Lisboa, rubori-zándola de inmediato. ¿Vamos a escuchar esa música toda la noche?, poniendo en alerta a Ta-nia. Bueno…, intervino, un poco a la defensiva, yo pensaba que con esto estábamos bien para empezar. Tania soltó una risita despectiva, ha-ciendo girar el hielo en su vaso.
Claudia, que se había sentado en un cajón de madera balanceando las piernas al ritmo de sus propias ocurrencias, soltó una carcajada limpia que cortó la solemnidad del rincón.
La tregua musical selló el destino de la noche. Poco a poco, el espacio se fue estrechan-do a medida que más muchachos bajaban la es-calera. Bajo el resplandor rojo, las risas se hicie-ron más sonoras, el humo más espeso y los de-bates sobre el destino del país comenzaron a mezclarse de forma inevitable con los primeros roces de manos y las miradas cruzadas en la pe-numbra. En el fondo de la planta baja, ajena a las miradas pero sosteniéndolos a todos, la compli-cidad de las tres amigas flotaba en el aire. San-dro empezó a sonar y Alfredo se le acercó a Lis-boa, la tomó de la mano y le dijo: ven, vamos a bailar. De un disco maltratado salía «..penas y penas hay dentro de mi…» y Lisboa se dejó arrastrar con firmeza al cuerpo de Alfredo. Sin-tió por primera vez su poder de tensar la mascu-linidad de un hombre y comprobó lo que Tania le ha dicho. No soy una niña.
La música de Sandro los mecía en una ca-dencia lenta, casi secreta, bajo la luz roja. Alrede-dor, otras parejas imitaban el abrazo apretado. Sin embargo, justo cuando Lisboa cerraba los ojos, entregándose al vaivén de la música y a la intensa cercanía de Alfredo, un ruido sordo provino del techo.
Fueron tres pisadas fuertes, lentas y rítmi-cas sobre las tablas de madera de la planta alta. Don Vicente caminaba de un extremo a otro de la sala, invisible pero omnipresente. El golpe de sus pasos se filtró entre las notas de Sandro, apagando por un instante las risas de los que conversaban cerca de la escalera. No mires arriba, cumpleañera. Esta noche el mundo es solo lo que pasa aquí aba-jo.
Ella volvió a apoyar la mejilla en su hom-bro, decidiendo creerle, mientras las velas encas-tradas en las botellas de vino seguían consumién-dose lentamente, vertiendo lágrimas de cera roja sobre el suelo de cemento. Una mano tomó su mentón y le alzó el rostro. Unos labios la sumer-gieron en una ciénaga de placer de la que no quería ser rescatada.
Me encantas, Lisboa, escuchó después, en un susurro pegado a su oído.
Claudia se dejaba llevar por Raúl con men-guado ánimo. Era simpático, sí, pero no su tipo. Por encima de su hombro, miró a Lisboa que se besaba con Alfredo. «Una profanación del santua-rio», pensó sonriendo, sabiendo que al día siguien-te tendrían muchísimo que chismear.
Tania, sentada sobre un guacal, miraba a ambas mientras conversaba con Miguel, su prefe-rido de la noche, sobre todo porque no bailaba y soñaba con conocer Francia. Miguel había leído El hombre rebelde que le prestó su tío, preso en el «Cuartel San Carlos» por guerrillero, y se lo reco-mendaba con la vehemencia de quien acaba de descubrir una verdad absoluta. Se empeñaba en recordar las frases exactas para impresionarla: nosotros existimos, Tania, porque nos rebelamos. El que no es capaz de decir «no» es un sumiso. Por eso a este gobierno burgués hay que decirle que no, a su pacatería y a sus políticas entreguistas.
Brindemos por el «no», sonrió Tania, al-zando su vaso de plástico. A Lisboa y a Claudia no les interesa la política. No entiendo, Tania, como a alguien que no le interese la política se inscribe en Sociología, si la sociedad está dominada por la política, empinando el resto de bebida que le que-daba en el vaso. No te hagas un caso, que a las tres cuartas partes del salón no le interesa. Lo impor-tante ahora es que lo hemos pasado chévere, pero está llegando la hora de marcharnos, a le gente de arriba las tenemos desveladas. Creo que Lisboa está dispuesta a que la castiguen, le asomó Manuel con picardía, mientras ambos la veían arrobada bailando con Alfredo. Jaja, soltó Tania. Si hubiera venido Piú estaría celosos, creo que le está «echando los perros», pero le he dicho que ese tipo es demasiado para ella.
Entonces, unos pasos firmes y distintos se escucharon, esta vez descendiendo por la escalera de madera. De inmediato, el sótano se hundió en un silencio súbito. La aguja de Sandro siguió co-rriendo sobre el acetato, pero las risas, los roces y los murmullos se congelaron en el acto. Siguieron, expectantes, la secuencia de las pisadas hasta la última, que tocó el rellano.
Doña Zélia, la mamá de Lisboa, apareció en el umbral con una sonrisa amable. Sus ojos reco-rrieron la discordancia del entorno, asombrada de ver el viejo depósito de su esposo convertido en aquel improvisado tugurio «existencialista».
¿Cómo lo están pasando, muchachos? pre-guntó con tono suave.
Al unísono, varios de los jóvenes respon-dieron con timidez: lo hemos pasado muy bien, señora. Ni cuenta nos habíamos dado de la hora. Bueno, me alegra muchísimo que se hayan diverti-do, dijo doña Zélia, manteniendo la cortesía, pero ya es la una de la madrugada y su papá tiene que levantarse muy temprano mañana.,,,,,,,,
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